Hugo Moyano hizo ayer, a las 19, el último intento por conseguir que Néstor Kirchner se mostrara más flexible en su política salarial y anunciara una mejora en las asignaciones familiares que las lleve a $ 80. El Presidente viene demorando esa decisión que, según los sindicalistas, prometió en la última reunión con la cúpula de la CGT. Como todos en esa organización preveían que el resultado del encuentro entre Kirchner y Moyano sería negativo, la «mesa chica» del Consejo Directivo de la central obrera puso fecha ayer a la reunión del Comité Central Confederal, como adelantó este diario.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Ese cuerpo se reunirá el 11 de noviembre y reclamará no sólo por las asignaciones familiares. También exigirá que antes de fin de año se pague un aumento de $ 100 en el salario mínimo: «Queremos que ese piso llegue a $ 730, como propuso el compañero Víctor De Gennaro», ironizó uno de los capitostes de la CGT, a sabiendas de la declamada amistad del sindicalista de la CTA con Kirchner.
Para las vertientes más oficialistas de la vida gremial la convocatoria al Confederal está justificada burocráticamente: hay que convocarlo por imperativo de la carta orgánica de la central obrera, ya que esa asamblea debe convalidar algunas determinaciones del consejo directivo, como el caso del consejo arbitral.
Por detrás de esta combatividad (inesperada si se tienen en cuenta los discursos del viernes pasado en Atlanta) corre la información. Todos los datos indican que el gobierno llevará esas decisiones, a lo sumo, al año próximo. Hay una evidencia que lo confirma y es lo que les adelantó Roberto Lavagna a Armando Cavalieri y a Andrés Rodríguez. El ministro de Economía habló con su antiguo soporte político -antiguo no quiere decir «ex»-, el sindicalista de los empleados de Comercio, y con el titular de los empleados públicos, y les confesó que sería imposible mejorar la nómina salarial antes de que se cierre un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.
Para la mayor parte del gremialismo se trata de una pésima noticia. Es cierto que las empresas de servicios y los sectores que alcanzaron mayor expansión en el actual ciclo de crecimiento económico ya avanzaron en sus negociaciones salariales, consiguieron mejoras y convalidaron sus convenios en el Ministerio de Trabajo. Pero muchos grandes gremios no consiguieron el mismo resultado. En parte porque la desocupación regula los salarios allí donde la mano de obra requiere menos capacitación. En parte también porque la dispersión de muchas actividades les impide a los sindicatos organizar medidas de fuerza que induzcan a los empresarios a sentarse a negociar mejoras.
Frente a este panorama, el gremialismo en su conjunto interpretaba que el aumento dispuesto por decreto reemplazará la baja capacidad de negociación de cada sindicato en esta etapa. Por eso la CGT prefiere encarar una polémica con el gobierno, cifrada políticamente, y no motivar a cada sector a realizar su propia paritaria, de manera azarosa.
Hasta ahora, son Kirchner y Lavagna los negociadores con el sindicalismo. Pero la discusión no comenzó. Los principales dirigentes de la central obrera están bien informados sobre la línea general que estableció la Casa Rosada para ingresar al año electoral: que las organizaciones salgan de la protesta, sobre todo en el caso de los piqueteros. En efecto, durante sus conversaciones reservadas con Nina Peloso, la mujer de Raúl Castells, por ejemplo, dos funcionarios delegados de Kirchner le advirtieron a la piquetera: «Que tu marido deje la calle y se convierta en candidato».
Dejá tu comentario