Los senadores peronistas se preparan para discutir hoy la conducta que irán a adoptar en el tratamiento del ajuste que les llega en forma de ley desde Diputados, aprobado en esa cámara el sábado por la madrugada. Para la mayor parte de esos legisladores de la oposición se trata de la última oportunidad de protagonizar un acontecimiento grandioso, aunque más no sea por lo dramático: hasta fin de año, se supone, ningún tema de trascendencia pasará ya por sus manos. Y para esa fecha, muchos de ellos ya no estarán en la cámara. Como la oportunidad hace al senador, cada despacho o sala de reunión se ha convertido en una especie de laboratorio de estrategias políticas y gremiales para sacar ventaja:
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• La primera «chicana» que se oye es de estricta lógica política. Los peronistas no quieren aproximarse al gobierno más de lo que lo hagan los propios radicales. Esto vale para la forma y para el fondo o, dicho de otro modo, para los números y los argumentos. En principio, el PJ no dará quórum hasta tanto el gobierno haya sentado a todos sus legisladores en las bancas. Más que una picardía, una crueldad: los peronistas saben que algunos colegas oficialistas están de viaje, lejos, muy lejos. Quieren que vuelvan, acaso sólo para divertirse.
En el plano argumental la lógica será la misma. Los peronistas esperan que el gobierno defina una interpretación unívoca sobre lo que aprobó Diputados, especialmente en materia salarial. Quieren que el Ejecutivo diga si el recorte, este mes, regirá para los sueldos y jubilaciones superiores a $ 500 pesos o a $ 1.000 pesos. Cualquier senador de la oposición se da cuenta de que para Fernando de la Rúa, Chrystian Colombo o Domingo Cavallo resulta inevitable defender el ajuste más drástico en un momento en que el mercado de capitales está ganado por la incertidumbre acerca de la vocación del gobierno por mantenerse firme en su decisión de racionalizar el presupuesto. También es obvio que, en la medida en que el gabinete mantenga la postura más restrictiva, será fácil provocar disidencias en la bancada de radicales que preside Jorge Agúndez. Allí hay figuras difíciles de encuadrar, como Leopoldo Moreau, quien con su insurgencia tal vez establezca la frontera más allá de la cual acampará el PJ.
• Una vez que el gobierno consiga alinear su propia fuerza, los peronistas irán a la discusión del contenido. Ayer se ensayaban varias ocurrencias con la sana intención de «mejorar la ley» (casi una ironía, ya que para la oposición «mejorar» una norma de ajuste significa quitarle su carácter antipático y, por lo tanto, anularla en sus efectos). Entre esas iniciativas está suprimir lisa y llanamente el recorte salarial o, al menos, ponerlo por encima de los $ 1.000 pesos de manera incuestionable. También figura no rebajar los salarios de los empleados del Senado; o eliminar la reforma a los códigos de procedimientos que contiene la ley aprobada en Diputados, por la cual se acota el poder de los jueces para dictar medidas cautelares que impliquen mayores erogaciones del Tesoro. Cualquier cambio de esta naturaleza implicaría que el texto vuelva a Diputados para que esa cámara ratifique la versión original. Es decir, se le exigiría al oficialismo casi una proeza: si el primer tratamiento de la ley hizo trizas a la Alianza, una segunda vuelta por la cámara baja promete daños inimaginables en la fuerza del gobierno.
• Con lo tentadora que puede ser esta última perspectiva para el peronismo, anoche estas maquinaciones tenían, sin embargo, un aire sospechoso. Parecían un llamado a la negociación por parte del Ejecutivo más que un programa que el bloque que dirige José Luis Gioja quisiera llevar verdaderamente adelante. Es que la posibilidad de abrir una paritaria entre el Senado y Olivos hacía brillar los ojos de la mayoría de los peronistas de esa cámara anoche. Materia de negociación es lo que siempre sobra. Existe la posibilidad de que el gobierno envíe alguna señal al juez Gabriel Cavallo para que se declare la falta de mérito en la causa de los sobornos (la señal podría ser que el magistrado sea promovido a camarista aún cuando en el concurso respectivo no haya sacado el mejor puntaje de la terna). O la alternativa de que se abra a los senadores del PJ algún espacio en el directorio del Banco Central cuya composición se está discutiendo actualmente en la comisión de acuerdos (la expectativa de algunos legisladores es que dos senadores actuales ocupen un par de butacas). Quedan prendas menores de canje, que van hasta el detalle de que Omar Vaquir consiga convertirse en embajador en Kuwait, para lo cual haría falta que Adalberto Rodríguez Giavarini lo designe efectivamente en el cargo.
• El poder de negociación de los senadores está, como casi todo en política, acotado. El límite está en las mismas provincias que representan: los gobernadores del PJ esperan que se sancione el ajuste rápidamente para poder conseguir los recursos prometidos por el Ejecutivo en el acuerdo que se suscribió la semana pasada. Por eso la conducta del peronismo en el Senado, su capacidad de presión sobre el gobierno y el destino de la «paritaria» que se abrió desde ayer se resolverán, casi seguramente, mañana: una reunión de gobernadores en el Consejo Federal de Inversiones pondrá coto límite a la capacidad de presión del bloque de senadores sobre De la Rúa y su gobierno antes de sancionar el recorte.
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