La diversión en las redacciones era anoche sumar nombres de funcionarios del actual gobierno que actuaron con poder bajo la administración de Fernando de la Rúa. Inevitable después de las palabras de Néstor Kirchner ante el mausoleo de Juan Perón de castigo a quienes vienen «ahora con las mismas banderas de 1999 con la Alianza y se fueron en helicóptero». Kirchner ha aprendido que no hay una ventanilla en donde se juzguen las contradicciones. Su ejercicio del discurso no euclidiano confía en que las puntas nunca se juntan y que se puede ser socialdemócrata en una cumbre de Santiago de Chile y, al mismo tiempo, conservador popular en San Vicente, pro americano en Washington y tercerista en Caracas, sin que a nadie se le corra el rímel (diría un columnista radial).
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Para algunos es oportunismo, o convicción en que el pragmatismo se llevó puestas a las palabras, que terminan siendo cobertura dulce de las realidades amargas, que no se pueden cambiar y que es mejor admitir con fatalismo conservador. Para otros, que leen entrelíneas, es un castigo a la propia tropa para que no se anime a desertar, seducida por los cantos que vienen de la oposición. Críticas a la treintena de funcionarios que hoy actúan en el gobierno Kirchner por haber estado con De la Rúa es una amenaza, un edicto que anuncia fusilamiento a los desertores.
Ese castigo a la propia tropa que heredó de De la Rúa es habitual en el peronismo, forma parte del ADN de esa formación que nació con un Cipriano Reyes que terminó preso por su jefe después de organizarleel 17 de octubre, o que toleró, casi con fruición, que Domingo Mercante pasara de heredero de Perón al ostracismo. Lo ejercen los caciques del peronismo como forma de construcción política, propia de un partido nacido en el gobierno por obra de un militar. Lo admiten por peronistas como admiten los cadetes de las escuelas militares las manteadas de sus superiores; saben que algún día ellos podrán mortificar a los de abajo.
El estilo no les gusta a los aliados del peronismo; el primero, para citar un caso de estos días, Julio Cobos, quien estalló en rebeldía no sólo porque le convenía. También porque toleró poco el maltrato de Kirchner. «¿Por qué me trata como si yo fuera peronista, si yo no soy peronista?», fue su primera queja apenas asumió la vicepresidencia y comenzó a sufrir castigos que nunca esperó y menos en esas alturas del poder.
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