Territorio común, mercado común, moneda común... pero caos lingüístico. No hay nada hoy tan parecido a Babel en la tierra como el nuevo Parlamento Europeo. Con la llegada de los representantes de los países recientemente incorporados al bloque, la Unión debió admitir también discursos y ponencias en polaco, checo, húngaro, eslovaco, lituano, letonio, esloveno, estonio y maltés. Y, de ser flexibles en el futuro con el persistente reclamo de algunas regiones autónomas, en el Parlamento también podrán oírse pronto el catalán, el vasco, el gaélico y algunos otros dialectos.
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La corrección política, bajo la apariencia del respeto a las lenguas de cada uno de sus miembros, es así otra más de las muchas formas que encuentra la burocracia para camuflarse.
En lugar de establecer, por caso, el inglés como idioma oficial de las comunicaciones parlamentarias (lengua que ningún representante europeo ignora y que maneja la mitad de la población en Europa), la Unión elige emplear la monstruosa cifra de 4.000 traductores e intérpretes simultáneos, cantidad que, según estimaciones, crecerá 50 por ciento antes de fin de año.
Otras estadísticas son incomprensibles: poco tiempo atrás, debían traducirse un total de 1 millón y medio de páginas al año, cantidad que se duplicará, o más, con la incorporación de los nuevos idiomas.Se calcula que el presupuesto anual en traductores e intérpretes podría llegar a los 800 millones de euros al año, es decir, una cifra cercana a los 1.000 millones de dólares.
Pero también hay más problemas en esta cruzada por defender a rajatabla la «diversidad lingüística»: el Parlamento no logró encontrar, hasta hoy, la cantidad suficiente de traductores de maltés para incorporarlos a su planta. Desde luego, una gran cantidad de personas desocupadas está tomando cursos veloces de estas lenguas minoritarias con la intención de conseguirse un puesto en esta organización tremendamente más compleja que la ONU en materia de idiomas, y de burocracia.
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