2 de enero 2002 - 00:00

Un pacto entre partidos se traslada al gabinete

Un pacto entre partidos se traslada al gabinete
El problema principal que aqueja a la política argentina, la fragmentación del poder, se puso de nuevo de manifiesto en las últimas 48 horas en los intentos de Eduardo Duhalde por componer un gobierno que algunos llaman de «unidad»; y otros, más optimistas, de «salvación» nacional. El presidente designado no se propuso, por lo que se sabía hasta anoche, superar la frontera de los partidos políticos para armar su equipo. Aun así, en ese campo, encontró dificultades múltiples para armonizar sectores e intereses. No es para menos, su fisura como gobernante es profunda: llega a la Presidencia dos años después de haber perdido las elecciones para ese cargo, con lo que repite una malformación de la vida pública argentina durante el ciclo actual, en el que también obtuvo una dosis impresionante de poder quien había salido tercero en los mismos comicios, Domingo Cavallo.

Un repaso inicial a las versiones que rodaban ayer por el PJ acerca de la identidad de los nuevos ministros hacía presumir que el nuevo gobierno se presentará como el resultado de un pacto entre partidos o, mejor dicho, entre líneas internas afines de distintos partidos. En otras palabras, se trataría de un gabinete poco abierto a otras formas de representación social que no sean las del PJ y el radicalismo clásicos.

Duhalde debió avanzar y retroceder en el armado de su staff según el grado de tolerancia o resistencia que fue encontrando en el peronismo, donde por lo menos cinco provincias (Santa Fe, Santa Cruz, San Luis, Salta y Córdoba) objetaron su postulación, al menos inicialmente.

• Nacionalización

Pero los obstáculos no se limitaron allí: el ex gobernador pretende nacionalizar el pacto que dominó la provincia de Buenos Aires durante los últimos 10 años y en el que están involucrados el PJ y un sector importante del radicalismo, representado por Leopoldo Moreau, Federico Storani y, subsidiariamente, por Raúl Alfonsín. Si bien la UCR festejó -y votó la instalación de un presidente que gobierne hasta 2003 evitando las elecciones de marzo, en su seno no hubo unanimidad acerca de la manera de integrarse al nuevo «consenso» que intenta imponer Duhalde.

A los gobernadores del PJ Duhalde les ofreció armar un gabinete en común, lentamente. Con esa premisa, le propuso a Ramón Puerta asumir como canciller, cumpliendo con la palabra empeñada en 1999, cuando le ofreció la misma posición si ganaba los comicios contra Fernando de la Rúa. Pero el misionero rechazó la invitación. El mismo cargo le fue ofrecido a Adalberto Rodríguez Giavarini, lo que resulta más insólito: difícilmente un presidente delega en alguien ajeno a su partido las relaciones exteriores. Giavarini desechó la posibilidad a pesar del consejo de De la Rúa, quien le aconsejó esperar un poco más para dar una respuesta. A partir de estas dos deserciones, para el Palacio San Martín aparecían autopostulaciones como la de Diego Guelar. Si fuera por Alfonsín, el cargo debería ocuparlo Eduardo Menem, una manera de atraer a Carlos Menem hacia el consenso político que intenta construirse en torno a Duhalde. Pero el presidente designado no se comunicó ayer con su adversario Menem en ningún momento, al menos hasta la media-noche.

Como en el caso de Giavarini, Duhalde buscó también a un radical para Justicia: le ofreció la cartera al constitucionalista Jorge Vanossi, quien anoche se inclinaba por aceptar después de una consulta con Alfonsín. El ex presidente evaluó con Antonio Berhongaray, Mario Brodersohn, Jesús Rodríguez, Darío Alessandro y Rodolfo Rodil, durante el almuerzo, la conveniencia de involucrar al partido en el gobierno, al menos en la primera línea. Alfonsín -confesó allí- prefiere que la Alianza (lo que quedó de ella) no se involucre directamente con la gestión de Duhalde. La misma recomendación hicieron llegar Raúl Alconada Sempé y Juan Manuel Casella. Aun así, anoche se daba casi por seguro que Juan Pablo Cafiero sería el ministro de Acción Social de la nueva gestión. Es comprensible, ya que Cafiero, como Carlos Chacho Alvarez, venía promoviendo una alianza con el duhaldismo, como quedó de manifiesto en el almuerzo que los tres mantuvieron, junto con Néstor Kirchner, hace un par de semanas en el club San Juan.

• Profundidad

En cambio, Storani y Moreau pretenden un compromiso más profundo con el presidente designado y, por eso, se preocupan por cubrirse de las críticas que podrían lloverle desde el ARI de Elisa Carrió. Desde ese dúo, se le propuso a esa fuerza política llevar a Carrió a la presidencia de la Corte, dando por sentado que ese tribunal se va a renovar.

La cautela de Alfonsín contrasta con la conducta de estos otros dos radicales bonaerenses, pero no debe confundirse con desapego programático: el ex presidente sueña desde hace tiempo con ver a Jorge Remes en el Ministerio de Economía (lo quería aun con De la Rúa en el poder) y proveyó a Brodersohn para que, junto con Roberto Frenkel (director del Banco Provincia ligado a Moreau), discutiera con el duhaldismo la orientación del plan económico que se anunciará, presumiblemente, el viernes. Del mismo modo, la presencia de un empresario en el área de Producción fue congeniada con Alfonsín, quien también desde hace tiempo quiere ver a Ignacio de Mendiguren como ministro.

En otras áreas, Duhalde buscó seducir a sectores del PJ que le resultan esquivos. Le propuso a Oscar Lamberto, ligado a Carlos Reutemann, secundar a Remes en Economía, y anoche opera-dores suyos intentaban capturar a Cristina Fernández de Kirchner para el Ministerio de Educación, que se recrearía. Con la misma aspiración de componer un mosaico interno lo más amplio posible, hasta anoche, había dejado vacante la Jefatura de Gabinete. Las versiones sobre esa oficina eran infinitas, pero había dos inquietantes: que le sería ofrecida a José Manuel de la Sota o a Carlos Ruckauf, dos gobernadores a los que las exhaustas finanzas provinciales les aconsejarían promoverse hacia el gobierno nacional. El Ministerio del Interior cumpliría el mismo rol: se hablaba de Jorge Busti -a quien se vetaba desde el radicalismo por imperativo de los entrerrianos-o de Rodolfo Gabrielli para ocuparlo.

Para otras zonas del Ejecutivo, el nuevo presidente pensó en hombres de su propia intimidad.

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