Sostenía ayer Eduardo Menem: «Duhalde le ha dicho a varios gobernadores que su candidato a presidente es Néstor Kirchner». Por un lado, denunciaba la neutralidad de la cual presume el matrimonio presidencial y, por el otro, parecía enterrar los esfuerzos oficiales por la postulación de José Manuel de la Sota. Para éste, esa novedad podía constituir un baldazo de agua fría, mucho más si escucha con atención otro testimonio que el mandatario le reveló a sus íntimos: «Me gustaría la fórmula Kirchner-De la Sota. Si tenemos un poco más de tiempo para las internas, creo que pueden crecer».
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Aunque no se pronunció todavía Kirchner sobre este aval de Duhalde, sí se sabe que habría comentado: «Si me quieren ayudar, que me den a Chiche Duhalde como número dos. Sólo así me van a convencer de que el duhaldismo me apoya». Verdad o no, lo cierto es que Kirchner tiene la experiencia cercana del cordobés, a quien ascendieron desde la Casa de Gobierno con un plumazo y al cual ahora derrumban con otro plumazo.
Lo de Kirchner, de comprobarse, parece una última y casi desesperada jugada de Duhalde por complicarle el panorama a Carlos Menem en el justicialismo. Pero, difícilmente, ese apoyo al sure-ño sea tan generoso como para endosarle a su propia esposa en la integración de la fórmula. Para Chiche hay otra instancia, aún no definida, ya que ella misma le ha dicho a su entorno que es una figura de reserva. Y la reserva, en todo caso, difícilmente se utilice en el orden nacional. Más bien sería para proteger el distrito familiar.
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