“Fueron una excepcional pareja de sangre caliente que supo fundirse en pasiones políticas y amatorias”, define Florencia Canale la relación de Simón Bolívar - Manuela Sáenz en “Bastarda” (Planeta). Canale se ha convertido en una exitosa narradora de novela histórica-romántica desde su inicial “Pasión y traición”. Dialogamos con ella sobre su décima obra.
Retrato de Manuela Sáenz, una mujer de armas llevar
Diálogo con Florencia Canale sobre “Bastarda”, su novela histórico-romántica.
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Canale. “Bastarda” es una semblanza de la amante de Simón Bolívar.
Periodista: ¿Por qué llama “bastarda” a Manuela Sáenz, que tuvo tantos apelativos en su vida?
Florencia Canale: Se llamaba Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru, pero como usted dice se la llamó de todo. Bastarda fue uno de los epítetos con la que la marcaron por ser una hija ilegítima. Ese título puede ser quizá un poco provocador, como lo son las decisiones editoriales.
P.: A Manuela, a la que no le faltaron amores, ¿qué le pasó con San Martín?
F.C.: No lo quería. La que tuvo relaciones con San Martín fue su amiga, la actriz Rosita Campuzano, a la que llamaron “la protectora” porque se sabía que era la amante de San Martín, que había sido declarado El Protector del Perú. San Martín va a ayudar a que Manuelita se convierta en la heroica Manuela Sáenz, por su activa militancia en la causa patriota, la nombra Caballeresa de la Orden del Sol, un título honorífico que era privativo de los varones. Una condecoración que el Perú revolucionario hasta allí otorgaba solo a los hombres entregados a la causa de la liberación, título que Manuela se gana en toda su ley. A partir de ahí ella se transforma en una mujer clave para el proceso independentista. Manuela y San Martín eran el agua y el aceite. San Martín era reflexivo, hermético, reservado, discreto, austero, y Manuela todo lo contrario. Bolívar le pide a Manuela referencias de San Martín cuando va a encontrarse con él en Guayaquil. Se acaban de cumplir doscientos años de aquel enigmático y fundamental encuentro. Manuela, le dice a Bolívar que San Martín le parece un blando poco afecto a la acción. Hostiga a Bolívar para que llegue antes a Guayaquil, que sea quien tome las decisiones. San Martín entrega las credenciales y hasta aquí llegué. San Martín era un militar, un estratega, Bolívar un hombre con ansias de poder. Manuelita le reclama a Bolívar más acción. Está de acuerdo, pero se la tiene que sacar de encima porque a veces le resulta imprudente y peligrosa.
P.: Era literalmente una mujer de armas llevar.
F. C.: De gatillar y disparar. A Bolívar le pedía la cabeza de algunos enemigos que, a esa altura, no eran españoles sino de adentro.
P.: ¿Fue la creadora de la idea de “la patria grande”, que hizo propia Simón Bolívar?
F. C.: Cuando hablaba de sí misma Manuela no se decía ecuatoriana sino americana, ella quería la liberación de todo el continente. Fue una revolucionaria sin miedo al fracaso. No consideraba la posibilidad de que la lucha saliera mal. Así fue como le fue, finalmente.
P.: ¿Por qué le decían “la libertadora del Libertador”’
F. C.: Eso se lo ganó por salvarle la vida a Bolívar dos veces, poniendo la suya en riesgo. La primera fue en una fiesta en un teatro. Manuela tenía una red de espionaje y había sabido que ahí lo iban a matar. Tuvo que vencer la omnipotencia de Bolívar, que le decía: a mí no me mata nadie. La segunda vez, cuando lo van a buscar para matarlo, lo obliga a escapar por la ventana, y ella se liga que la apaleen.
P.: ¿Cómo se produce el encuentro sentimental eje de su novela?
F. C.: Bolívar ya era una suerte de semidiós cuando hace su entrada triunfal en Quito. Manuela quiere conocerlo. En el ágape que el acaudalado quiteño Juan Larrea ofrece a Bolívar, le presenta a Manuela Sáenz de Thorne, su apellido de casada, y comienza el cortejo. Bolívar era un gran seductor, pero ella no se quedaba atrás. Ante la mirada atónita de los presentes bailaron, charlaron, bebieron, expusieron públicamente su amorío. Andaban del brazo por la calle. Les gustaba provocar. Condimentaban los revolcones con discusiones políticas. Política y pasión hacían largas las noches. Eran de sangre caliente, no como San Martín y Rosita Campusano que se escondían.
P.: Tras la muerte de Bolívar, Manuela vive en el exilio, pero su fama hace que la visite Herman Melville.
F. C.: El extraordinario autor de “Moby Dick” era marinero y se interesaba por todo lo que sucedía en América, y cuando el barco en que trabajaba llegó al puerto de Paita, no se privó de ir a conocerla. También fueron a verla Garibaldi, Simón Rodríguez, el filósofo, maestro de Bolívar, el escritor peruano Ricardo Palma, entre otros. Manuela era la gran matriarca en el exilio. Era como Rosas en Southampton que iban a visitarlo celebridades para escuchar su saber. Manuela vivía en la más extrema pobreza y para subsistir fabricaba dulces con sus eternas y leales compañeras, las negras Natán y Jonatás. Fue una mujer perseguida, desterrada, que murió de disentería y la tiraron a una fosa común. Provocaba la furia en sus opositores que la querían presa.
P.: ¿Qué la llevó a escribir novelas históricorrománticas?
F.C.: Me interesa la historia pura y dura, y también cuando va ficcionada en los distintos soportes. En mí todo empezó con “Pasión y traición”, la historia de Remedios de Escalada y José de San Martín. Creo que no me fui de la novela histórica al investigar la vida de Remedios. Yo soy descendiente de ella. Hay un eslabón perdido que intento hallar. Tal vez la búsqueda de ese origen hizo que mi interés se ampliara al pasado, a nuestra historia, al protagonismo de ciertas mujeres claves.
P.: ¿Cuál es su próxima misión en esa búsqueda?
F.C.: Cómo me gusta eso de misión, suena a una mezcla de investigación y espionaje. Ya empecé a escribir. Esta vez es la historia de un hombre del siglo XIX, que es el siglo que me interesa.




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