La galería Ruth Benzacar acaba de incorporar a su nutrido staff, una gran figura del arte argentino: Rómulo Macció (1931- 2016) En estos días, Benzacar celebra el arribo con la exposición “La Peste según Macció y la historia de un artista libre”, curada por Laura Batkis. La selección de pinturas y dibujos, provenientes de un grupo de sus herederos y mayormente inéditos o escasamente expuestos, recorre gran parte de la trayectoria del artista sin respetar un orden cronológico. El montaje, realizado con sabiduría, reunió obras cuyos rasgos o el tratamiento del color resultan afines y, en ocasiones, se reiteran a través del tiempo, desde los años 50 hasta el 2015. A esta fecha, 2015, pertenece el formidable cuadro de gran formato que Macció pintó un año antes de su muerte. Allí se cruzan la figuración y la abstracción, en perfecta síntesis. “Nube, ojo” ostenta un cuadrado que encierra en su rígida geometría una boca tan roja como las de Man Ray que Macció solía pintar. Junto a la boca hay un círculo azul dentro de una silueta ovalada que representa un ojo. Los dos elementos están bajo una nube gris exageradamente densa, ubicados sobre la superficie celeste del cuadro. La significativa imagen configura un conjunto ópticamente llamativo, confirma la inconfundible identidad del artista y el sobrado virtuosismo de su oficio.
Una gran retrospectiva celebra la libertad de Rómulo Macció
La muestra en la galería Ruth Benzacar, curada por Laura Batkis, consiste en un conjunto de pinturas y dibujos mayormente inéditos.
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Nube ojo. La obra que Macció pintó en 2015, un año antes de su muerte.
Si en “Nube ojo”, de un modo lejano reverbera el Pop, en la bellísima “Globo”, hay un rostro de frente y de perfil sobrepuesto a la letra G, que trae el recuerdo de los juegos con diversas tipografías y objetos que pintaron juntos Warhol y Basquiat. La visión de estas obras provoca encuentros y reencuentros con la creatividad inagotable de Macció. Su arte trasciende los temas que le dieron fama como las figuras desgarradas del tiempo de la Nueva Figuración, la Cancha de Boca, algunos retratos memorables, los Caballos de San Marco, los paisajes de Nueva York, la Costanera vista desde el Río y tantos otros.
Mirar, pensar, pintar, es lo que Rómulo Macció siempre hizo. Mirar el mundo con la capacidad tan especial de ensanchar la visión y alimentar con imágenes una energía que tarde o temprano derivaría en el acto de pintar. Hay obras en esta muestra que conmueven por la posibilidad de entablar una comunicación más directa e, incluso, visceral con el artista. La galerista Orly Benzacar cuenta que con Batkis accedieron a un material sorprendente. En una carpeta intocada, encontraron una tinta fechada en 1964 donde se lee: “Tenemos que preparar todo para la peste”. Allí, las cruces de un cementerio, la estrella de David, el martillo y la hoz, una cruz esvástica, hablan del horror que expresa el rostro perturbado de “El grito” de Munch. El dibujo es descriptivo. Publicada en 1947, “La peste” de Albert Camus es una metáfora del drama de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez motivo de inspiración.
En esta misma carpeta, Batkis encuentra: “Dibujos, anotaciones, recortes. Desde los años 50 hasta el final, todo aparece en ese corpus de obra gráfica. Las caras atravesadas, el violeta con el celeste, el amarillo con el rojo, el verde flúo, esas formas redondeadas de la etapa Grupo Boa, que se repiten en obra reciente”. Para confirmar las palabras de la curadora, junto al dibujo donde habla de la peste y un boceto de “El grito”, hay una pintura casi abstracta donde apenas si se adivinan unos rostros con las bocas desencajadas y, donde predomina la gestualidad de la pintura negra que lleva el sello reconocible de Macció sobre la tela blanca.
En una declaración del año 1991, el pintor, poco afecto a teorizar sobre su obra, reconoce: “En lo que hago ahora hay síntomas de romanticismo, siempre buscando la densidad en el espacio, el ataque del pincel o la espátula, la iluminación del color y la carga en la forma. Tuve momentos de intimismo en algunos retratos. Me apoyé en el arte del pasado (para dar un salto hay que retroceder) También siento que todo esto es un gran narcisismo. La pintura es narcisa (sic) Es la lejanía, la cercanía, el reflejo, la pérdida y el reencuentro de la ilusión y la transformación de la imagen vista desde la experiencia solitaria. Hay una constante analogía con el pasado, las artes próximas o remotas: todo es pariente de todo. […] El arte es la prueba de que vivir solamente no basta”.
La herencia italiana de Macció se advierte en su pintura y también en la vida. Si bien estuvo radicado en la Argentina, España, Italia y Nueva York, en 1983 se instaló en La Boca, frente al Riachuelo, el barrio “medio genovés”, como lo define el autor de “Corazón”, Edmundo de Amicis. La calle Pedro de Mendoza albergó desde fines del siglo XIX varios grupos de grandes artistas. Autodidacta. Macció trabajó en publicidad, pero desde joven se dedicó a la pintura. A sus 25 años en la galería Galatea presentó su primera exposición individual.




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