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Tras este inicio trepidante, en el que los azulgranas sacaron la mejor tajada, los hombres de Rijkaard decidieron echar el freno al partido, conscientes de que, con el marcador a favor, su fútbol de toque y combinación era el remedio idóneo para combatir el juego veloz y directo de su rival.
El Barcelona se hizo con la posesión y el Levski se echó atrás, tal vez recordando que, en el Camp Nou, se llevaron cinco goles por su exceso de ambición.
Las acometidas locales, lideradas por Angelov y Borimirov, se quedaron en nada, y el Levski sólo inquietó a Valdés en un par de disparos lejanos.
El Barca pisó más el área rival en esta primera mitad, pero con idéntico resultado al del conjunto búlgaro.
Un Ronaldinho más efervescente que efectivo intentó sacarse varios pases de la chistera, pero ni Giuly, ni Motta ni Gudjohnsen lograron recibir en condiciones para ampliar la diferencia en el marcador.
Fue Sylvinho, en una jugada personal por la banda izquierda, el que estuvo más cerca del gol, pero su disparo salió alto.
En el descanso, alguien debió decir en el vestuario visitante que el Werder Bremen estaba ganando al Chelsea, porque el Barcelona salió en la segunda parte dispuesto a sentenciar el partido, consciente de que, sin la ayuda de los de José Mourinho, ni siquiera le valía el empate para seguir vivo en Europa.
Gudjohnsen tuvo en sus botas el 0-2 en dos ocasiones: primero, en un disparo desde la frontal que se marchó fuera y, en la jugada siguiente, en un mano a mano con Petkov que acabó en Giuly y finalmente en saque de esquina.
Sin embargo, el segundo tanto azulgrana se hizo esperar y el Levski empezó a creer que podía igualar el choque.
Los búlgaros fabricaron varias llegadas, pero volvieron a fallar en los últimos metros.
Bardon lo intentó de lejos, pero se encontró con Valdés.
Y el Barca, sin continuidad en el juego, parecía que tendría que sufrir para llevarse el partido.
Pero todo acabó con el 0-2: un disparo de Deco que Petkov no acertó a atajar y que Inesta remachó al fondo de la red.
Faltaban 25 minutos para el final pero, esta vez sí, el encuentro se había acabado.
El Levski bajó los brazos y dejó de presionar la creación azulgrana, y los hombres de Rijkaard, acostumbrados últimamente a dosificar esfuerzos en cada partido, se encontraron jugando a placer ante un rival desfondado que había tirado definitivamente la toalla.
El Barcelona, que ya tenía de Sofía todo lo que necesitaba para seguir dependiendo de él mismo hasta el último partido, pudo hacer el tercero, pero ni Gudjhonsen, en dos ocasiones, ni Ezquerro, lograron ampliar la diferencia.



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