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Los hinchas colmaron el Obelisco
La ciudad seguía bocinando. Era el festejo más simple y ex tendido. En el Patio Bullrich un joven padre paseaba a su hijo en cochecito con una camiseta de Boca sobre sus hombros, como corresponde al exclusivo barrio. El resto de los caminantes por el paseo estaba ajeno al fútbol.
Alguien que no simpatizaba con Boca, evidentemente, comentó mirando el festejo en avenida Del Libertador: «Ya De la Rúa va a anunciar alguna medida y se va a encargar de arruinarles el festejo».
Lo cierto es que la ciudad no se paralizó durante la mañana, pero la inmensa mayoría de las radios de los autos -a diferencia del resto de las jornadas laborables, en las que reinan los programas de economía o políticaestuvo sintonizada en la media docena de emisoras que transmitían el partido (tres de ellas con «posición» en el estadio de Tokio, las otras repitiendo lo que veían en el canal de televisión). El bar raro del centro de Buenos Aires era el que no ofrecía desde su vidriera: «Vea hoy el partido en directo» o mensajes similares.
En Constitución estaba la contracara de la zona del Patio Bullrich. Allí los bares que tenían CableVisión y ofrecían el partido estaban atestados de gente. Incluso las ventanas tenían decenas de «ñatas» pegadas, de los que no conseguían lugar o no podían pagar la consumición.
Algunos propietarios gastronómicos vieron la oportunidad de hacerse de una «ayuda» montados en la ola boquense: no fueron pocos los cafés que decidieron cobrar un «cover charge» de entre $ 3 y $ 5 como «derecho al partido», algo que todavía no tenía antecedentes en el país. Los empresarios de CableVisión hubieran debido aprovechar estadios o cines para realizar esta tarea que improvisó la calle frente a un partido de tantas expectativas.
El mozo de uno de esos bares explicaba: «No cobramos entrada, pero la consumición mínima es de cinco pesos, aunque se tome un cafecito. Imagínese: podemos llegar a tener todo el boliche repleto de gente que podría gastar un peso (lo que cuesta el café) y quedarse las dos horas habituales del desayuno, que es -después del horario de almuerzo-el turno que más nos deja».
No le faltaba lógica al razonamiento, pero tampoco le asistía razón legal: los bares y restoranes tienen taxativamente prohibido por los operadores de cable lucrar con la reproducción de sus señales.
Pero los operadores de cables -o sus muy pobres cuerpos gerenciales-no entienden la real pasión del fútbol y administran televisación de partidos como si fuera venta de prepizzas.
No faltó los que quisieron tentar de cualquier modo a los hinchas. Cinco señoritas muy pintadas, en la vereda de «Shampoo», un lugar de la Recoleta para conseguir compañía femenina, invitaban a ver el partido. «Fútbol y sexo» era una combinación que tentaba a unos pocos y sorprendía a muchos. Por ejemplo a quienes buscaban su auto al garage próximo al lugar.
En el otro extremo del espectro socioeconómico, algunos decidieron pernoctar en las inmediaciones del Obelisco, un poco para tener los mejores lugares al momento de la fiesta (no cabía en sus mentes otra posibilidad), pero también por la cercanía de televisores en casas de artículos para el hogar y bares. Martín Palermo con sus dos goles les recompensó ampliamente el sacrificio.
La escena de centenares de personas agolpadas frente a vidrieras -algunos llegaban a colgarse de las marquesinas y hasta de los árboles para tener mejor ángulo de visión-se repitió en casi todos los barrios. Dicen los corresponsales que lo mismo sucedió en las principales ciudades del país.
En las calles, confirmando que no hay nada más democrático ni más puro que el sentimiento futbolero, se mezclaban los cadetes de bermuda, zapatillas y camiseta de Boca con ejecutivos de traje azul (o gris) adornados por algún «detalle» auriazul. Esos detalles iban desde una (casi) simbólica cinta boquense en la solapa a gorros con los colores indicados. La diferencia de clases pasaba por el modelo de camiseta que tenían puestos. Los más acomodados usaban la última de azul furioso con la franja amarilla en el medio. Otros tenían la polémica casaca con la franja blanca al medio y hasta apareció alguna con un sponsor antiguo, de la época en que Boca no ganaba campeonatos.
Un atildado caballero de impecable ambo pasó a las 10.15 por Córdoba y Montevideo con su ataché en mano izquierda y una inmensa bandera de tres metros por dos en la derecha. Nadie pareció sorprenderse a su paso.
A pocas cuadras, una robusta señorita (¿producto de una apuesta? ¿hincha de River?) se pavoneaba ataviada con lo que no debía haberse puesto nadie ayer: una camiseta del Madrid.
La algarabía seguía hasta pasado el mediodía en el Obelisco. En La Boca se abrieron las puertas del estadio y entró gente al césped desorbitada por la alegría.
Habrán sufrido en lo íntimo, pero en las recorridas no se notó ningún gesto agresivo de los «primos» y eternos rivales, River Plate, del nuevo campeón mundial de clubes de fútbol.



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