Enviado Especial a EEUU.- Más allá de la versión de que los chinos inventaron el fútbol, para muchas generaciones los inventores de nuestro juego favorito fueron los ingleses. De hecho, varios equipos de Inglaterra vinieron a jugar a la Argentina y eran recibidos como quienes venían a desparramar sabiduría y enseñarnos todo lo que crearon y nuestros primeros equipos —Alumni y Quilmes, por ejemplo— y la Selección argentina estaban llenos de apellidos anglo.
No es un partido más
La historia con los ingleses arrancó mucho antes de Malvinas y del 86: es una relación añeja de amor y odio que el fútbol convirtió en algo imposible de separar.
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Los encuentros entre Argentina e Inglaterra trascienden lo deportivo.
Esta fascinación de fines del siglo XIX y principios del XX fue acentuándose con el correr del tiempo, hasta que por estas tierras empezó a jugarse el mejor fútbol del mundo a fines de los años 20 con las medallas doradas de Uruguay y una rivalidad encarnizada con Argentina, sobre todo después de que los uruguayos nos ganaran las finales olímpicas de 1928 y la del Mundial de 1930.
Pasaron los años y, una tarde de 1950, después de una reunión con el canciller, el presidente argentino Juan Domingo Perón se preguntó por qué la Selección Argentina nunca había jugado contra Inglaterra. "Ellos inventaron el fútbol, pero nosotros jugamos mejor", dijo El General. Perón había sido uno de los responsables de que Argentina no participara del Mundial de Brasil de 1950. Nuestro fútbol tenía muchos jugadores en el exilio pos huelga de 1948 y alguien le dijo que no era seguro que llegáramos a la final. Además de esto, había cierto enojo con Brasil porque había participado del Mundial de 1938, a pesar de que las federaciones sudamericanas habían acordado boicotearlo porque entendían que la organización debía correr por cuenta de algún país de los nuestros. Brasil se acopló primero y después hizo lo contrario.
Inglaterra fue al Mundial del 50 y recibió un revés feroz: perdió 0-1 con Estados Unidos, país que presentó un equipo semi universitario y fue noticia en todo el planeta. Perón estaba al tanto de todo. Hizo gestiones personales con las autoridades inglesas y se pactaron dos partidos: uno para 1951 en Wembley y otro para 1952 en el estadio de River.
Eliseo Mouriño lució orgulloso su capitanía en el coliseo del fútbol mundial, el 9 de mayo de 1951. Argentina llevó un equipo con lo más granado del fútbol local, del que, se creía, era el mejor del mundo. Sin embargo, como otras tantas veces ocurriría, la realidad nos dio un cachetazo. Nuestro equipo ganaba 1-0 con un gol de Mario Boyé (delantero de Boca) pero el resto del partido fue un ataque sostenido del local, un peloteo impiadoso que solo no terminó en goleada por la gran actuación de Miguel Rugilo, arquero de Vélez, quien pasó a la historia como "El León de Wembley". Finalmente, Inglaterra ganó 2-1 y Mouriño (quien murió en un accidente aéreo en 1961) alguna vez le quitó al partido el carácter de mitológico: "La verdad es que ellos fueron absolutamente superiores y solo no fue goleada por Rugilo. Esa es la realidad".
El partido en el estadio Monumental pactado para 1952, finalmente se programó para el 17 de mayo de 1953. Los ingleses llegaron a Buenos Aires con una semana de antelación. Era la primera vez que una Selección de Inglaterra de fútbol pisaba suelo argentino. Los hinchas hacían largas filas para obtener una entrada. Fue tal la expectativa para ver a los inventores del fútbol que las asociaciones acordaron jugar otro partido, pero tres días antes, el 14 de mayo. Argentina empezó perdiendo 0-1, pero lo dio vuelta y ganó 3-1. Fue la tarde que la Selección formó con la delantera completa de Independiente y Ernesto Grillo convirtió lo que los periodistas llamaron "el gol imposible" por haberlo convertido desde un ángulo muy cerrado. Es más, hasta 2020, el 14 de mayo fue el Día del Futbolista por ese gol de Grillo. En 2020, se lo cambió por el 22 de junio, día de los goles de Maradona. Lo curioso fue que el partido que se había pactado se suspendió por un diluvio a poco de comenzado y con el resultado 0-0. Las estadísticas solo cuentan el partido del 17 de mayo, no el del 14 porque el que estaba concertado era el del 17 y no el del 14. O sea que para quienes manejan las estadísticas del fútbol el gol de Grillo a los ingleses no existe.
Pasaron muchos años para que Antonio Ubaldo Rattín fuera expulsado en Wembley, en el Mundial de 1966, contra Inglaterra, después de haber dado tres patadones y uno de ellos, nada menos, que contra el mítico Bobby Charlton. El Rata -fallecido el 11 de julio de 2026, el mismo día del partido entre Argentina y Suiza– se limpió las manos con el banderín del córner, que era la bandera británica, aunque después dijo haberse sentado en la alfombra de la Reina y que le tiraron latas de cerveza. De estos dos últimos episodios, no hay registros fotográficos ni fílmicos. Acaso sea un relato construido a partir de una orden del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía de hablar de "campeones morales" y de que "nos robaron". Argentina perdió 0-1 ese partido sin patear seriamente al arco.
En 1982, se produjo la Guerra de Malvinas, en un intento de Argentina de recuperar, a través de las armas, las islas que los ingleses ocupan desde el 3 de enero de 1833, cuando militares británicos desalojaron por la fuerza a las autoridades argentinas. El 10 de junio Argentina se rindió y esa guerra quedó como un hecho histórico que tuvo muchas derivaciones y dejó el recuerdo y el homenaje eterno a los héroes que combatieron en el archipiélago contra una potencia mundial en inferioridad de condiciones, a partir de la loca idea de los militares argentinos de perpetuarse en el gobierno del país.
Desde el conflicto bélico, Argentina e Inglaterra se encontraron en el campo del Estadio Azteca por los cuartos de final del Mundial de 1986. Diego Maradona les hizo dos goles: uno con la mano y otro que se transformó en un ícono cultural de nuestro país, que convirtió en mito a Diego cuando solo tenía 25 años y que es considerado el mejor gol de la historia de los mundiales. Argentina ganó 2-1 y el Mundial podría haber terminado ahí mismo. Volvimos a encontrarnos en los Mundiales de 1998 y 2002, ganamos una vez cada uno, pero el partido del 86, más toda la historia previa y esa extraña relación con los ingleses sigue vigente. El que dice que no mezclemos es alguien a quien incomoda el tema o escuchó que el presidente Javier Milei admira a Margaret Thatcher y no quiere meterse en esto porque lo votó. Pero no es un partido más y jamás lo será. Hay muchos motivos para que no lo sea, no solamente Malvinas. Nuestra relación de tira y afloje con Inglaterra es añeja y tiene algunos rasgos patológicos, de admiración y rechazo, de amor y odio. Tiene que ver con Malvinas, sí, pero también con aquellos tiempos de reverencia a los inventores del fútbol, a la sed de revancha del 66, a la venganza de los pibes de Malvinas del 86 y la honra del legado de Diego en el 98.
A veces, la historia (y sus historias) nos explican reacciones del presente. Jugar contra Inglaterra en un Mundial nos pone ante un hecho histórico que excede el fútbol, que se mete en los orígenes del juego, en las enseñanzas de aquellos primeros hombres que bajaron de un barco para contarnos cómo era ese juego tan raro y que termina siendo el desafiante presente de ganarles cuantas veces podamos para que les quede claro que el mejor fútbol del mundo se sigue jugando de este lado del planeta. Y ahora nos volvimos a ilusionar y por los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré. Que me vengan a hablar de no mezclar. Hay que mezclar, está todo mezclado. Entiendo que Scaloni lleve ese mensaje hacia adentro como hoy llevó el propio Diego antes del 22 de junio de 1986. Pero ellos saben que no es un partido cualquiera. Messi lo sabe, Scaloni lo sabe, vos lo sabés, yo lo sé.
¿A quién se le ocurre que un partido contra Inglaterra y en un Mundial es un partido más?



