"Corralón" y dolarización
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El tema de la dolarización es muy amplio como para agotarlo en esta nota. Pero sus proponentes, con Menem a la cabeza, cometen el error de no hacer la más mínima autocrítica ni de entender la conexión entre los vacíos institucionales en materia fiscal y el fracaso rotundo de la convertibilidad. Quieren cometer el mismo error de pensar que la elección de un régimen monetario duro es suficiente para que el país adopte políticas económicas consistentes con el mismo, sin importar la naturaleza de los shocks reales. No estoy diciendo que la dolarización sea imposible, inconcebible o indeseable en todas las circunstancias futuras. Simplemente que si no se entiende el problema institucional que determina, principalmente, a la política fiscal en la Argentina la discusión del régimen cambiario es absolutamente irrelevante para las preguntas constitucionales en lo político-económico que enfrenta la Argentina. No nacen, ni se hacen automáticamente, buenas instituciones económicas por la mera elección del régimen cambiario. La respuesta hay que buscarla en otro lado, desafortunadamente para los políticos que largan ideas «gancho» al voleo para provocar a la sociedad. Eso ya es parte del pasado.
¿Cuáles son las instituciones fiscales de la estabilidad macro en la Argentina? Es una tarea que nos aleja de esta nota. En los noventa, un grupo relativamente reducido de economistas aportó ideas que van desde la reformulación de las relaciones fiscales entre jurisdicciones hasta la constitución de fondos anticíclicos, leyes de responsabilidad fiscal, etc. Mi impresión hoy, a la distancia, es que se razonó pensando que se puede tener un porcentaje «sostenible» de deuda pública cuando la verdad es que la única restricción fiscal compatible con un país como la Argentina era eliminar la deuda pública cuanto antes. Razonamos erróneamente invocando ejercicios de sostenibilidad ex ante que no evaluaron los riesgos, o aludiendo al cumplimiento de relaciones deuda producto (a la Maastricht) que no se aplican a países con shocks y mercados de deuda como el nuestro.
• Dos datos
En rigor, había dos «datos» macroeconómicos de la Argentina que desde el comienzo de la convertibilidad ponían el acento en la insostenibilidad a largo plazo. El primero, que la Argentina nunca cumplió el criterio «olvidado» de Maastricht (no sobre cantidades sino sobre precios) de la diferencia de tasas de interés con el país de referencia. ¿Qué puede hacer que los inversores pongan una prima de riesgo tan elevada sobre un país tan viable para los ejercicios de sostenibilidad ex ante? Aparte de blasfemar contra las agencias de rating crediticio, nos olvidamos del segundo dato: que éramos (y somos, ex post) un país que comete defaults y expropiaciones y que ya habíamos cometido el mismo «error» antes. Algo anda mal en las instituciones de un país que repite una y otra vez estos desastres.
De esta visión se deduce un futuro en donde el sector público argentino va a tener que ahorrar y dar señales que marcha a ser acreedor neto del resto de mundo. Para los que se asombren con esta visión, por las consecuencias para el desarrollo o el gasto social, les recuerdo que no debe confundirse sector público con economía en su conjunto ni tampoco gasto público con participación del gobierno. Esta nueva política de austeridad no causará una deficiencia de capital para la economía, sino todo lo contrario: habrá un ingreso de capitales privados fenomenal (de argentinos y del resto del mundo) y la intermediación financiera y el crédito florecerán en la Argentina. Tampoco significará menor gasto público en general o gasto social en particular. Un presupuesto público que es un porcentaje moderado del tamaño de una economía grande y dinámica es varias veces más grande y decenas de veces más equitativo que una alta participación del Estado en una economía empobrecida y aislada del resto del mundo. Si quieren ver esto en números, esperemos un tiempo para comparar a un país como Chile, con una baja «participación» del Estado en un producto dinámico, y otro como la Argentina actual, preocupado en aumentar la participación del Estado en la pobreza de la Nación.




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