Hoy tocamos el balance general de Rigolleau y, asociadas con este nombre tradicional -al que uno reconoce como parte de la niñez-, varias figuras se nos han mezclado. Esta sociedad cumplirá, a inicios de marzo, nada menos que 91 años: fue registrada en 1907. Y cada vez que salimos del diario para ir hacia la Bolsa, por Paseo Colón no podemos dejar de reparar en la esquina donde, por tanto tiempo, estuviera Rigolleau. La fachada está igual, la ochava con la entrada a las oficinas. Arriba, y con aquellos hermosos grabados en la piedra que se realizaban para lucir los edificios respecto de los contiguos, permanece la viñeta alegórica, el nombre de la empresa, el año de fundación: ¿abajo sabe qué hay, y pudiéndose ver el interior desde la calle? Pues, un garaje, una cochera, un auto-parking por hora, o como quiera llamarlo. Velozmente un economista, o experto en empresas, nos dirá que así todo es más «eficiente»: porque se concentran los distintos ámbitos de una empresa y se propende a menores gastos, y ésa es la manera de «poder competir en el mundo y en la globalización». Sí, fenómeno, pero la fealdad y la tristeza de ver algo así no se las quita nadie, mire.
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Tantos cambios, tanta eficiencia, tanta competitividad, pero la gente común razona que las empresas ganaban más cuando eran tan «ineficientes» y les daban trabajo a mucha más gente. Y si hoy eso no es posible (así será), al menos fue posible antes y lo que quedó en la memoria de otra época, pasajes más felices, afortunadamente no lo quita nadie.
Y, de paso, nos preguntamos si son muchos los entendidos que realmente creen en aquello que dispersan: que podemos ser competitivos frente a, por ejemplo, asiáticos normales y produciendo a gran escala (ni hablar de «tigres» desesperados, inyectando sus productos por el mundo como sea). Ya observamos al lector que no hay párrafos de «perspectivas» en ningún balance de octubre hacia aquí donde no se mencione el riesgo futuro de la crisis asiática, sea el rubro que fuere. Y nadie parece trazar una realidad práctica, con un par de hipótesis de mínima y de máxima. Como si el «qué nos puede pasar» fuera un tema celosamente guardado por los directorios. Y creemos que cada uno, en su sector, ha extraído perspectivas para 1998 bastante realistas. Vaya a saber, quizá ni las «cocheras» -el producto moderno que pulula- resulten una «industria» lucrativa (sería una revancha de predios, donde antes había una empresa, ¿no?...).
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