Llegar al tercer milenio para reconocer obviedades es casi trágico en función de medir nuestro posible futuro. Y por allí aparecen en los medios, como el otro día el asesor Mondino, recitando la fórmula recién descubierta y que se vende como nueva panacea: «Hay que vivir de lo nuestro. No se puede sostener un nivel de siempre endeudados...». Y, como no podía ser de otro modo, agregando el clásico ejemplo-metáfora acerca de lo que hace una familia al manejar las cuentas domésticas y eludir las deudas. Gracias muchachos, dan ganas de gritar a mediados de 2001: si todo esto que se está pasando desde hace tanto tiempo es para acuñar semejante enunciado revolucionario, no nos quejemos después de lo que marque el riesgo-país. Que si es por nivel intelectual y brillantez, esa medición nos tendría que ver muchísimo más arriba todavía.
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Y siguen sin entender a la gente, lo más simple del ser humano y que pasa por sus sensaciones primarias. ¿Quieren confianza, quieren que se gaste, quieren mercado interno? Pues, aseguren estabilidad garantizada en el puesto de trabajo. Y legislen sobre seguridad en el monto a cobrar. ¿Así que esto no se puede? Pues bien, la única defensa por ensayar por el ciudadano común es replegarse sobre sí mismo, arriar velas, meterse en la trinchera y solamente esperar a ver qué pasa. Causa y efecto, lo más sencillo. El gobierno puede hacer lo que quiera, pero no puede modificar ni eludir las consecuencias. Tira una perdigonada hacia arriba, le caerán los plomos en la cara. Y así parece seguir esta historia de querer mordernos la cola, sin salir de un círculo fatal. Espanta el grado de mediocridad que se sigue exhibiendo; cuanto más hablan más lo demuestran. Y hasta los supuestos geniales se contradicen y arman torpezas al tranco. «Si cobrás 20 y gastás 19, la felicidad. Si cobrás 20 y gastás 21, la ruina...» (esto lo decía, de manera tan sencilla, un personaje de Dickens de un par de siglos atrás). Es la gran fórmula puesta en práctica en la Argentina del nuevo siglo. En tanto, quejarse del mercado y pretender que los tiburones se hagan vegetarianos, ignorando cuál es el rol de cada especie en el escenario. El especulador -el tiburónsiempre está allí a la caza, si no se pasea cerca y está entero, el escualo ni lo mira. Ahora, si tiene alguna herida abierta, ni estando a mil metros se salvará del ataque: porque si hay sangre en el agua, esto activa el mecanismo del tiburón. Es la única comparación válida para dejar de embromar con las conspiraciones o el rol de los que hacen mercado. No son de la Cruz Roja, señores. Y otras veces actúan hacia el otro lado y los funcionarios ponderan, cuando igual es feroz especulación. Entre la fórmula y el espíritu de víctima, hay representantes que son todo un grotesco. Informate más
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