27 de mayo 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

La habitualidad debe de tener parentesco con la resignación, no etimológicamente, solamente porque pudieran ser «hermanas de leche»; de grandes, cada una en su andarivel y en la mochila del ser humano, la primera trabajando para la otra. Y lo que quedaría por verse es si, a sabiendas, o simplemente porque se calzan así las labores. Una, la habitualidad, siendo la productora de materia prima para que procese el material la resignación. Entre las dos pueden resultar una pesada lápida para levantar, para encontrar el rayo de luz y salir de la señora «crisis». Es notable cómo nos habituamos a tomar como hechos naturales, ya consentidos a diario, situaciones que deben horrorizar afuera. Y que nos hubieran asombrado muchísimo vistos desde unos años antes aquí mismo... Yendo directamente a nuestra temática de base, para no entrar en la descripción de hechos que hacen a la niñez, la salud, el hambre, los desvíos sociales, las más infames corruptelas que se continúan engendrando y a costillas de una población desangrada en todo sentido. Tomando los balances, por caso, la habitualidad nos hace leer considerandos, en cuanto a descripciones del período, y especialmente en «perspectivas», que serían funestos para cualquier sociedad, en cualquier país del mundo. Y en el mundo de los negocios, cadáveres lisos y llanos. Pero, con total normalidad se lee que se repugnan los compromisos de pagos en dólares, aunque sean por sumas mínimas, que se patean hacia adelante -al mejor estilo de gobiernos argentinos- y cuando cualquiera que desee estimar qué puede ocurrir al momento de tener que responder (salvo que algunos supongan que las deudas se las van a borrar), inmediatamente podrá imaginar que tales pagos serán imposibles. Y que todas esas empresas son ya más de grupos acreedores que de los controles actuales. Acreedores que, por supuesto, resultarán de índole bancaria, financiera, y no entendidos en el rubro de la empresa tomada. ¿Qué pasará, luego? Pues, varias posiblemente vayan al desguace, la partición y venta de los activos que posean algún valor, y el cierre. Otras, tal vez sean utilizadas con fines alejados de los originales (que es defender a una empresa en marcha) y fumándose los activos con mil artimañas, para vaciarla paso a paso...

Para ser realistas (así como seguimos pensando que el precio del dólar -en nuestra situación- es inconmensurable, es infinito, ya es incotejable en absoluto), creemos que si es por lo que se alcanza a leer de los directivos respecto de sus realizaciones últimas, y las venideras, difícilmente se quiera invertir un dinero en ellas. Y por allí debe de estar la respuesta, sobre un mercado que opera con 30% en papeles locales y 70% en CEDEAR. Con los golpes recibidos al volcar devaluación sobre pasivos, el rosario de ratios de una buena parte de cotizantes se ha ido al diablo, en todos los aspectos.Y ocurre que «lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra», como dice una máxima antigua. Habitualidad, resignación, crisis...

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