29 de mayo 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Todas las semanas arrancan con la misma leyenda, lanzada y repetida como un eco en todo el país: «etapa clave para el gobierno». O bien, «se inicia un período decisivo para que siga Duhalde...». Y así. No hacen mucho los interesados en desactivar ese tipo de ideas, por enviar señales tranquilizantes a la gente. Porque en medio de esos dichos surgen noticias sobre un mandatario que quiere renunciar, un jefe de Gabinete que lo desmiente, pero una mujer del Presidente que confirma lo primero. Y de esa manera, se produce el voltear a dos, el mismo tiro (Presidente y jefe de Gabinete, que queda mirando al sudeste...). Por allí, se desliza otro especialista en un cargo de los gobiernos que merecen tener su casillero relevante, como un mini ministerio. Es el que corresponde a los «voceros de la Presidencia». El perfil es más o menos standard y pasa porque no resulte ni muy joven ni demasiado maduro, que posea cierta yerba, una gran ansiedad por copar cámaras y micrófonos para ensayar defensas con argumentos pueriles: y que nadie les cree. Y, siempre, dejar sentada una gran obsecuencia por sus superiores. Se diría que un «vocero» tiene su cerebro en un «corralito», donde le han confiscado las ideas propias (que con tanto esfuerzo de toda la vida, había acopiado...) y se las han reemplazado por un volumen que se titula «Memorias de un vocero presidencial» y que contiene la bibliografía, sin revisar, de tantos antecesores que cuentan sus experiencias y dejan sus consejos, para el nuevo funcionario. Una vez encasillado en el prototipo, el asunto es echar a rodar por radios y canales, cuando no algún reportaje revisteril, provisto de una carga abundante de soberbia, para decirlo todo, y queriendo demostrar que su jefe es: «un estadista».

En honor a estos esforzados hombres, que deben vender imágenes de John Wayne en realidad de Woody Allen, (los jefes a los que responden) tomaremos la conmemoración del «Día del Operador», del viernes pasado, y aunque se trata del operador de radio y televisión (aquel que da sonido, música, vida a las cosas) lo utilizaremos en el sentido ambiguo: a los operadores de los presidentes, y de funcionarios en general, que se los recuerde saliendo con el micrófono puesto (cuando a su jefe lo despiden volando) para borrarse en la penumbra...


Cada uno debería poseer un predispuesto «vocero». Por caso: el vocero de la página bursátil. O el vocero del marido, en un hogar de alto belicismo.


El asunto es que esto aparece en miércoles, en medio de una «semana clave para el gobierno», también en lo que es «una etapa delicada para las inversiones, para la tendencia de la Bolsa y sus acciones...» (que, después de todo, los periodistas del medio también tenemos derecho a usar viejas frases de plomo). Como, por ahora, la columna no tiene vocero, desmentimos directamente que pensemos en renunciar.
Sería una traición.

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