7 de diciembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Mientras se produce una escalada de formidables pedidos de aumentos salariales, se dieron a conocer estadísticas de «inflación cero» para noviembre. Algo sucede, hay una lectura de mediciones que no condice con la virulencia social que se acentúa. Y menos todavía condice con la permanente sensación térmica de billetes de cierta nominación superior, que se escapan de entre los dedos como los de baja valía. Con la inflación de escritorio, respecto de la de los mostradores, se produce el mismo fenómeno que cuando el índice de precios de la Bolsa marca mejorías de buen rango, con volúmenes en depresión. La no coincidencia, el querer efectuar fintas a la realidad, termina por generar sinceramientos desagradables. En la Bolsa, un ambiente reducido y de profesionales, la cuestión no reviste gravedad ni se expande: ojalá que el sinceramiento feroz no se lo deba asumir en la economía total, la que parece estar rociada cada vez más con incentivos al consumo y solamente amparada: por los que pueden manejar las estadísticas a voluntad. Los argentinos, tan proclives a tratar de regocijarnos con todo tipo de temas que nos permita decir que somos primeros, olvidamos que poseemos título de «maestría en inflación». Pasamos por todos los estadios de la misma, conocimos cada una de las etapas hasta llegar a la «híper». Y sabemos de memoria, los memoriosos, de qué modo se va dibujando la espiral fatídica: de precios, suba de salarios, aumento de costos, más suba de precios, más aumento de salarios y así... hasta el infierno.

Y también es como cuando se generan las espirales, o «burbujas» tan conocidas en el mercado: suba de precios, suba de volumen, más suba de precios, más suba de volumen, hasta generar un sistema automático donde se pierde el valor y su noción, quedando sólo el precio y el principio del tonto: «compro un papel a $ 10, porque siempre habrá un tonto que me lo pague $ 12...».


Se nos ocurre, ocurrencia de simple columnista bursátil, que todo el mecanismo del país está en un punto mucho más delicado, que aquello que se deja ver en superficie. La Bolsa ha reconocido en su instrumental esos movimientos sísmicos que acechan, que no han originado fracturas de la corteza, pero que hacen mover velozmente las agujas. El « verano caliente» que se nos avecina, no solamente proviene de pronósticos meteorológicos -que dice «caluroso y con lluvias»- lo tenemos con el conjunto de sucesos que se vienen posponiendo y que están pasado para el próximo año.


Tememos por el verano (otra ocurrencia de oscuro columnista, pero que la compartimos con el lector), porque no se nos aparece que sembrando vientos se puedan cosechar bonanzas, aunque haya muchos dispuestos a creerlo desde la esperanza: no desde la razón. La avanzada sobre el oro, en el mundo en sí, ya nos advierte de señales también complicadas: para completarla.

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