«La inflación que se volvió cosmos», hubiera escrito desde su talento metafísico Macedonio Fernández, al comprobar que en todo el año 2004 se habrá de acusar una suba inferior a 6% en nuestra economía. El 2005 puede plantear un match entre la capacidad y el límite para poder confeccionar estadísticas -y que todos la degluten- y esa realidad que se prenuncia con esas cargas encadenadas sobre los costos. No solamente los salariazos y los tironeos gremiales que consiguen mejoras de nota, sino que cuando se decidan a retocar las congeladas tarifas de servicios, la mochila se la cargarán a la industria, en cierta porción al comercio, buscando dejar indemnes a los residenciales consumos. No se alegre en demasía el afortunado consumidor residencial, lo terminará pagando en el mostrador y cuando las empresas vuelquen a precios tales incrementos de la energía y los aumentos por decreto de sueldos. Todavía corre por allí la teoría de que «un poco de inflación es necesaria y benéfica» (algún muy alto funcionario del gabinete de Duhalde, lo dijo explícitamente en una entrevista televisiva). Y ése es el dulce, que después se vuelve amargo: suponer que uno puede establecer una cota de inflación deseada y que ésta se mantendrá a perpetuidad, de acuerdo con los deseos de los gobernantes. Como el que toma una droga -o fuma un cigarrillo para «probar», imaginando que se mantendrá pudiendo dosificar a gusto y placer tales tentaciones. Existe esa velada intención inflacionaria «manejable», como para mover más dinámicamente la rueda y poder acicatear el consumo interno. Cada vez más evidente, con las medidas y los mensajes que se dejan, 2004 se nos despide con un entusiasta llamado en tal sentido. Lo mejor sería que los funcionarios, que todavía pueden estar a tiempo, repasen los extensos trabajos realizados afuera y en nuestro medio, acerca de las etapas en que se va haciendo adulta la bacteria inflacionaria. Ver de qué manera hemos pasado de fase, hasta reconocer dramáticamente la «híper», y de qué modo los agentes económicos se van adaptando velozmente a ella. Por diversos motivos confluyentes, favorables, tuvimos la suerte de haber provocado una devaluación de magnitud sin que la inflación reapareciera con fuerza. Lo demás fue adoptar el maquillaje para la que sí existe, convirtiéndola en más apagada. Pero, darle vitaminas, estimularla cargando costos pretendiendo que los precios no la rebajan, es audacia mayor. Claro, esto habilita a suponer que la contestación a su reaparición peligrosa sería otro argumento trillado y fracasado: meter mano, con «control de precios» y su fatal derivación en desabastecimientos. En fin, todo el periplo que ya hemos realizado de ida y vuelta, una vez que dejamos que la inflación «moderada» se hiciera ciudadana. Es uno de los riesgos mayores para el inversor también: porque, después de eso, ¿qué?
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