17 de mayo 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

La resolución sobre el embargo de bonos salió adecuada a lo que aguardaban nuestros funcionarios. La del CIADI, no. En ambos casos, fallaron tribunales internacionales solamente que respondiendo a distintas sedes y orígenes. Tampoco eran similares las demandas, la segunda relacionada con juicios empresariales contra el país.

Y nuevamente quedó claro de qué manera se les da recibo a los fallos, según resulten afines a nuestros intereses. Para lo referido a los bonos, un derroche de alegría y de beneplácitos, aceptando que «se hizo justicia» al no hacer lugar a los pedidos de los bonistas. Para el del CIADI, la respuesta es criticar duramente lo resuelto -donde se condenaba al país a pagar- y dispersando todo tipo de objeciones acerca de una «mala calidad del fallo». Colocando por delante que se habría tratado de una condena política y que no se efectuó el correcto análisis de los argumentos esgrimidos por el país, etcétera.

Se dirá que está bien como «estrategia», aunque no mantiene coherencia litigar en diversos foros y solamente aceptar «la justicia» de los que fallen a favor. Que es lo que se transmite hacia abajo, a la ciudadanía, que permanentemente sólo considera «justo» el fallo que previamente ha elaborado, desde el criterio de uno de los litigantes.

Si es cuestión de tirar hipótesis, podría resultar que los dos fallos puedan ser objetables. O que fueran a la inversa de cómo se dieron, invirtiendo el positivo por el negativo. Todo queda en manos de los jueces a los que se han subordinado las partes, presentando sus argumentos, y está bien que cada una utilice todas las baterías de que pueda hacer uso. Pero una vez dispuestos a escuchar lo resuelto, no se está en posición de elegir cuáles son los que habrán de acatarse, cuáles otros no. Porque esto transforma en inútiles todos los procesos previos, las largas esperas por ver qué es lo que se resuelve.

La idea que se está dispersando, adentro y afuera, es que nuestros funcionarios solamente aceptarán aquello con lo que ellos sólo estén de acuerdo. El fallo contrario debe ser inmediatamente desprestigiado. Y así, todos nos acostumbramos -ante casos de notoriedad pública local- a juzgar y condenar, por fuera de los tribunales. Alsogaray y Chabán resultaron dos casos emblemáticos de la pasada semana, que -curiosamente- se cruzaron con aquellos otros, internacionales. Mucho más a la mano de la opinión pública los locales, inmediatamente se formalizó una larga cadena de opiniones: desde el llano, la sobremesa familiar, hasta lo más alto. Y viéndose a personajes de las altas esferas emitiendo también sus opiniones -sus disgustos- como para imaginar que más fácil sería eliminar al sistema judicial y dejar que «se haga justicia», masivamente.

Dejá tu comentario

Te puede interesar