14 de mayo 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

Solamente los que no entran en contacto con los balances que llegan a la Bolsa pueden ensayar algún gesto de asombro frente a los números de las sociedades que estuvieron ingresando trimestrales al mes de marzo. No en vano, mucho menos por estampar algún juego semántico -porque la situación no está para juegos, sino muy seria- dispersamos desde hace un largo rato lo que nos parecía una síntesis de lo que dejaban muchos balances previos: cada vez cuesta más, ganar menos. Y como lo que vale es siempre la tendencia, y no la coyuntura, esa síntesis deberá ir corrigiendo a medida que avance el tiempo y las condiciones se vayan haciendo más rígidas, para terminar expresando que cada vez cuesta más, ganar menos (o perder). Los costos no perdonan, salvo a un elenco de rubros privilegiados que puedan afirmarse bien en la exportación, y esos extraños instrumentos de «medición de rentabilidad razonable» -para las empresas- que han voceado los funcionarios del área económica, nunca han dicho todavía cómo se establece y se cuantifica, de qué modo se pasa a números y porcentuales, lo que ellos llaman «razonable».

Recuerde el lector que la ministra de Economía, un tanto quejosa de la expresión «control de precios» (que fue suplantando en los medios a la falacia de «precios acordados», cuando no se acuerda nada, sino que se dan órdenes desde una sola parte) salió por las suyas con otra originalidad: no es que se controlan los precios, sino «las ganancias empresarias» (?).

Bueno, en todo el jardín en que se han metido, desafiando al poder de la historia y las tantas veces que el sistema ha fallado, se siguió con la tendencia de dejar que los costos cargaran con cuanta nueva imposición surgiera. Y los costos lo hacen, pero no es gratuito: el pago es dejar puntos de margen bruto por el camino, el alimento genuino, esencial, de todo cuadro de resultados. Todo muy grosero, muy cantado, y todavía no se ha visto lo peor: que comenzará a notarse a partir de todos los incrementos salariales que se votan entre ellos, los sindicalistas. Con anuencia oficial, que nunca sale a explicar que esto terminará por mellar las rentabilidades de los que dan trabajo.


Pero ellos juegan su partido en el poder, más todavía en tiempo electoral. Ahora, que se lea en los medios el descontento por llegada de balances donde existen resultados menos satisfactorios que «lo que preveían los analistas e inversores», es haber venido de visita al país ilusorio. ¿Qué esperaban, cuáles eran los deseos supuestos? O en verdad estaban creyendo la publicidad oficial, de que «las empresas ganan mucho». Y tienen como para asumir, al infinito, todo lo que les caiga. Basar inversiones con semejantes análisis, es llevarse un buen disgusto. Esto no es sorpresa, es tendencia.

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