Parece que viene un serio desafío para inversores, operadores, hacedores de carteras. Para tratar de entender qué es lo que viene, primero hay que empezar a entender a Barack Obama. Con lo que ha ido desplegando hasta aquí, ya demuestra que no resulta un presidente estándar.
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De aquellos que, cuando han ganado la elección, solamente resta que sienten a su equipo y todos -en el mercado y en la vida común- sintonizan cuál será el estilo, los planes por desarrollar. Y hasta, quizás, el ritmo que se vaya a imprimir.
Pues uno, que está tan lejos y sólo debe semblantear y unir lo que van arrojando los medios, perteneciendo a un país de los que llaman «emergentes» y que tiene una Bolsa -aunque muy humilde, casi extinguida-, se debe introducir en el desafío de: «entender a Obama», antes que tirar líneas sobre 2009. Hasta ahora, resultó una presentación tras otra, subiendo de tono con cada personaje a quien le destinó algún cargo. Esto delata que fue haciendo su campaña a lomos de la crisis que iba asolando al mundo, pero sin tiempo -o sin ideas claras- para que un equipo propio se sentara a combatirla. Y es en éste final de noviembre, donde se observa a un presidente que ganó la elección como en una cruzada personal: y los que ayudaron desaparecen del mapa, al menos, del más cercano.
Obama parece estar integrando un «seleccionado», como los entrenadores fastuosos que van tomando las grandes figuras y los amplios antecedentes: vengan de donde vengan y sin que hayan trabajado en equipo, juntos en alguna administración. Acaba de incorporar a Paul Volcker, un veterano de tantas guerras financieras y con el récord de haber estado junto a otros cinco presidentes de Estados Unidos, de distintos colores y políticas. Su justificación es que: «En tiempos tan complicados, sería preocupante nombrar a gente sin experiencia...».
No luce mal la explicación, una selección de notables, dejando de lado a los que formaron el equipo para la campaña. En los papeles, Obama puede estar armando el mejor gabinete del mundo y de mucho tiempo a esta parte. Sin «rodaje» conjunto, deberán salir desde enero a mostrar su juego, el despliegue y -esencial- la armonía que pueda existir, entre todos los que son figuras. Y las ideas que cada uno traiga debajo del brazo. ¿Será Obama realmente brillante, como para poder dirigir a un elenco semejante? ¿Se mantendrá la armonía entre los «clintonianos» que habrán de rodearlo, integrándose con individualistas como Volcker? El mundo estará mirando con lupa, desde el primer día de asumir. Y lo apasionante de esto es que todos -nos guste o no- vamos arriba del mismo barco. (Y rogando que el seleccionado funcione.)
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