31 de marzo 2008 - 00:00

El pecado oficial: engolosinarse con alza de impuestos

El gobierno está entre la espada y la pared. Ha logrado aunar a sectores del agro muy dispares, corriendo el riesgo de provocar desabastecimiento y una suba muy fuerte en el precio de los comestibles. La espada es la presión por la baja de las retenciones a la exportación. Si el Estado da lugar a esta medida, va a haber un aumento importante de precios, como lo sugirió, correctamente, el ministro Lousteau. ¿Cómo reducir las retenciones que efectivamente pagan los productores sin generar un aumento de precios? Una respuesta es dejarlas como están y, en su lugar, compensar a los productores con subsidios. Esta parece ser la estrategia del gobierno. Los productores pagarían las retenciones con una mano y recibirían un subsidio con la otra.

Pero hay algo en esa solución que hace pensar que hay «gato encerrado». ¿Cómo puede ser que por un artilugio contable podamos arreglar algo tan fundamental? Si funcionara, al final del día tendríamos a los productores y a los consumidores saliendo a las calles, no con cacerolas, sino con pitos y flautas para celebrar.

Lamentablemente, hay un «flor» de gato encerrado. Para que esto funcione, no se le puede devolver automáticamente al exportador lo que se le saca por retenciones, sino que el subsidio no debería tener relación alguna con el monto de la retención (lo que técnicamente se llama, en inglés, « lumpsum subsidies»). Si lo tuviera y el subsidio se otorgara en proporción a lo que se exporta (es decir, que el subsidio se aplique con el mismo criterio que las retenciones), eso empieza a parecerse al artilugio al que me refería más arriba. Lo más fácil sería darlo a todospor igual, lo que significaría que el que exporta más subsidia al que exporta menos; recibirá el mismo subsidio el que exporta un kilo que el que exporta diez toneladas. Con toda seguridad, al día siguiente vamos a ser todos «exportadores» de un kilo para beneficiarnos del subsidio. ¡Un disparate!

Dada esta complejidad técnica, no es de sorprender que el gobierno haya sido tan impreciso acerca de cómo se implementará el sistema de compensaciones. Pero tampoco es de sorprender que los productores quedaran tan insatisfechos. Mencioné un posible esquema de subsidios, pero hay muchos otros y, por lo tanto, al tema técnico se le suma el tema político acerca de quién va a sacar la mayor tajada. Es así que el Estado ha llegado a esta situación en la que a la espada se le ha sumado la gruesa pared de cómo implementar las compensaciones.

Lo que hace todo más difícil es que las retenciones han llegado a niveles exorbitantes y el problema no se puede arreglar con pequeños retoques. El gobierno no se dio cuenta de la suerte que había tenido hasta el momento y, engolosinado, siguió la carrera de aumentar la carga impositiva con banderas que el pueblo argentino no le había dado el derecho de enarbolar. Ahora se enfrentan con una rebelión en el campo y en la ciudad. Esto último muestra el mal manejo político de la situación: hasta doña Rosa que deberá pagar precios más altos si se eliminan las retenciones ¡salió con su cacerola y con sus hijos a la Plaza de Mayo!

Es difícil que el gobierno encuentre una salida pacífica si los productores, mostrando un alto grado de patriotismo, no retiran unilateralmente la espada, aunque sea en forma transitoria. Pero el Estado también deberá sacar de cartelera, en forma explícita, a todos los elementos irritantes, empezando con un mea culpa, no simplemente un «por favor», por los insultos gratuitos y terminando con ciertos personajes que encuadran con frecuencia la figura presidencial, pero que tienen poca representatividad en la democracia argentina.


(*) Profesor de Economía en Columbia y ex economista jefe del BID.

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