26 de diciembre 2001 - 00:00

Federalismo para integrar el continente

La culminación de la denominada Guerra Fría como el cese de la bipolaridad mundial han contribuido de manera fundamental en la existencia de un mundo diferente.

La incidencia de esos hechos ha superado a los principales protagonistas del enfrentamiento mundial pretérito y provocó, sobre todo en Occidente, un cambio de actitud en la mayoría de los países. El fenómeno de la integración ya no es un presagio de hombres preclaros como Simón Bolívar o Juan Domingo Perón, sino una realidad que viven la totalidad de los países del viejo y el nuevo continente.

Se puede asegurar que hoy las viejas fronteras que dividían a los países han dejado de ser un tema para el cometido de las Fuerzas Armadas. Constituyen, en el caso de los accidentes geográficos, un capítulo de la ingeniería. La duda no estriba en si la atraviesa la infantería o la sobrevuela la aviación de guerra. Por el contrario la opción está entre el puente o el túnel para concretar las comunicaciones integracionistas.

En el caso de las fronteras llanas su existencia queda circunscripta a la imaginación del hombre y se parecen más a la obra de un dibujante loco que al diseño de una necesidad humana y social.

Imperioso

La integración, entonces, no se discute, se concreta por la fuerza de los hechos, lo que resulta imperioso es saber cómo se «aprovecha» en beneficio de los pueblos y no a su costa.

En el mundo contemporáneo hubo dos formas trascendentes de integración, una en el siglo XIX y la otra al inicio del siglo pasado.

La primera subsiste y la segunda se desmoronó abruptamente.

Estados Unidos de Norteamérica, si bien comienza el proceso a fines del siglo XVIII, concreta su integración en el siguiente y basado en un reconocimiento de las identidades estaduales en función de un sistema socioeconómico consensuado a punto tal de que la integración lograda carece de nombre, éste se lo reservan los Estados y la «nación» se denomina por lo que es fundamentalmente.

En este siglo, y como contracara de aquella integración, se forma una integración de mayor envergadura y de manera similar asume la forma como denominación: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

A diferencia de aquella integración americana la amalgama es una rígida ideología y un autoritarismo que, lejos de respetar las identidades nacionales, las subordinó a las metas derivadas del marximo-leninismo.

El resultado lo vivimos hace escasos años, el país más grande del mundo dotado del ejército más poderoso se derrumbó sin necesidad de tirar un solo tiro y sin cobrarse vidas. Al menos en el final contrarió su existencia signada por la muerte cotidiana.

La diferencia entre ambas integraciones resulta notoria y que se puede graficar a la primera como una bolsa de arena que si se cae su contenido no se dispersa y por ello es capaz de subsistir.

Por el contrario, la URSS resultó ser una bolsa de bolitas o canicas, la que, al impactar con el piso de la realidad, se rompió de manera irreversible esparciéndose su contenido.

Si bien la unidad norteamericana no puede ser tomada como ejemplo-espejo, sí se debe advertir que la integración acometida por Sudamérica tiende más a fundarse en un sistema o modelo de convivencia socioeconómico que una concepción ideológica y autoritaria sin posibilidad alguna de subsistir como conjunto. La Argentina, en la reforma de 1994, incorporó este concepto en el inciso 24 del art. 75 de la Constitución.

Para ello cobra singular importancia adaptar nuestro sistema federal que tiene origen en realidades singularmente diferentes de las actuales, advirtiendo que fue diseñado para una etapa de fuerte contenido nacional que va dejando lugar a la continental que estamos transitando.

La región, abarcadora de varias provincias, se va constituyendo en el escalón apropiado para promover el desarrollo racional de los pueblos que lo integran y de manera creciente deberá abarcar otras materias como la seguridad, la Justicia y la legislación.

El Estado Federal será Regional o no será.

Admitido que el Estado es una opción de conveniencia social y política frente a la dificultad que ofrece su inexistencia, es necesario avanzar sobre la forma estructural que mejor provea a esa convención, conservándola vigente si resulta apropiada o reformulándola si es inadecuada. Históricamente, desde nuestra génesis, la discusión pasó por un Estado Soberano Nacional que pudiera admitir la existencia de estados autónomos (provincias). La coexistencia institucional entre Estado Nacional Soberano y estados provinciales autónomos, nos indica la presencia de una estructura estadual federal. Lo contrario hubiera significado un Estado unitario similar al de Uruguay, Chile y Paraguay y la mayoría de las repúblicas europeas.

Las luchas políticas intestinas determinaron que, no sin antes pasar por la secesión definitiva (Paraguay,

Bolivia, Tarija y la Banda Oriental del Uruguay) o temporaria (estado de Buenos Aires 1854/1859) de algunas provincias, la Argentina adoptó formalmente, el esquema federal.

No resulta antojadiza ni caprichosa la referencia a la formalidad de nuestro sistema federal. Por el contrario, significa la base del presente, dado que la materialidad socioeconómica y cultural sobreviniente no acompañó la «vocación federal» puesta de manifiesto en nuestros textos constitucionales.

De perogrullo resulta destacar que lo que siguió a la formulación del Estado Federal fue una sucesión de sucesos y actos de diferente índole que determinaron, de hecho, un proceso inverso al federalismo proclamado.

Esta circunstancia perfectamente verificable, de la contradicción entre la formulación político institucional federal y la estructura socioeconómica de concentración unitaria, llegó a incidir en el mismo terreno institucional.

Así, durante el gobierno democrático del ex presidente Alfonsín, se institucionaliza una desvirtuación del sistema federal, al constituirse, en el Senado de la Nación, los bloques de senadores por su pertenencia a los partidos políticos.

Ello significa, lisa y llanamente, que la representación estadual (provincias) queda subordinada o condicionada a la identificación del senador con un partido político. El senador ya no representa a la provincia de la que proviene, sino que actúa en el seno de un órgano institucional, con condicionamiento partidario y al cual se somete por disciplina partidaria relegándose su representación estadual.

A esta medida funcional se suma la inclusión en la Reforma de 1994, de la confusa figura del «tercer senador» por la cual éste corresponde al partido político que siga en número de votos al partido ganador, al cual se le asignan los dos senadores tradicionales.

Con esta consagración institucional ha quedado pulverizado la representación del Estado federado y nuestro sistema, si bien sigue siendo bicameral, en realidad la diferencia ya no es entre la representación popular de la Cámara de Diputados y la estadual del Senado.

Este último es la sede de una representación partidocrática restringida a dos partidos, utilizando la división federal del Estado, pero sin asumirla en su esencia. ¿Es posible que esta estructura institucional que ha demandado enormes sacrificios a compatriotas nuestros en tiempos pretéritos, haya quedado relativizada y reducida a un escenario burocrático para satisfacer ambiciones de poder partidarias y sometido a la peor de las corrupciones ? Sí, lo es.

La única explicación posible es que en los hechos el sistema federal, por obra de la concentración socioeconómica y cultural, ya había quedado (mucho antes de 1994) reducida a una expresión formal y meramente administrativa que poco tenía que ver con las razones históricas que determinaron su existencia y que al momento de su institucionalización (1853/ 1860), eran sólo 14. Las 9 restantes provincias, oportuno es reconocerlo, responden a necesidades burocráticas no exentas de motivaciones políticas de conveniencia gubernativa contingente.

Esa realidad nos indica descarnadamente que de las 23 provincias autónomas, sólo un escaso número de ellas concretan en los hechos esa autonomía de manera viable y en beneficio de la Nación en general y de la propia provincia en particular. La mayoría de ellas encuentra en la administración pública ineficiente su principal fuente de trabajo demostrando su carácter endogámico quedando, para quienes no se encuentran incluidos en este círculo vicioso, la triste opción de emigrar para sobrevivir.

Así, el Estado provincial, transformado en una especie de monstruo necesario y apetecible, carente de recursos genuinos; incurre en la peor de las dependencias del poder central como es convertirse en receptor de las políticas derivadas del subsidio y el asistencialismo, proyectando esa sumisión al Senado.

La cruda realidad de Corrientes, Jujuy y la de Entre Ríos con este novedoso «lock out» estatal no difiere, en mucho, de otras provincias mendicantes y empobrecidas que han llegado a una situación límite donde el futuro ha perdido su preciosa carga de incertidumbre en el grado de mejoramiento. Hay casi una certeza matemática en el deterioro creciente por venir.

A ello se debe agregar este desenfrenado festival de bonos que implica cercernar el monopolio que el Estado Federal Nacional, por el art. 75 de la Constitución, tiene haciendo caso omiso al peligro que ello acarrea conforme lo advertía Alberdi en «Bases» cuando refiriéndose a la facultad de emitir moneda que les niega a las provincias, lo sustenta en que «sería imposible la existencia de que ha de depender toda la prosperidad de la Confederación si esta prorrogativa no fuera entregada por la Constitución exclusivamente al gobierno general, el Nacional.

Estas realidades derivadas de falencias estructurales se ven agravadas por el remedio que, de manera esquizótica, parecen repetir la mayoría de sus «líderes federales»: un Estado enorme, ineficiente y actor principal de irreales economías, propiciador, además, del escenario para la peor de las corruptelas: la que opera en base a la pobreza. No hay ingenuidad ni ignorancia, sino que en estas actitudes impera la escisión entre el deber y el deseo.

Saben que el remedio propuesto (estatismo, emisión monetaria, clientelismo, prebenda, subsidio, etc.) es energizante del deterioro, pero aun así lo aplican por un deseo irrefrenable de consolidarse en el poder por el poder mismo. Que no quede duda, al deber y la razón le oponen y prefieren el deseo y la conveniencia.

El futuro estado federal

En definitiva, resulta apropiado y conducente plantearse seriamente cuál debe ser la característica del futuro estado federal.La primera opción es seguir asentándose sobre 23 estados federales cuya mayoría resulta inviable desde una perspectiva socioeconómica y cultural realista y trascendente, derivando en formaciones burocráticas administradoras de miserias locales con autonomías declamativas, alentadoras de focos de corrupción aberrantes.

La segunda es recrear el cálculo de conveniencia y asumir esta nueva realidad, formulando el Estado federal en términos regionales, donde las cinco o seis regiones que la realidad no está indicando reemplacen, de manera eficiente y austera, a estas viejas autonomías provinciales gravosas en los hechos por pesados y absurdos presupuestos.
El desafío está expuesto en la contundencia de la crisis cuando nos informa que no existe provincia que no tenga déficit llegando en algunos casos, como el de la provincia de Buenos Aires, a completarse con que el porcentaje de la deuda sobre los ingresos supera 50%.

Asumir esta situación constituye el primer paso para encarar una reforma de conformidad con el art. 13 de la Constitución que ya, en 1853, preveía la posibilidad de que «varias provincias puedan formar una» como vía adecuada para concretar los fines expuestos en el Preámbulo, en especial, para «promover el bienestar general».

A modo tentativo propongo como hipótesis de trabajo establecer seis regiones federales que asumirían las facultades que hoy se reservan las provincias con la misma estructura republicana que las informa: 1) Patagonia (Tierra del Fuego, Chubut, Río Negro y Neuquén), 2) Centro (Córdoba y La Pampa), 3) Cuyo (Mendoza, San Luis, San Juan y La Rioja), 4) Noroeste (Santiago del estero, Tucumán, Catamarca, Salta y Jujuy), 5) Litoral o Noreste (Santa Fe, Chaco, Formosa, Entre Ríos, Corrientes y Misiones) y 6) Buenos Aires.

Es una tarea reservada a la sensatez y la grandeza, cualidades imprescindibles si queremos cabalgar sobre la evolución. Es de esperar que sea encarada antes de que la única alternativa sea reptar bajo los acontecimientos.


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