7 de mayo 2021 - 00:00

Frozen: ¿sólo una película infantil o realidad de las aulas? ¿y la economía?

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La realidad no es de izquierda ni de derecha. No se gana ni se pierde con votos. No es verdadera ni falsa. Es, simplemente, la realidad. A veces los argentinos vamos un paso más allá de lo temerario que resulta aceptar cuestiones evidentes y directamente rechazamos, renegamos, repudiamos la realidad. Y cuando eso ocurre, sin dudas estamos en problemas. Vayamos a uno de los tantos ejemplos prácticos bien actuales. ¿Cuál es hoy la situación con las escuelas? Que vamos a los días más fríos del año, muchos de ellos lluviosos y ventosos. Que la Argentina está inmersa en la peor parte hasta ahora de la pandemia de coronavirus, y que el coronavirus cuando se ensaña no perdona. Mata. Para que eso no ocurra en los colegios hay que andar ventilando permanentemente las aulas, las cuales deberán tener sus ventanas abiertas todo el tiempo en circunstancias muy frías, que ninguno de los adultos toleraríamos siquiera diez minutos, por lo que los niños en las escuelas no solo corren el riesgo de contagiarse coronavirus, sino cualquier otra enfermedad respiratoria y los afortunados que no padezcan eso, deberán sufrir el verdadero tormento de congelarse en clase. Y aún así, muchos padres aplauden la sombría decisión de la Corte Suprema de Justicia, la que seguramente no elabora sus decisiones en los inviernos con los amplios ventanales abiertos de par en par en Tribunales. Así dadas las cosas, quienes hoy sienten que ganaron la disputa por la irreal decisión de la CSJ probablemente van a ver derretirse parte del caudal político ganado con este tema en la paradoja del frío invierno. Y los padres que se embanderaron a tontas y a locas pidiendo una presencialidad escolar, a todas luces desaconsejable, terminarán por tener que aceptar la triste realidad de que quieren menos a sus hijos que a sus preferencias y a sus odios políticos.

Ahora bien, la falta de realismo no es privativa del terreno político sino que invade al ámbito económico de pleno. Cuando por ejemplo se observa la confrontación entre el ministro Guzmán y un sector del kirchnerismo muy vinculado a la vicepresidenta a veces uno puede preguntarse si toda la gran pelea en el fondo no se estaría reduciendo a un diálogo entre sordos. ¿Por qué? Veamos. El ministro Guzmán no desea ceder los dólares que eventualmente ingresarían del FMI en concepto de reparto entre sus cuotapartistas al sector con el que se enfrenta. Por otra parte, esta rama del kirchnerimso viene argumentando acerca de la necesidad de atender la dura realidad social evidenciada a raíz de la pandemia y la recesión que viene desde 2018. Pues bien, ambos parecen tener razón en ambos postulados. La gran pregunta es por qué no se sientan frente a frente a saldar las cosas y poder salir así de una situación que no sería sano que se prolongue. Hay que ser muy claro en esto: el ministro Guzmán lo que necesita para poder pagar los compromisos del exterior son dólares. No le basta con recaudar pesos. Ni aún cuando tuviera un amplísimo superávit fiscal de nada le valdría el mismo a los fines de pagar la deuda porque la misma está nominada en dólares. Por lo tanto, si el BCRA no posee dólares para venderle al Tesoro, los pesos no le servirían a Guzmán para otra cosa que atender pagos internos. Esta es una espinosa cuestión propia de la economía argentina que se viene repitiendo en varias ocasiones cuya naturaleza no se identifica claramente por la profesión de los economistas y que merece toda la atención. Pero a los fines de lo inmediato, basta con decir que si el FMI pone alrededor de u$s4.000 millones los pagos externos pueden destrabarse. Y debe remarcarse la palabra “puede” porque la situación de las reservas es tan precaria que aun con ese regalo caído del cielo del FMI habría que poner varios miles de millones de dólares más para poder atender solo los vencimientos con el Club de París y con el FMI. Vayamos ahora a los reclamos del sector del kirchnerismo que se opone a Guzmán. Desean atender acuciantes situaciones sociales. En eso hay que darles toda la razón, y si Guzmán se niega a eso habría que recordarle que ya no vive en los Estados Unidos sino en la Argentina, donde la pobreza supera el 50%. Si la pobreza no es atendida por el Estado, ¿quién entonces está en condiciones de atenderla? Obviamente que nadie. Es cerrada la negativa del ministro a admitir esta sencilla razón y eso le está granjeando enemigos por doquier en la propia coalición gobernante. Su situación parece poco menos que desguarnecida porque excluyendo el apoyo del Presidente no cuenta con ninguno más. Ni siquiera con el de la clase empresaria, que siempre ha sido muy partidaria en el pasado de apoyar al ministro de Economía que fuera, incluido más de uno que jamás debería haber asumido el cargo. Clase empresaria a la que además se le eriza la piel al oír hablar de peronismo y mucho más aún de kirchnerismo. Y sin embargo ni aún así se ha expresado a favor de Guzmán.

Si en resumidas cuentas el ministro Guzmán necesita dólares y el sector que lo enfrenta necesita pesos, ¿cuál es entonces la base del problema? Es el mismo que suele estar presente en casi todos los puntos de discusión importantes últimamente, y ese es el esquema de atraso cambiario impuesto por el ministro. Guzmán se metió solito en camisas de once varas al anunciar en febrero que el dólar iba a empezar a retrasarse en relación a la inflación. Cada vez que algo por el estilo se ha hecho en Argentina terminó o mal o muy mal. Esta puede no ser la excepción si Guzmán no encuentra una rápida y decorosa salida de este esquema al que seguramente vendió puertas adentro como solución tanto para llegar bien a las elecciones como para bajar la inflación en Argentina. Y empieza a ser claramente visible que el atraso cambiario no es solución para ninguno de ambos temas. Solo sirve para perder más reservas, debilitar la posición externa, aumentar el desempleo, profundizar la recesión, dañar la estructura productiva y terminar de colocar al propio Estado en una situación ruinosa. Por lo tanto, ahora que el ministro inicia un viaje con el presidente parece una excelente oportunidad primero para sincerarse él y después para esbozar una salida de esquema de atraso cambiario que ya no puede durar demasiado tiempo a la luz de las propias necesidades de divisas del Estado que señaláramos al inicio.

El ministro no debería ir con rodeos en esto. De otra manera la situación se le puede volver en contra a su propio regreso porque ni la pandemia ni los rivales que infantilmente ha generado se van a hacer esperar. La economía no solo requiere de que se cumplan los compromisos externos, sino también de asumir una posición proactiva en lo social. Si Guzmán estuviera comandando la aplicación de un plan económico exitoso podría entenderse que ponga algunos reparos a atender situaciones particulares. Pero que le quite el pan de la boca a un importante sector de la población solo para vivir un veranito de atraso cambiario sería imperdonable. Tan imperdonable como la locura del Banco Central de haber despilfarrado más de u$s1.000 millones en estos últimos meses en un vano y terco intento por hacer bajar el dólar contado con liquidación. No se pueden rifar cientos de millones, miles de millones de dólares para nada y después protestar porque se demande ayuda social. Si el ministro no piensa bien y hace un oportuno “reset” en su cabeza puede que a su vuelta del viaje se encuentre con que hay un lugar aún más frío que las aulas de las escuelas donde sufren helados los niños sentados e inmóviles por la torpe decisión del gobierno porteño, el mucho más torpe aún fallo -nunca más apropiada esa palabra- de la Corte Suprema de Justicia y el delirante pedido de aquellos padres que solicitaron presencialidad poniendo en riesgo a sus propios hijos por nimiedades políticas. Ese lugar más frío aún que las aulas que Guzmán puede llegar a encontrar a su vuelta puede terminar siendo su propio despacho.

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Walter Graziano y Asociados

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