Hace falta una nueva reforma impositiva
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Más allá de que el «blindaje financiero» permite al gobierno morigerar la fuerte incertidumbre que se había instalado, no garantiza que la economía tome una trayectoria de rápida reactivación. Sólo da algo de tiempo para resolver el problema de fondo, ya que es imposible que se incremente la credibilidad de un país cuyo gobierno no inspira confianza.
Por ello, hace ya mucho tiempo vengo proponiendo dos medidas. La primera es hacer una profunda reforma del Estado que no necesariamente significará gastar menos o tener menos empleados. En realidad lo que debería buscarse es que los recursos se asignen eficientemente a atender las necesidades de la gente y que, en vez de un burócrata que justifica su puesto poniendo un sellito in-útil, haya más médicos, policías, jueces, es decir, personas que sirvan a la comunidad.
También, podría eliminarse más rápidamente el Impuesto a los Intereses Ganados (a más tardar en octubre de 2001), si se generalizara el Impuesto a las Ganancias. Además, deberían estudiarse las distorsiones entre la imposición a los asalariados y a aquellos que son independientes, para buscar eliminar esta discriminación que favorece a los autónomos.
Por lo tanto, todo aumento de los ingresos tributarios que supere la trayectoria que determina el cumplimiento de la Ley de Solvencia debería destinarse a un Fondo de Estabilización. Luego, en períodos que podrían ser de seis meses, se podría ver cuánto se acumuló en dicho fondo y, en función del total recaudado en el período, determinar cuánto es factible bajar los impuestos. Para ello, deberían establecerse prioridades que determinen cuánto se destinará a bajar cada impuesto y con qué fórmula. De esta forma, no se corre riesgo de bajar los impuestos sin una contrapartida de aumento de recaudación. Por otro lado, se acumula un fondo que permitirá cubrir baches por mermas en los ingresos tributarios debido a eventuales recesiones futuras. Por otro lado, también podría servir para sustituir el «blindaje» financiero y poder garantizarles a los inversores el pago de los compromisos del Estado en el caso de un corte del crédito.
Sería importante que, más allá de tender a bajar los impuestos más eficientes como el IVA y Ganancias, se destinara una parte del aumento de su recaudación a eliminar impuestos distorsivos. Especial-mente los que afectan al trabajo y desincentivan la creación de empleo incrementando la desocupación. Además, deberían estudiarse los impuestos inter-nos que existen para deter-minar cuál es el nivel de imposición óptimo; ya que hoy sus alícuotas seguramente superan holgadamente ese porcentaje. Una vez fijado el objetivo, debería buscarse asignar parte del incremento de la recaudación para llevarlos a dicha meta.
Como vemos hay mucho por hacer. Por ello, espero que el presidente De la Rúa logre poner en marcha exitosamente su promesa de constituir una comisión de gente conocedora del tema que determine cuál es la estructura tributaria óptima y cómo lograrla. Es más, esto debería implementarse con «bombos y platillos» y con plazos ciertos a cumplirse. Seguramente, la comunidad, y los contribuyentes en particular, estarán profundamente agradecidos.


