Wall Street no logró cruzar el Rubicón de los 7.000 puntos del S&P 500. Papá Noel empujó fuerte en Navidad, pero se ausentó hacia fin de año. El récord del 26 de diciembre – 6.945 puntos – fue lo más alto que arañó. Se trató de un destello fugaz. Y no se sostuvo: el viernes cerró en 6.858 tras un tímido avance de 0,19%. Otra vez será (quizás muy pronto). No obstante, la calle no tiene queja alguna que presentar. A todas luces, 2025 fue espectacular. El S&P 500 trepó 16,4%. El Nasdaq, 20%. El mercado bull conserva el músculo, los bríos y su vigencia plena.
¿Hasta dónde llegará el mercado bull? Wall Street apuesta por otro año espectacular
Oppenheimer lidera el ránking con la predicción de 8.100 puntos del S&P a diciembre. Los 7.000 puntos que no pudo conquistar en 2025 constituyen hoy el pronóstico más pesimista.
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Wall Street espera que 2026 sea otro año espectacular.
El mercado alcista no tiene rival, aunque esté rodeado de peligros. Así nació en octubre de 2022 cuando la FED corría detrás de la inflación, todavía con zancadas de tres cuartos de punto, y la recesión adornaba todos los pronósticos. La recesión es, sin dudas, el enemigo mortal. Y Wall Street está advertida. La que se veía venir, pero no ocurrió nunca, acabó con el mercado bull precedente, en enero de 2022. Bastó con su acechanza. Y que conste que fue todavía con las tasas en cero y la FED comprando bonos para sumar liquidez hasta mediados de marzo. Pero el destino ya estaba marcado: la inflación de EEUU se disparó en la segunda mitad de 2021 a 7%, y había que abatirla sí o sí.
La Bolsa anticipa, aunque no es infalible. Anticipó correctamente la agresividad de la política monetaria que vino poco después (y llevaría las tasas de la zona cero a 5,50% en poco más de un año). Erró fiero en descontar su corolario de recesión. Ya se dijo: no sucedió. En octubre de aquel 2022 que vivimos en peligro volvió a anticiparse. Enmendó su equivocación, canceló la espera de Godot y lanzó el actual mercado bull contra viento y marea. No le fue nada mal.
Aquí conviene detenerse en la FED de Jay Powell, ahora que Trump alista su jubilación. El abogado debió lidiar con la inflación más alta en 40 años (a la que dejó escapar de su meta de 2% para ayudar en la lucha contra la pandemia). Desde los tiempos del mítico Paul Volcker que el banco central no enfrentaba un desafío así. Y Powell estuvo a la altura. Enfrentó el desborde inflacionario y ya en la segunda mitad de 2022 logró contenerlo y revertir la tendencia.
Es verdad, la inflación no volvió todavía a ubicarse en el corral del 2%. Pero tampoco lo consiguió Volcker y eso no empañó su leyenda. Por supuesto, en sus tiempos no existía el Inflation Targeting (su introducción formal data recién de 2012). En aquella época, 3% era una inflación decente, y no pudo lograrse sino años más tarde. La gran diferencia fue que Volcker produjo dos recesiones entre 1980 y 1982 para recobrar la estabilidad. Powell, ninguna. La buena noticia, que viene a cuento, es que el mérito es más de la credibilidad que labró la FED en los últimos 30 años que de Powell por sí mismo. A Volcker nunca le creyeron su compromiso y debió imponer la restricción monetaria a sangre y fuego, con tasas de interés superiores a 20%. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, que vivió esa historia, debería explicársela al presidente Trump. Al chairman se lo puede reemplazar sin mella (como hizo con Janet Yellen). Pero si la reputación de la FED se hace trizas la factura será tremenda. Aunque después surja un Volcker que la reconstruya, no se podrá evitar el daño severo en la economía real.
El mercado bull se benefició, pues, de la credibilidad del banco central. Así se pudo combatir una inflación punzante, incluso corriéndola de atrás, sin provocar tierra arrasada. Y vaya que sacó provecho. El S&P 500 escaló 24% en 2023 y 23% en 2024 (con la FED retomando la baja de tasas a partir de septiembre). 2025 consignó otro aumento,16,4%, también por encima de la media de sus retornos históricos (10,3% desde 1957, con reinversión de dividendos).
Con todo, 2025 no fue un año apacible, aunque sí rendidor. En abril, cuando Trump lanzó la saga de los aranceles recíprocos - “Liberation Day” - la Bolsa cayó al borde mismo de un mercado bear, casi 20%. El secretario del Tesoro, y el establishment en pleno, convencieron a la Casa Blanca de dar una rápida marcha atrás, y fue santo remedio. En octubre y noviembre, la silueta de una corrección acechó inclemente hasta que John Williams, de la FED de Nueva York, sugirió que la baja de tasas de diciembre seguía en pie pese a la fuerte oposición interna (como ocurrió). El mercado bull debe agradecer los servicios prestados por Bessent (el celoso domador de las tasas largas) y de la FED. Sin su colaboración, luciría más abollado.
¿Qué espera Wall Street de 2026? Que la fiesta continúe. Oppenheimer lidera el ránking con la predicción de 8.100 puntos a diciembre. Los 7.000 puntos que no pudo conquistar constituyen hoy el pronóstico más pesimista (Stifel Nicolaus). Un avance adicional de 14%-16% es la estimación más frecuente, y no alcanza para acceder al podio. ¿Dónde están los que apostaban a la corrección inevitable después de ver cortar las barbas de las criptomonedas y los metales precios en octubre y noviembre? Ahí, en ese pelotón de optimismo. No se pretenda, entonces, que estas proyecciones sean certeras. Pero son útiles, como cualquier veleta, para saber hacia dónde sopla el viento.
Se cree que la Corte Suprema objetará los aranceles que aplicó Trump basándose en la declaración de Emergencia Económica. Se entiende que echará mano a otros y no será un percance grave. Tampoco se cree que tendrá éxito en su moción de remover a la gobernadora de la FED, Lisa Cook. Pero si va a haber un sobresalto temprano puede ser cuando el gobernador Stephen Miran, el troyano que introdujo Trump, vuelva a su trabajo en la Administración y el presidente nombre a un reemplazante. Si fuese Kevin Hassett ardería Troya por adelantado, aunque después se busque a alguien más solvente para sustituir a Powell. La elección de un nuevo timonel en la FED es a 2026 lo que fue la cruzada de la Liberación Arancelaria a 2025. La crónica de una colisión anunciada, evitable, desde ya; pero que ocupa un lugar especial en el corazón del presidente y avanza peligrosamente.
Para que no cunda la zozobra cuando se ejecute, la incomodidad de un mal paso eventual debería sentirse desde mucho antes. En otras palabras, las tasas largas deberían trepar por adelantado. La de diez años superando 4,25% y dirigiéndose a 4,50% pondrán el fervor bursátil en el congelador. La de treinta años perforando 5% le hará la campaña al gobernador Chris Waller (la solución no traumática a mano) de una manera que será difícil resistirse.
La economía, como se ve, preocupa mucho menos. El mercado de trabajo desvela a la FED. Y por eso Wall Street, que confía en su capacidad, no se inquieta y toma riesgos. Los pedidos de desempleo de la última semana de diciembre fueron los más bajos de todo el año. Quizás los tres recortes de tasa de 2025 ocurrieron a tiempo y no se precise más auxilio para estabilizarlo. La actividad económica en sí misma vuela, sin que aumente el empleo, lo que señala un repunte sólido de la productividad. Tal vez sea un beneficio temprano de la inteligencia artificial (IA). Es dudoso. Pero lo que los balances señalan sin lugar a dudas es un mayor retorno del capital. Y los márgenes de rentabilidad de dos dígitos prometen ampliarse. Por último, el fervor por la IA puede calmarse y el rally proseguir por otros senderos. Las ganancias ya no están concentradas en las siete acciones magníficas. Se descuenta una contribución creciente de las 493 compañías restantes del S&P 500. La migración de tecnología a sectores cíclicos, por caso, ya comenzó a observarse con nitidez.
De la FED no se espera demasiado, aunque Chicago consigna dos bajas de tasa en el año. Para ello, la sucesión de Powell debería resolverse en paz y la inflación reducirse. Esa es la agenda del segundo semestre, cuando el efecto de la suba de aranceles de 2025 se disipe. A esta altura, cabe pensar en qué habrá que atravesar antes alguna tormenta. Ya se dijo: el enemigo mortal del mercado bull es la recesión. Todo lo demás es negociable. Y la recesión no aparece en el radar. Habría que fabricarla cometiendo alguna gaffe grosera (y luego sostenerla con tozudez). Trump es a quien miran todos, más en un año con encuestas en contra y elecciones de mitad de término. Wall Street confía en que se repita el dibujo de 2025. Que cuando la sangre esté por llegar al río, el sentido común le cierre el paso. Trump quiere tasas más bajas y hacer una buena elección. Nadie debería estar más interesado, entonces, en facilitar que decline la inflación y que la FED no sea un incendio que prenda fuego a los bonos.




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