18 de enero 2002 - 00:00

¿La economía que se añora es la de los '50?

Cinco años de déficit fiscal alto -financiado con una creciente deuda pública- y falta de voluntad política para concretar las reformas que aseguraran mejor calidad institucional, competitividad y por consiguiente crecimiento económico, sin el cual no hay mejoramiento ni equidad social real y concreta, nos llevaron a esta crisis, acelerada por la mezquindad, mediocridad e ineptitud del ex presidente De la Rúa y la falta de alternativas creíbles que tienen los que cuestionaron la convertibilidad.

El Presidente tiene ahora respaldo político, pero está frente al dilema de optar entre las propuestas de parte de sus socios radicales, que es el retorno liso y llano a las causas que nos llevaron al desastre en 1989. Que además tiene el apoyo de la dirigencia de la UIA, ese conjunto de dirigentes fabriles sin fábricas que trabajan de dirigentes empresarios, logrando bancas legislativas o cargos en el Banco Nación, que vendieron sus empresas cuando hubo que trabajar en serio para ser competitivos colocando el fruto de su huida de la producción en la denostada banca del país o en el exterior, jugando desde hace varios años a una devaluación que les posibilitase comprar activos a precio vil para volver a fabricar productos invendibles por su mala calidad y su precio. Como si fuera poco el tercer socio es la «patria contratista», que construye viviendas económicas a 800 pesos el metro cuadrado cuando en barrios cerrados y countrys se edifica a 400 pesos el metro, controlan el club de peaje, no pagan los alquileres de los ferrocarriles privatizados de cargas y no cumplen con las inversiones.

Todos estos grupos acrecientan su poder a costa del ahorrista que confió y colocó sus modestos ahorros en el banco, en asalariados que ven disminuir sus ingresos por la devaluación y que además soportarán el regreso de la inflación y que volverán a los planes de ahorro previo hasta para comprar una plancha.

Son los que quieren castigar a los que invirtieron, confiaron en el país, lograron cuadruplicar en 10 años las exportaciones, modernizaron sus servicios. Ahora hablan de retenciones a las exportaciones, renegociaciones contractuales y medidas que afectan la libertad personal, la propiedad y la seguridad jurídica. Son los que quieren convencernos de que antes de 1990 teníamos luz, conseguíamos teléfonos en 48 horas, no faltaba gas en el invierno.

• Modelo elegido

El otro camino que puede tomar el presidente Duhalde es el de profundizar las reformas. En los reportajes publicados el domingo pasado en varios matutinos Duhalde elogió el modelo chileno, que junto con México son los únicos países exitosos en América latina. Pues bien, Chile logró su fortaleza exportadora y duplicar su nivel de vida desde 1983 con una apertura mucho mayor de la economía que la efectuada en los noventa en nuestro país. Si el Presidente está en esa línea hay lugar para el optimismo.

En nuestra sociedad hay un gran equívoco y es que antes de 1975 la Argentina funcionaba. La realidad es que en 1948 se cierra el ciclo iniciado en 1933 por Federico Pinedo (el genuino padre de la industria nacional) que fue después del período 1891-1914, el más exitoso de la economía argentina por su duración y las tasas de crecimiento anual.

Desde 1948 entramos en un ciclo de tasas de crecimiento muy bajas y con altibajos de dos a tres años de crecimiento con uno o dos de recesión que daban un promedio de apenas 0,8% por habitante. Solamente entre 1963 y 1974 hay, gracias a las inversiones promovidas por Frondizi un período prolongado pero a tasas menores que en el resto del mundo. El otro período es el de los noventa, que de haberse evitado la recesión iniciada en 1998, nos daría, hoy, un ingreso de 11 mil dólares por habitante.

Si la economía que añoramos es la de los cincuenta, entonces no hay solución. Financiada en la inflación y el despojo. Incapaz de financiar el equipamiento de la industria porque cómoda con aranceles de hasta 300% o la prohibición lisa y llana de importar no era capaz de exportar y generar divisas que exigía lograr de un campo agobiado por los tipos de cambio y las retenciones. Cerrada y alejada del mundo y de sus avances tecnológicos y del fenomenal crecimiento del comercio internacional que se da a partir de la Segunda Guerra Mundial y sus altas tasas de crecimiento.

Con un presupuesto en orden, sin dobles ni triples tipos de cambio, inmediata reinserción en el mundo, profundización de la bancarización, desregulación y desmonopolización. Problemas como el de las tarifas de los servicios públicos, que ya existían antes de la devaluación son el resultado de haberse tolerado la constitución de monopolios privados en reemplazo de los públicos. Abriendo los servicios a la competencia; eso se corrige sin los gritos destemplados de De Mendiguren ni las renegociaciones sospechosas, como los dictámenes de la tristemente célebre Comisión Bicameral de seguimiento de las privatizaciones.

La convertibilidad no fue tan odiada por alguna dirigencia política, empresaria y sindical por el tipo de cambio sino por dos razones: no se podía emitir, y puso al desnudo los problemas estructurales de la Argentina, su derroche, el gasto político, los subsidios como las escandalosas promociones industriales, las prebendas de los sindicalistas mafiosos.

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