17 de junio 2004 - 00:00

Lavagna, ¿el negociador más caro de la historia?

Pasarán muchos años, décadas, y tal vez Roberto Lavagna encuentre, en el clima de otro momento histórico, observadores proclives a juzgar su negociación de la deuda pública con los acreedores privados de manera más contemplativa. Ya le pasó eso a Julio Roca (h) con el revisionismo al que está siendo sometido su pacto con Walter Runciman por el comercio de carnes. O, por un hecho muy anterior, a Manuel José García, el negociador de la paz con Brasil, en 1827. Hoy por hoy, con los datos que están a la vista y las categorías de análisis de que se dispone, Lavagna no encuentra esa geometría no euclideana en la cual su manera de negociar -o mejor dicho, de no hacerlo- sea juzgada provechosa para la Argentina.

Los últimos en detectar la fragilidad de su estrategia y el costo que tendrá para el país fueron Elisa Carrió y su economista de cabecera, Rubén Lo Vuolo. Leamos a estos dos opositores en el artículo que publicó «Clarín» el martes pasado: «Las imprecisiones del anuncio no permiten conclusiones sobre el monto de la quita de la deuda impaga, aunque seguramente será menor a lo pregonado con pagos que más que duplican los anunciados en Dubai. Esto surge del reconocimiento de los intereses caídos desde el default, con las tasas pactadas originalmente. Siendo estos intereses muy superiores a los de la nueva deuda, surge la siguiente paradoja: el período de gracia por la demora en presentar esta propuesta perjudicó al país. Cabe agregar que los intereses ofrecidos casi triplican los de Dubai».

Carrió y Lo Vuolo pusieron el dedo en la llaga más irritable de Lavagna. Denunciaron que la táctica de arrastrar los pies, que el ministro adopta en casi todo, terminará costándole al país u$s 23.000 millones, exorbitancia que se pagará con un menú de bonos. La prodigalidad con que el Palacio de Hacienda reconoce estos intereses compensa el dato que el gobierno prefiere mostrar: el de la quita propuesta para el resto de lo adeudado.

La observación de Carrió y Lo Vuolo no es novedosa. Ellos vinieron a mensurar el costo, u$s 23.000 millones, para un error que otros señalaron antes. El primero en hacerlo fue el presidente del Banco Central. De modo muy discreto, Alfonso Prat-Gay señaló en su momento -un mes antes de hacerse cargo de sus actuales responsabilidades-, que la lentitud en la negociación de la deuda sólo provocaría daños. Dijo que hubiera sido mejor para el país precipitar un acuerdo «cuando estábamos de rodillas», es decir, cuando nadie sabía si la Argentina se recuperaba o se hundía más en su desastre.

Es probable que Prat-Gay no conociera, en ese entonces, la generosidad con que su colega Lavagna reconocería los intereses que no pagó mientras eludía la mesa de negociación. Casi seguramente, la recomendación del presidente del Central sólo hacía foco sobre la conveniencia de hacer jugar a favor del país la incertidumbre que provocan los derrumbes. Eso hubiera evitado que la negociación transcurra, como sucede ahora, en el contexto de un crecimiento formidable y cuando el Tesoro acumula un superávit llamativo, sobre todo para la codicia de los bonistas.

• Piadoso

Lavagna se molestó con aquel diagnóstico de Prat-Gay. Pero a Néstor Kirchner le importó poco. Hace unos meses, el Presidente suscribió la opinión del titular del Central en contra de la de su ministro: «Debíamos haber negociado en lo peor de la crisis. Pero bueno, ya está, es un error que no cometí yo», señaló Kirchner, extendiendo sobre su ministro una piedad a medias.

Tampoco Kirchner sabía -es de suponer-que Lavagna iba a reconocer los intereses que ahora confiesa estar dispuesto a pagar por su estrategia. Había un detalle que impedía suponer la dimensión de ese pago: el titular del Palacio de Hacienda fue siempre un crítico acérrimo del megacanje de Domingo Cavallo. Esa aversión lo llevó a vetar como asesoras para la negociación en curso a entidades que hayan tenido participación en aquella otra. Se dijo, y nadie lo desmintió, que Jacob Frenkel, funcionario de Merrill Lynch, fue expresamente discriminado como interlocutor por Lavagna por el antecedente de haber asesorado a Cavallo en esa operación de 2001.

Era imposible pensar que el ministro se haría cargo ahora de los intereses que antes denunciaba como leoninos. Sobre todo porque Lavagna insistió en Dubai en que no reconocería una moneda por ese concepto. Son estos cambios registrados hasta aquí en sus posturas los que autorizan a esperar otros, más concesivos. ¿Será por eso que él jura que no modificará su oferta y los bonos no se derrumban?

• Sospecha

El diario «La Nación» publicó en su momento un artículo en el que el ministro justificaba su demora y solicitaba que la misma fuera vista como algo inevitable. Pero sirvió de poco ese ejercicio literario. Con estas costosas dilaciones, detectadas por los dirigentes del ARI -flanco de la política al que presta principal atención Kirchner por obvias razones de mercado electoral-, el ministro de Economía comienza a ser sospechado por algo que no se esperaba: su pésima condición de negociador.

Quienes lo recuerdan en sus tiempos de funcionario de José Ber Gelbard, cuando negociaba con las empresas las subas y bajas precios según matrices de «costoproducto», lo describen así: «Roberto es un as en la tarea de intercalar pasos lógicos pero no razonables en una discusión». Curiosa deficiencia en alguien que quiere ser visto como un ejemplo en el manejo del tiempo político.

No debería llamar a asombro que Lavagna vaya ganándose un perfil de torpeza como titular de una transacción crucial. Si se miran sus movimientos domésticos se descubrirá lo mismo: los gobernadores de provincia, con un sigilo mayor que el de los bonistas europeos, le arrancaron algunas conquistas invalorables. A lo largo de 2002 y de 2003 el Tesoro absorbió las deudas de las provincias y también salió al rescate de las cuasi monedas emitidas durante lo peor de la crisis. Los funcionarios del Fondo Monetario Internacional están observando hoy estas concesiones más de lo que se supone: la rigurosidad con que le pedirán a Lavagna leyes fiscales que contengan a las provincias es directamente proporcional a la generosidad con que el ministro obsequió hasta ahora a esos distritos, sin pedirle nada a cambio.

Dejá tu comentario

Te puede interesar