Lavagna, ¿el negociador más caro de la historia?
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Lavagna se molestó con aquel diagnóstico de Prat-Gay. Pero a Néstor Kirchner le importó poco. Hace unos meses, el Presidente suscribió la opinión del titular del Central en contra de la de su ministro: «Debíamos haber negociado en lo peor de la crisis. Pero bueno, ya está, es un error que no cometí yo», señaló Kirchner, extendiendo sobre su ministro una piedad a medias.
Tampoco Kirchner sabía -es de suponer-que Lavagna iba a reconocer los intereses que ahora confiesa estar dispuesto a pagar por su estrategia. Había un detalle que impedía suponer la dimensión de ese pago: el titular del Palacio de Hacienda fue siempre un crítico acérrimo del megacanje de Domingo Cavallo. Esa aversión lo llevó a vetar como asesoras para la negociación en curso a entidades que hayan tenido participación en aquella otra. Se dijo, y nadie lo desmintió, que Jacob Frenkel, funcionario de Merrill Lynch, fue expresamente discriminado como interlocutor por Lavagna por el antecedente de haber asesorado a Cavallo en esa operación de 2001.
Era imposible pensar que el ministro se haría cargo ahora de los intereses que antes denunciaba como leoninos. Sobre todo porque Lavagna insistió en Dubai en que no reconocería una moneda por ese concepto. Son estos cambios registrados hasta aquí en sus posturas los que autorizan a esperar otros, más concesivos. ¿Será por eso que él jura que no modificará su oferta y los bonos no se derrumban?
• Sospecha
El diario «La Nación» publicó en su momento un artículo en el que el ministro justificaba su demora y solicitaba que la misma fuera vista como algo inevitable. Pero sirvió de poco ese ejercicio literario. Con estas costosas dilaciones, detectadas por los dirigentes del ARI -flanco de la política al que presta principal atención Kirchner por obvias razones de mercado electoral-, el ministro de Economía comienza a ser sospechado por algo que no se esperaba: su pésima condición de negociador.
Quienes lo recuerdan en sus tiempos de funcionario de José Ber Gelbard, cuando negociaba con las empresas las subas y bajas precios según matrices de «costoproducto», lo describen así: «Roberto es un as en la tarea de intercalar pasos lógicos pero no razonables en una discusión». Curiosa deficiencia en alguien que quiere ser visto como un ejemplo en el manejo del tiempo político.
No debería llamar a asombro que Lavagna vaya ganándose un perfil de torpeza como titular de una transacción crucial. Si se miran sus movimientos domésticos se descubrirá lo mismo: los gobernadores de provincia, con un sigilo mayor que el de los bonistas europeos, le arrancaron algunas conquistas invalorables. A lo largo de 2002 y de 2003 el Tesoro absorbió las deudas de las provincias y también salió al rescate de las cuasi monedas emitidas durante lo peor de la crisis. Los funcionarios del Fondo Monetario Internacional están observando hoy estas concesiones más de lo que se supone: la rigurosidad con que le pedirán a Lavagna leyes fiscales que contengan a las provincias es directamente proporcional a la generosidad con que el ministro obsequió hasta ahora a esos distritos, sin pedirle nada a cambio.




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