No es necesario hoy subir más impuestos
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Pero un caso particular de locura macroeconómica presente hoy en nuestro país es que «hay que recaudar más con más presión impositiva». En la Ciudad de Buenos Aires se vino un aumento del ABL de 30%, patentes de 40%, hay un proyecto del «genio» de Aníbal Ibarra de duplicar el impuesto a los Ingresos Brutos, se viene una suba del impuesto a los combustibles a nivel nacional, en la provincia de Buenos Aires el impuesto inmobiliario va camino a ser confiscatorio, el gobierno federal amenaza cada dos por tres con aumentos en las retenciones a las exportaciones de crudo, el Congreso empieza a discutir reintegros a las exportaciones gravados con Ganancias, usaremos satélites para ver la evasión en el campo y no ajustamos balances por inflación. Todo «pinta» para transformar a la Argentina en una verdadera cárcel tributaria.
• Sin justificativo
Que quede claro: no hay ningún justificativo «macro» para subir impuestos. Por ejemplo: las metas con el FMI del primer semestre son cumplibles con tal de que continúe la evolución presente de la recaudación, incluso se las puede alcanzar con algo de aumento del gasto público primario. Si hay algo que hacer con la presión impositiva formal en la Argentina, es bajarla. El primer semestre de 2003 es un período de normalización económica luego de que por mérito de este gobierno (más allá de sus obvios deméritos) evitamos la hiperinflación. Eludida esta catástrofe, la economía se está recuperando y el empleo está creciendo. Pero ¡cuidado! de ninguna manera tenemos aseguradas las condiciones para el crecimiento sostenido. Para ello hay que hacer muchas reformas estructurales: política, educativa, económica, en la Justicia, salud, etcétera.
Y en cuanto a la reforma económica, una de las tantas cosas que debemos hacer, como reforma estructural y no como ardid de corto plazo para reactivar, es reducir la presión impositiva formal y no aumentarla como casi toda la clase política en casi todo el país está haciendo. Ahora bien, si un objetivo central del gobierno, como ha sido el acuerdo con el FMI, se puede cumplir sin aumentos de impuestos ¿para qué aumentarlos? Una respuesta más que obvia es para volver a aumentar el gasto público, tal como lo muestra el presupuesto nacional, y la reflexión en este punto es: ¿no quedó ninguna enseñanza de lo que son los aumentos del gasto público? ¿no pasó nada en la Argentina a principios de 2002? ¿o acaso piensan que el aumento del gasto público es malo sólo cuando se financia externamente porque genera atraso del tipo de cambio, como ocurrió con la convertibilidad?
• Imposibilidad
A estos niveles de presión impositiva formal, con un gasto público cuya contrapartida es casi cero de bienes públicos y su mayoría es clientelismo, enriquecimiento ilícito, amiguismo y coimas, ¿quién va a querer pagar encima más impuestos? O puesto de otra manera, con esta pésima asignación del gasto público, ¿cuánto cae la tasa de crecimiento potencial de la economía cada vez que se aumentan los impuestos? Que después, los mismos que hoy sancionan día a día más impuestos, no se quejen ni por la evasión ni porque algún día tengan que llorar una baja del gasto público con la «cansoneta» de los «costos sociales que tiene bajar el gasto público» ante la imposibilidad de recaudar más.
Varios años después de lanzada la convertibilidad, en 1995, comenzó una seguidilla de paquetazos impositivos que ya le han costado al sector privado una exacción de recursos de más de 20% del PIB y no sirvió para nada bueno, sino para ser más pobres. Es absurdo seguir sacándoles dinero a los trabajadores y empresarios vía aumentos de impuestos justo cuando la economía comienza a recuperarse.
Parecería que los políticos han aprendido la lección de que la hiperinflación los mata políticamente (Alfonsín se fue por la ventana a mediados de 1989) y que el dólar alocado también (Duhalde estuvo a punto de renunciar cuando el dólar se acercaba a los 4 pesos a mediados de 2002). Pero todavía les tiene que entrar en su «cabecita» que el gasto público no es una forma de que ellos se enriquezcan, sino que debe ser una manera de devolverle al sector privado con bienes públicos (seguridad, diplomacia, defensa) los impuestos que paga. ¿Cuánto nos costará a los que los mantenemos este aprendizaje?
Los políticos, con nosotros sus mandantes, parecen ser de esas personas que cuando dialogan (a través de las leyes que sancionan) no nos escuchan, sino que se escuchan a sí mismos, se complacen en su supuesta sabiduría y en su buen hablar, creen que dicen verdades ciertas e ingeniosas, se gustan entre ellos mientras hablan. Por eso se les aplica un viejo refrán: «Quien escucha es discreto. Quien se escucha, necio».




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