29 de agosto 2001 - 00:00

Patacón: mueve la economía, pero no descomprime a Ruckauf

Gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf
Gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf
Nunca imaginó Ramón Mestre, y posiblemente tampoco lo deseara -aunque siempre el halago es bienvenido-, que en una reunión de gabinete su colega Domingo Cavallo lo homenajease por su gestión en Córdoba y, sobre todo, por haber introducido eficazmente la utilización del CECOR, ese bono provincial que hoy es el principal antecedente del Patacón bonaerense y del futuro LECOP (título para todo el país). Mestre jamás sospechó esos piropos porque Cavallo fue un acérrimo enemigo de su administración y, especialmente, de aquel CECOR que oxigenó la economía mediterránea de entonces.

Pero los tiempos cambian, también las necesidades, y hoy es Cavallo quien impulsa un título semejante al que funcionó en Córdoba como intercambio y les produjo buenas ganancias a los inversores. Fue tan sincero el arrepentimiento del ministro que le pidió a Mestre una reunión posterior -en este caso acompañado por quien fue su titular de Hacienda en la provincia, Ramón Darwich-para que les explicaran a su equipo y a algunos bancos privados no sólo la elaboración de aquel título sino también los avatares que padeció (ya que, inicialmente, tuvo algunos tropiezos).

La consulta llegó sólo hasta ese punto, no fuera a ser que a Interior se le ocurriese protagonizar un rol que únicamente le compete a Economía, según Cavallo. El cabildeo subsiguiente, las dilaciones para lanzar el LECOP -al margen de las penurias para decidir del novel team económico y de las reservas de algunas provincias son parte de un atraso habitual con las grandes decisiones: les falta decidir qué prócer será utilizado como rostro del bono. Lo que parece sencillo para cualquier humano no lo es para la burocracia, ya que estos neófitos en bonos se complican debido a que no desean, por ejemplo, ensuciar la imagen de San Martín en el caso de que el LECOP no sea acompañado por la población.

• Demolición

Más urgido, en cambio, aparece Carlos Ruckauf, quien requiere del LECOP para compartir los desventajosos derechos de autor intelectual de ciertos títulos (como se sabe, el LECOP absorbería al Patacón). Las encuestas han demolido al gobernador en sus ambiciones presidenciales por su reciente alumbramiento de una moneda secundaria -tampoco, para ser justos, fue demasiado feliz su expresión «pataconizar la economía»-, aunque paradójicamente ese instrumento hoy insinúa generar un fenómeno no previsto: la gente los gasta con rapidez, como si temiera conservarlos, pero de ese modo consume y hasta en alguna medida reactiva. Ese dato se comprobó en supermercados y grandes tiendas el último fin de semana, ya que los comerciantes aceptan, por vender algo, hasta una propuesta de canje (inclusive, se sabe que hubo quienes ofrecieron tomar patacones por un precio superior -1,05- al pactado, cuestión que la provincia ha tratado de impedir). Singular efecto: la desconfianza fuerza al desprendimiento de los patacones en lugar de ahorrarlos, se trafican como si fuera la última vez, se los quitan de encima para comprar lo necesario y lo accesorio, a pesar inclusive de la renta anual comprometida de 7%.

Todo lo contrario de lo que viene sucediendo con el peso en los últimos tres años de recesión, con el que el Patacón pretende ser equivalente, al que los usuarios han guardado preventivamente en sus bolsillos y, con seguridad, por la garantía de su igualdad con el dólar. A pesar, en estos dos casos, de que ninguna de las dos monedas rinde interés en los colchones (aunque, es obvio, son más tentadores los rendimientos de estas divisas si se colocan en un banco). El comportamiento colectivo, entonces, se comprende por los terrores frente a determinado gobierno o por la visión cultural que se dispone sobre las distintas calidades de las monedas. Pero al margen de estos usos, fugas y costumbres, lo cierto es que de persistir el tránsito veloz del Patacón tal vez comience a movilizar una actividad económica en el ámbito bonaerense, tan estancada como en otros sitios del país. Si bien los montos de la emisión no son significativos para presumir reactivación, la curiosidad insospechada de su impacto es casi tan rara como la falsa creencia popular de que el nombre Patacón alude a un antecedente vinculado al sur argentino, a una moneda de historieta, cuando en rigor esa acepción se relaciona en su origen con la derivación de una moneda griega.

Ansioso se observa a Ruckauf por hacer viable su moneda, inscribirla y fundirla en otro bono nacional, el LECOP (en una espera, hay que insistir, bastante absurda por parte de Economía, que ya lleva dos meses de atraso con esta iniciativa). Pero la presunta utilidad del Patacón -siempre que sea limitado en emisión-aún tropieza con la vulnerabilidad de la provincia, que arrastra un enorme déficit (2.000 millones, por lo menos), la «herencia recibida» que Ruckauf en su momento no denunció y que, ahora, considera tardío hacerlo (en verdad, ese silencio premeditado es parte del pacto que mantiene con quien lo llevó a presidir la administración bonaerense, Eduardo Duhalde, quien conserva férreamente los hilos y el aparato de Buenos Aires, donde el gobernador actual es un inquilino sin contrato).

La gravedad de ese déficit no se palia con el Patacón, tampoco con un ajuste a cumplir de 500 millones de dólares como ya anuncia Ruckauf.
Sobre todo, porque el año próximo los compromisos para ese presupuesto distrital son aun más exigentes y explosivos. Tanto que Buenos Aires, para el país, constituye tal vez la situación más complicada en materia económica y financiera, la madre de la crisis, inclusive al margen de otras provincias (si Jujuy no puede hacer otro ajuste, por ejemplo, su problema se resuelve con monedas en relación con el déficit bonaerense). Por allí pasa el problema aunque el Patacón alivie los comercios y le conceda aire a una actividad en retroceso. Finalmente cumple el acierto de la Ley de Gresham: la moneda mala desplaza siempre a la buena.

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