5 de diciembre 2003 - 00:00

¿Por qué sobra el dinero en el Estado argentino hoy?

La fastuosa recaudación impositiva en pesos parece alcanzar para todo actualmente en la Argentina. Se terminará un monumento a Evita, la central eléctrica de Atucha, la de Yacyretá; se pagan medio millón de planes alimentarios, subsidios a piqueteros, Buenos Aires les comprará casa a familias sin techo; se reabren ramales ferroviarios, rutas semiabandonadas, talleres de vagones; se adelanta el pago de aguinaldo en el sector público; se estatizan o subsidian empresas, como el Correo, la aérea Southern Winds o Gatic; y hasta el liquidado INdeR paga sus deudas con compañías aseguradoras.

Cuesta reconocer al país que se encontraba repleto de bonos provinciales, desesperado por crédito y al borde del estallido social de un año y medio atrás. Indudablemente, la medida que varió el curso catastrófico de los acontecimientos en 2002, cuando se avizoraba una hiperinflación o una dolarización de hecho, fue la instrumentación de retenciones a la exportación. Con el agregado de obligatoriedad de liquidar el cobro en el mercado local de divisas, como la devaluación estimada en 40 por ciento se había escapado a 300 por ciento, el gobierno pasó a asegurarse entre 70 y 80 millones de dólares diarios con la sola reimplantación de derechos a las exportaciones, principalmente agropecuarias. De no decretarse esta medida perversa, no hubiera sido posible levantar el casi permanente feriado bancario y cambiario del verano 2002. A partir de allí comienzan a estabilizarse los precios de la economía, el del dólar entre ellos, la calma retorna progresivamente a la población, y de a poco, aunque de manera firme, los ahorristas vuelven a depositar su dinero en los bancos en busca de rentabilidad. Al día de hoy, el ministro de Economía que lideró ese proceso aparece como un héroe, la estabilidad luce imposible de alterar, y el dinero alcanza para todo gasto del gobierno. Tanto es así que ese ministro ha dicho que la de Duhalde-Remes Lenicov fue la devaluación más exitosa de la historia (quizá del mundo).

Ahora bien, resultaría más sano establecer en un análisis menos político y triunfalista sobre qué pilares antiguos y recientes se basa esta situación. En términos sencillos, debe comprenderse que si hay tomografía computarizada en el hospital de Ramallo, teléfonos celulares con videojuegos e Internet y formidables autopistas con peaje inteligente, películas en disco láser, la última pastilla medicinal y suficiente gas en invierno, computadoras en colegios estatales de Formosa, la Biblioteca Nacional culminada y el puente Rosario-Victoria completo es gracias a que el Estado tomó dinero a crédito en el exterior, fomentó inversiones de empresas extranjeras -que a su vez se endeudaron para traer tecnología de avanzada-, y contribuyó a la expansión de empresas nacionales, por caso vía Banco Nación. Al momento de emitir un bono en francos franceses que adquirían pequeños y medianos inversores europeos nadie objetaba nada, pero al momento de tener que devolverles su dinero se repudia demagógicamente la deuda. El país vivió treinta años con déficit fiscal, con excepción de cuatro años de la convertibilidad y alguno de Krieger Vasena, y cuando la dura realidad nos mostró que ya no lo podíamos financiar con emisión monetaria recurrimos al financiamiento del resto del mundo, ya sea Fondo Monetario Internacional, Club de París, inversores japoneses, Banco Mundial, y ahorristas privados argentinos. Ahora bien, cuando deben honrarse dichos empréstitos se insulta y denuesta a esas entidades y personas, y se les deja de abonar. La Argentina mantiene en cesación de pagos más de 91.000 millones de dólares, esto es 55% de la deuda pública, más algunos miles de millones de empresas privadas que, debido al alto precio del dólar, no pueden tampoco pagar. Esta es la primera explicación de por qué sobran recursos en el Estado.

En el momento de devaluar se pensó ingenuamente que favorecía la industria nacional. Si bien los reemplazos de importaciones han crecido y continúan creciendo, las exportaciones industriales se redujeron 3%. Nunca habían aumentado tanto las exportaciones argentinas en 70 años como durante la convertibilidad, a pesar del dólar bajo, hecho este que sus detractores siempre eluden explicar. Hoy no han aumentado un ápice las exportaciones, salvo en precio por la excelente cotización internacional de la soja y del petróleo; y, por el contrario, quebraron unas cuantas empresas industriales.

• Bajísimo nivel

En la Argentina los jubilados ganan de haberes mínimos 220 pesos por mes. Gente que trabajó cuarenta o cincuenta años, hizo sus aportes más lo que compulsivamente le sacaron toda la vida los sindicatos, gente que ganaba muy buenos sueldos, se ve hoy humillada y empobrecida por el bajísimo nivel de las jubilaciones y pensiones. Los maestros en la Argentina ganan 400 pesos mensuales, personas sobre las que descansa la formación de los futuros dirigentes del país. Ya se dijo que en el mismo escalafón se encuentran policías, gendarmes y militares, jueces, prefectos y el grueso de los empleados públicos. Esta actitud, lo mismo que subsidiar masivamente a desocupados y hambrientos, sería aceptable aun por la más ortodoxa de las políticas económicas pero como medida provisoria, circunstancial, mientras se instrumentan salidas de fondo. Mantenerla como política permanente es absurdo, y suicida. He aquí otra vía espuria de financiamiento estatal.

La mayoría del Gabinete de Ministros y muchos economistas genuflexos del gobierno elogian el alto valor del dólar, pero no se hacen cargo de la pulveri
zación del salario real de los trabajadores que ello implica. Durante la convertibilidad, el sueldo medio era de 700 dólares; hoy es de menos de la mitad. Quizás aquél era ficticio y éste, más latinoamericano, es el real, pero luego los mismos que ponderan esto vienen con la confusión de que «en el país exportador de alimentos hay niños que se mueren de hambre». ¡A resolverlo, detractores!

• Sacrificio


Al margen de un tomógrafo computarizado, en general los hospitales y escuelas públicos presentan carencias de equipamiento, se caen los techos, se inundan los pisos. En la Universidad de Buenos Aires, cuarenta por ciento de los profesores trabaja gratis y otro tanto percibe un sueldo equivalente al viaje hasta la facultad para dictar clases, además de los diversos problemas edilicios y de instrumentos. Salen de allí los futuros pediatras, historiadores, ingenieros. Nuevamente, el sacrificio de los profesionales que trabajan para el Estado no puede considerarse obligatorio, milagroso o patriótico. Como transición es aceptable; como política generalizada el ajuste permanente es suicida y un estímulo enorme a la corrupción. Sobre estos pilares se basa la munificencia del gasto público actual.

La Ley de Emergencia Económica, ampliada y extendida por el Congreso semanas atrás, permite al gobierno mayor discrecionalidad en los pagos. Por ejemplo, dilatar liquidaciones por juicios adversos y, en cambio, aumentar el presupuesto de Desarrollo Social. Esto significa mayor acumulación de deuda, que un día alguien tendrá que pagar. Además, el ministro se ufana de que los precios aumentaron «solamente» 46%. Curiosa omisión de los distintos componentes del índice de precios, pues las lentejas aumentaron 260%, el tomate 170%, los quesos 140%, los combustibles 90%, los automóviles 107%, el aceite de cocina 106%, la carne vacuna 80%, todo esto con las tarifas de servicios públicos totalmente congeladas desde hace dos años. Los empresarios y comerciantes se vieron forzados a absorber estos aumentos sin trasladarlos a precios, so riesgo de una gran caída de ventas. Muchos bajaron las persianas. Otros despidieron personal, cortaron horas extra, redujeron importaciones (que cayeron 60 por ciento el año anterior), pasaron a consumir menos luz, bajaron los sueldos, dejaron de pagar deudas, etcétera. La inflación mayorista triplicó la minorista: 120% contra 46% al público.

• Pobreza

«La Argentina es una fiesta», llegó a declarar el entonces presidente del Banco Central ante la estabilización de las variables financieras, hacia junio de 2002. Mientras, se perdían 500 mil puestos de trabajo, cuatro familias por jornada ingresaban en la pobreza, y en un mes se producían todos los automotores que se vendieron en el año, considerado desde el punto de vista económico el peor de la historia nacional.

La exitosísima devaluación argentina borró al país del mercado de crédito internacional. Juicios y embargos por 15.000 millones de dólares se sustancian en diversas partes del mundo. Las empresas de jubilación privada fueron destrozadas patrimonialmente y, con ellas, toda posibilidad futura de una jubilación digna para cualquier ciudadano. La posterior pesificación hizo desaparecer miles de millones de dólares de ahorristas argentinos, que además -y esto parecen empeñarse en ignorar muchos funcionarios de gobierno- son titulares de bonos de deuda del Estado nacional. No todos son pulpos extranjeros, algunos son sociólogos y arquitectas que viven en La Pampa y en Mendoza. Obligó además la brutal alteración del tipo de cambio a la asistencia de endeudados por contratos y créditos en dólares, a la licuación de deudas para unos y a la destrucción de riqueza para otros, en un enjambre jurídico irresuelto aún. La pérdida patrimonial del país tras la devaluación se calcula en 150 mil millones de dólares, entre quiebras empresarias, disminución del valor de las propiedades, disminución del valor de las empresas. La fuga de divisas al exterior, que en el último año de De la Rúa había alcanzado ya 22.500 millones de dólares, jamás se frenó, y no obstante la enorme popularidad del presidente Kirchner, continúa hoy y ya llega a los 50 mil millones, que se agregan a los 100 mil millones ya desde antes en el exterior. Aumentaron el desempleo, la pobreza, las violaciones, secuestros y asesinatos como nunca, se fueron miles de personas a vivir al exterior, se retiraron compañías, los bancos quedaron reducidos a pagadores de tasas de interés mientras que por el otro lado pleitean -y derrotan- al Estado; aumentó la tasa de suicidios y la venta de psicofármacos, las consultas psiquiátricas, los ataques de pánico y la violencia familiar. Cayó la inscripción y matriculación de alumnos en los colegios a niveles alarmantes, tanto públicos como privados. Todo esto en un país donde todavía existen la lepra, la tuberculosis, el mal de Chagas-Mazza, y que presenta altos índices de sida.

• Ruptura

Y lo peor y más triste, en una sociedad con un historial lamentable de ruptura de palabras y acuerdos, donde cambió cinco veces el signo monetario en pocos años, se vivieron dos hiperinflaciones y hubo desquicios económicos insólitos como la devaluación de 100 por 100 en el «rodrigazo», sin miramiento alguno la gente fue estafada otra vez. Demostramos que no se puede confiar en la Argentina, que la ley aquí no reside en ningún sector o institución, que cualquiera la vulnera o reforma. Durante años se convocó al capital extranjero a invertir y, además de estafarlo con la devaluación, no se le permite corregir precios. Hemos hecho un gran daño a empresas internacionales. ¿Que incrementar luz, agua, teléfono sería socialmente tremendo? Sin lugar a dudas, pero eso debe meditarse antes de alterar el tipo nominal de cambio, que siempre es la medida más fácil. Llevar adelante una verdadera transformación estructural del país, desarticular las corporaciones que lo dominan, reformar la actividad política y el funcionamiento del Estado, liberar la actividad económica de impuestos y regulaciones que la asfixian, reescribir la ley y hacerla cumplir, eso es tarea verdaderamente de gigantes. En cambio, estafar débiles, eso lo hace cualquier analfabeto.

Todo esto es muy evidente y sabido, pero buena parte de la población parece no darse cuenta. Como acaba de decir Mario Vargas Llosa, a no dudar que estamos gobernados por demagogos.

Dejá tu comentario

Te puede interesar