Henry Kissinger escribía que el juego chino del go tiene más variantes que el jaque mate o empate del ajedrez. Decía que el ajedrez «tiene como objetivo la ventaja absoluta, su resultado es la victoria o la derrota total y la batalla se libra de frente, en el tablero. El objetivo del go -agregaba Kissinger- es la ventaja relativa; el juego se desarrolla en todo el tablero y el objetivo es incrementar las opciones propias y reducir las del adversario. La meta del go es menos la victoria que el avance estratégico permanente».
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Ese párrafo, de un largo artículo en «Clarín», sonaba sólo simpático de leer hasta que ahora, tras el vendaval de 250 hombres de China encabezados por su presidente, Hu Jintao, que pasaron por la Argentina, Brasil y Chile, entendemos que han jugado al go con nosotros: actuaron con las riquezas de todo el territorio argentino como tablero, incrementaron enormemente sus opciones y redujeron al mínimo las de sus adversarios brasileños, argentinos y chilenos.
Frente a la estrategia del go, el juego nacional argentino es el truco, basado en la picardía, la mentira y en impresionar con poco o nada al adversario. Así planteado el contexto, perdimos con los chinos; aunque el gobierno -como buen jugador de truco- trató de mentir la falta envido, sabiendo que el chino tenía el as de espadas y un siete bravo y viendo las protestas de los industriales en Brasil. Se le cedió la temible «economía de mercado», que traerá beneficios, pero también desempleo.
En realidad los chinos se llevaron todo lo que vinieron a buscar y que logran en economías periféricas como Camboya, Laos, Togo, Filipinas, Indonesia, Myanmar y algunas medias como Tailandia y Malasia, entre otras. En América tenía reconocido su estatus de «economía de mercado», sui generis desde ya, sólo en economías mínimas como Guyana, y las islas Antigua y Barbuda. Ahora operaron mucho más alto y logran que la Argentina, Brasil y Chile les reconozcan ese estatus que es muy singular en cuanto elimina las normas antidumping sutilmente: los costos de los productos chinos, el país otorgante del estatus no los puede comparar contra los costos similares de otras naciones. No tienen subsidios directos y groseros que hagan visible y traben sus ventas. Sucede que en China tienen costos bajísimos e inigualables por nadie hoy en el mundo, en su mismo nivel de evolución. De sus 1.300 millones de habitantes alcanzaron sólo 300 al nivel de buen consumo proveniente de salarios dignos. Esto es, precisamente, lo que atrae inversiones en China del extranjero: la cantidad de nuevos consumidores y los 1.000 millones que aguardan. Pero ni cercanamente en China rigen los resguardos laborales de otros países. No se conoce la huelga, ni la sindicalización. Para el que se niegue a trabajar o lo haga a desgano en las condiciones que fija el Estado hay nada menos que 1.000 millones para sustituirlo. ¿Quién puede igualar ese costo de producción que muchos años atrás tenía Japón, luego Corea y hoy China porque los otros evolucionaron y el trabajador cuesta más? Comparados contra los exagerados costos laborales de la Argentina -los que existían y los que le va agregando una Corte Suprema de centroizquierda que se supone instalada en España o Alemania- el producto argentino será absolutamente no comparable al de China.
Aquí, con nuestros sindicalistas, ni siquiera podemos competir con los costos de Brasil que ya nos sacó este año un superávit comercial a su favor de 1.550 millones de dólares. ¿Cómo vamos a poder competir entonces con China? Brasil también va a destruir industrias pero tiene más chance de defender sus productos porque el ciudadano brasileño es más nacionalista al comprar. En las góndolas de los supermercados de ese país los productos extranjeros nunca superaron 2%. Al argentino no lo guía eso y si no compra más extranjero es por lo elevado del precio.
La gran habilidad negociadora de los chinos es que venden sus necesidades. Ellos están obligados a importar alimentos, materias primas pero lo hacen de forma tal que quienes les vendan sientan que están recibiendo un favor de tal manera que les permitan entrar sus productos baratos sin resistencia. Por eso logran que países periféricos acepten su juego, porque están ávidos de vender commodities, con gobiernos no dotados de grandes conducciones, que no perciben la necesidad imperiosa china de tener que sacar todavía a mil millones de habitantes de vivir casi en la Edad Media, del arado tirado por bueyes. Además de serles útil y ceder, a la larga, más de lo que recibirán -como bien advirtió el «Financial Times» de Londres-, los países emergentes se sienten bendecidos de que un gigante asiático se haya fijado en ellos. Y, además, son tantos los pequeños y tan necesitados que jamas se unirán para negociar con China con más fuerza.
• Barreras
Otra prueba de la sutileza china: para dejar entrar nuestros productos «levantarán las barreras sanitarias» que volverán a bajarlas -ya lo advirtieron frenando un barco con soja argentina-si no ingresan sus productos.
Ni Estados Unidos, ni Canadá, ni México, ni los países europeos, ni Rusia han aceptado el juego comercial de los chinos. Tampoco mayoritariamente las naciones árabes que tienen «oro negro» que es el petróleo, como para aceptar fácilmente el juego del gigante asiático.
En China, el habitante tradicional en la época del comunismo total, transcurría su vida en el barrio. Si sólo 10% de su población se tomara vacaciones se desplazarían un verano 130 millones de personas a una ciudad balnearia, por ejemplo. La arrasarían. Como ahora hay 300 millones que entraron a la sociedad del consumo como una surgente clase media -y algunos millonariosquerrán, al menos ellos, lugares de vacaciones que el superpoblado territorio no puede brindarles. Los apremia sacar imperiosamente turistas al exterior; pero como venden hasta sus necesidades lo ceden como « beneficio» a los países con que negocian y resuelven su problema y se les debe compensar tal «beneficio» -que en realidad lo es para esos países-con más ingreso de productos chinos. El agro saldrá beneficiado si las exportaciones de soja, pollos y hasta carnes bovinas entran a China en algún año próximo a nivel de casi 7.000 millones de dólares. También un gobierno como el de Kirchner al que le gusta dirigir la economía desde el Estado en lugar de apoyar la actividad privada, tendrá 1.400 millones de dólares de ingreso fiscal por retenciones, un agro que venderá más, podrá protestar menos por esta extracción. El ingreso por turismo será interesante, desde ya. En búsqueda de petróleo, seamos justos, también actuó bien el gobierno. Se justifica menos, en cambio, inversión en trenes de pasajeros en un país sin densidad de población y de gran extensión territorial donde nunca serán rentables sin fuertes subsidios desde el Estado, salvo los suburbanos. Pero a este gobierno le gustan los trenes de pasajeros y los chinos están encantados porque nos endeudaremos mejorando los rieles que ellos necesitan para trenes de carga que les lleven productos del Mercosur hacia los puertos chilenos del Pacífico. Lo mismo: una necesidad de ellos la pagamos con endeudamiento nosotros.
Por último está el dilema clave: ¿podía el gobierno no entrar en este acuerdo con China sacrificando producción agropecuaria para beneficiar a sectores industriales tradicionalmente ineficientes, incapaces de exportar compitiendo? Del ingreso del Estado vive nuestro exceso de empleados públicos con poca productividad y estabilidad asegurada por ley para hacer huelgas sin temor al despido. Que nuestra industria en general no pueda operar sin protecciones es debido a falta de planeamiento histórico, malgasto de gobiernos en demagogia en lugar de créditos, y encarecido por alimentar un sindicalismo atentatorio del país por sus ventajas confiscatorias de empresas y creador de desempleo por eso.
No deberíamos engañarnos en que tendremos más productores agropecuarios contentos, más empleados públicos gozando lo que les extraen por retenciones al campo, sindicalistas más ricos, ocupados con más ventajas laborales. Lo tendremos, es cierto, pero también del acuerdo con China surge que llegaremos a más desempleo al caerse industrias locales y afectarse una burguesía industrial media incipiente y no consolidada que tendrá que empezar a aprender chino para ser guía turística y preparar sus locales para restoranes especializados en cocina china. Esta es la realidad.
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