24 de mayo 2002 - 00:00

Test Latino

La concentración del presidente George W. Bush en la campaña contra el terrorismo y los Estados que la apoyan hace surgir una cuestión preocupante más cerca de casa. Si los EEUU están prestando suficiente atención a su propio jardín, donde problemas sociales y una sucesión interminable de crisis políticas y económicas amenazan potencialmente a los intereses estadounidenses.

Hasta ahora, 2002 fue un mal año para América Latina. La economía argentina se está derritiendo. La crisis política de Venezuela se profundiza y el conflicto civil en Colombia se volvió más sangriento. Después de una década de reformas de comercio amigables en la región, el apoyo al consenso de Washington se está desintegrando y los populistas están ganando terreno en muchos países.

Wall Street está preocupado que este contagio político pueda llegar pronto a Brasil, la economía más grande de la región, donde hay temores de que un gobierno débil, de una minoría izquierdista sea llevado al poder en las elecciones generales de octubre. Desesperados por un cambio, y asustados por el aumento del crimen y de la violencia, la mayoría relacionado con las drogas, cientos de Latinoamericanos están emigrando a Norteamérica y Europa.

La capacidad de la administración estadounidense de influir en estos eventos es claramente limitada. Los ataques del 11 de setiembre y la guerra en Afganistán redujeron la importancia relativa de los problemas de América Latina. Hay poco entusiasmo en el Congreso para involucrarse más profundamente y no sería correcto rescatar a la Argentina antes de que los políticos argentinos superen los problemas del sistema financiero y fiscales. A menos que la Argentina diseñe un plan económico viable, algo en lo que falló repetidamente, no tiene sentido proveer más fondos.

Aún así, en alguna forma las políticas de Washington hicieron que estos temas sean más difíciles. La extensión del extra-subsidio a los granjeros estadounidenses afecta claramente las perspectivas de exportación de los productores agrícolas competitivos como Brasil y Argentina. Además, las tarifas al acero de Estados Unidos y la ley de subsidios enviaron un mensaje erróneo a América Latina, minando la posición de políticos reformistas que lucharon para liberalizar los regímenes comerciales de sus países. Demasiado a menudo, los Estados Unidos fueron lentos en reconocer cómo sus acciones pueden proveer argumentos a los políticos populistas del sur de Río Grande.

Las cosas han sido complicadas por una diplomacia torpe. Por ejemplo, los Estados Unidos dieron la bienvenida demasiado rápido el nuevo gobierno venezolano que asumió brevemente el mes pasado después de que el presidente Hugo Chávez fue temporariamente derrocado. Y es percibido como reticente a consultar sobre sus políticas a aliados potenciales en la región.

Un cambio es necesario. La administración necesita redoblar los esfuerzos para ganar la autoridad negociadora del “ast track”en el Congreso, sin trabas de precondiciones, para reanimar las esperanzas de que el Área de Libre Comercio de las Américas pueda ser concretado antes del plazo de 2005.

Necesita reconocer que el colapso de la Argentina puede traer problemas de seguridad futuros. Necesita trabajar más activamente con países como Brasil para ayudar a la Argentina diseñar un programa económico viable y sustentable.

En síntesis, necesita ejercitar el liderazgo. Si fracasa, se incrementará el riesgo de un mayor desorden y caos.

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