Diálogos de Wall Street

Economía

Mientras el S&P500 alcanzó nuevo récord, la inflación subió un escalón. ¿Una de cal y otra de arena? ¿O dos de cal, por la caída del oro?

Periodista: La Bolsa no afloja pero los bonos, sí. ¿Unificaron criterio? El índice S&500 clavó un nuevo récord. Y finalmente las tasas largas están subiendo. ¿Se convencieron los bonos de que la economía se recupera en serio?

Gordon Gekko: ¿O se asustaron con los números de la inflación de julio?

P.: Me sacó la pregunta de la punta de la lengua. En paralelo, ¿asoma la inflación? Los precios mayoristas treparon 0,6%. Y lo mismo los precios al consumidor.¿Es un súbito aviso de peligro a los navegantes?

G.G.: La inflación minorista en su versión núcleo (o sea, excluyendo energía y alimentos) también escaló 0,6% en julio.

P.: ¿Caen los bonos como consecuencia de una inflación imprevista?

G.G.: Su debilidad tiene más relación con la refinanciación del Tesoro. Son tres subastas de bonos de 3, 10 y 30 años por 112 mil millones de dólares destinados a renovar vencimientos por 49,5 mil millones y a reunir 62,5 mil millones de caja adicional. La sensibilidad de las tasas largas se anticipó a esta transacción…

P.: Y se acentuó con los malos números de inflación, ¿o no?

G.G.: Bien mirados, no son tan malos. La mediana del índice minorista aumentó 0,3%. Eso no quita que los titulares no hayan hecho ruido.

P.: Curiosamente, los metales – el oro y la plata – retrocedieron fuerte cuando el termómetro de los precios subió algunas líneas de fiebre.

G.G.: La caída venía de antes, una depuración lógica después de correr al alza como una exhalación.

P.: Podría haberse corregido con la novedad.

G.G.: No se engañe. Si nos asustamos de verdad con la inflación, ahí sí es el final de la bonanza del oro. Si los bancos centrales se ven obligados a ajustar las clavijas se acabó la fiesta. La suba de los metales es como esperar a Godot – a la inflación alta que promete el libreto – pero con la íntima convicción de que Godot no aparecerá en escena.

P.: ¿Le parece?

G.G.: Después de todo, su motor se alimenta de la propia liquidez que tanto critica. Si hay que recortarla – ya sea porque la economía responde vibrante y no se precisa tanta, o porque la inflación la torna inconveniente – la suba entonces se queda sin combustible.

P.: ¿Está seguro?

G.G.: Esta película ya la vimos. Es una “remake”, una secuela de viejos éxitos del pasado. La original – rodada con la economía estancada, cuando la inflación existía en serio, era de dos dígitos y estaba fuera de control - terminó en 1982 con la Fed de Paul Volcker quebrándole el espinazo a la espiral salvaje de los precios. La versión posterior, la que vimos en tiempos de Lehman, se agotó poco después del QE3. Lo hizo con una política monetaria que todavía era expansiva. ¿Se acuerda del “tapering” de Ben Bernanke? Cuando la Fed dijo en 2013 que nos alistásemos para el final de la compra de bonos del Tesoro, el oro se zambulló por un tobogán. Viajó de u$s1.900 la onza, en su mejor momento, a un piso de u$s1.100.

P.: ¿Y usted cree que estamos en una coyuntura similar?

G.G.: Para nada. La economía global se recuperó. No se discute. Muy rápido y de forma innegable, pero la fragilidad es evidente. No está muy claro en EE.UU. cuánto más podrá usarse la política fiscal para inyectar estímulo extra, pero la política monetaria se abocará a la tarea de brindar soporte generoso por mucho tiempo más.

P.: A menos que la inflación meta la cola y se le cruce en el camino. Ya sé que no es lo que se espera, y que tampoco está ocurriendo. Sin embargo, no es un escenario imposible.

G.G.: El covid-19 es un shock de oferta también. Y podría provocar una situación potencial de estancamiento con inflación. La economía no está yendo por allí, pero podría. En ese caso, la efectividad de las políticas de estímulo se vería reducida. ¿Qué harían los bancos centrales? Lo último que les serviría es perder la credibilidad. Si la inflación aparece habrá que encorsetarla. Temprano. Quedarse de brazos cruzados – como supone la tesis bullish a ultranza del oro – sería repetir el grave error de los años setenta. Si algo debemos haber aprendido es que es más fácil controlar un brote, un foco aislado de enfermedad, que una epidemia. Ni qué decir una pandemia. Vale para el virus y vale para una eventual inflación.

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