Jackson Hole es la sede de la principal cita anual de los banqueros centrales del mundo. Los convoca el simposio de Economía que organiza la Fed de Kansas City. En esa vidriera privilegiada, Jerome Powell supo anunciar decisiones clave de su gestión. Allí presentó el nuevo enfoque flexible de la política monetaria en 2020 pensado para una realidad de lento crecimiento y bajas tasas de inflación. En 2021, caratuló el salto de los precios como un fenómeno de “inflación transitoria”. Como se sabe, no fue así por amplísimo margen. Un error grosero que todavía requiere trabajo de corrección. Y en 2022, en menos de nueve minutos, definió un porvenir inminente de tasas, sudor y lágrimas. La Fed debía ganar la guerra contra la inflación cueste lo que cueste, dijo. Y reconoció que, de hecho, les costaría no poco “sufrimiento a los hogares y las empresas”. Pero, no había alternativa: fracasar en ese empeño, “provocaría un daño mucho mayor”. De momento, la guerra es exitosa y menos cruenta que lo previsto. La inflación recula veloz y la recesión anunciada (todavía) no aconteció.
La suba de tasas no terminó, pero la Fed promete ser muy cuidadosa
En la visión del banco central, la inflación es muy alta. La economía crece con demasiado vigor. La Fed no está cómoda.
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¿Qué dijo Powell el viernes en la flamante edición de Jackson Hole? La inflación bajó de 9% en junio 2022 a 3% en julio último. Lejos de cantar victoria, no se confía. “La inflación es demasiado elevada”, señaló sin negar los progresos recientes. Es que un mal tenaz puede intercalar mejorías transitorias. Por eso, el banco central está preparado para ejecutar nuevos aumentos de tasas si fuese menester. Y que no haya dudas, la meta de 2% de inflación se cumplirá a rajatabla.
Si economistas de nota como Jason Furman o el Premio Nobel Paul Krugman aconsejan izar el blanco a 3%, allá ellos. En algún momento, previo a la pandemia, John Williams, actual presidente de la Fed de Nueva York, planteó la conveniencia de evaluar los pros y contras de migrar a metas de 3% o 4% (aunque a los fines académicos y no de su implementación a corto plazo). Hoy, ese tópico es tabú. No está en el radar. Ni para la Fed ni tampoco, dicho sea de paso, para el BCE. Su jefa, Christine Lagarde, fue categórica: “No se pueden cambiar las reglas del juego a mitad de camino”. Elemental, Furman. Si existe un aterrizaje suave -o mejor aun, un descenso marcado de la inflación con una economía que todavía circula excedida de velocidad- es porque ni siquiera la inflación estratosférica (cuatro veces y media la meta en junio de 2022) logró destruir el anclaje de las expectativas. Sería imprudente socavar esa base de confianza. “2% es y será nuestra meta de inflación”, dijo Powell, cortante y creíble.
¿Cuál es la síntesis de la conferencia? En la visión del banco central, la inflación es muy alta. La economía crece con demasiado vigor. La Fed no está cómoda. Eso podría realimentar la hoguera de los precios. Y avisa entonces que la suba de tasas no terminó. Septiembre es la próxima reunión, pero la intervención luce probable recién en noviembre. Las subas podrían ser varias, Susan Collins, de la Fed de Boston, dixit. ¿Cómo lo tomó Wall Street? Con humor cambiante a juzgar por las idas y vueltas de las cotizaciones. Pero cuando Powell recalcó que la institución se movería “cuidadosamente”, una obviedad, su lectura se tornó claramente positiva. Ya se ha dicho aquí: la Fed se cuidará de no romper el bazar.
Jackson Hole y el aumento de las tasas largas (un “simposio”, si se quiere ver así, del mercado de bonos) fueron los asuntos que dominaron la agenda. La tasa de diez años, en alza desde mayo, perforó fugazmente los máximos del ciclo (4,36% versus 4,30%). No obstante, bastó una lectura alicaída del informe PMI para devolverla a 4,24%. La pulseada continuará. Es una guerra de guerrillas. Pero la temida nueva era de rindes superiores a 5% nunca irrumpirá si el ascenso requiere una economía en continua aceleración. Y las tasas largas se derrumbarán en un abrir y cerrar de ojos si los signos de debilidad del informe PMI se confirman en la data macroeconómica dura. Quizás por eso, la Bolsa, que está en receso estival y en un segundo plano, lejos de abochornarse con tanta suba de tasas en el candelero (cortas y largas) se anotó un ligero avance semanal. El S&P500 trepó 0,82% sin recuperar aun la media de 50 ruedas. O sea, sin revelar tampoco la intención de retomar pronto el rally que dejó en suspenso. Se cuidará de los idus de septiembre.
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