7 de agosto 2002 - 00:00

A los chicos ya no se les dan autores sino saldos

Los chicos en la Feria
Los chicos en la Feria
C oncurrieron 350 mil personas, esencialmente chicos, a la XIII Feria del Libro Infantil y Juvenil, que cerró el viernes 2 de agosto, tras 19 días, según primeros datos de la organizadora Fundación El Libro. «Hubo más gente que en 2001, a pesar de que en la primera semana, que dedicamos a los colegios, vinieron muy pocos, porque no se podían hacer cargo de los gastos de traslado», explica la directora de la Feria, Martha Díaz, «y esto a pesar de que la Feria se tuvo que rearmar en 15 días, por un cambio en las decisiones del Gobierno de la Ciudad». El mayor atractivo fueron los entretenimientos gratuitos, entre los que hubo 700 actos. La entrada general costó 3 pesos, pero era libre para menores de 12 años, jubilados con chicos y docentes.

Los expositores consideran que hicieron más ventas que el año pasado. Esto se debió a un fenómeno que hoy es central tanto en esa Exposición (hubo libros a 50 centavos, 1 y 2 pesos) como en las librerías, se eligen fundamentalmente las ofertas.

«Los padres que, hasta hace poco tiempo, compraban un libro para sus hijos y otro para ellos, ahora sólo le compran libros a los chicos, y no buscan como el pasado a un autor, sino que el libro esté en oferta, que sea barato», comenta Marcela de la librería Distal, de la calle Florida. «A los muchachos y a las chicas adolescentes le gustan los libros, de Tolkien a «No logo», pero terminan decidiéndose por el precio o comprando uno entre varios», dice Patricia, que dirige la Librería Santa Fe, del shopping Alto Palermo. «La gente hoy compra libros que le sirven para trabajar, ya no por placer, esos se los deja a sus hijos», comenta Manuel, en la librería «Fray Mocho».

El dato de que los chicos son privilegiados en una época de restricciones supera las ideas que ofrecerían una rápida explicación, del tipo: era un regalo por el «día del niño», se visitó la Feria del Libro Infantil y Juvenil o era parte de un paseo de las vacaciones de invierno.
Los libros son una opción de entretenimiento tan repetible como la de un video game. Algunas editoriales -por caso Atlántida, que debido a la crisis dejó de publicar ficción-se basan actualmente en los libros para chicos y en los de autoayuda.

Cuando, hace no mucho, en algunos países de Occidente se dramatizaba que niños y adolescentes habían dejado de leer, el fenómeno Harry Potter, con sus 140 millones de ejemplares vendidos en el mundo, demostró lo contrario. Por más que el profesor Harold Bloom considere que «la señora Rowling hace pésima literatura», indudablemente logró conquistar a ese público con una hábil mezcla de personaje donde los jóvenes lectores se pueden proyectar, aventuras con buena dosis de suspenso a vuelta de página y esoterismos parientes de los de la new age (en Francia los libros de Paulo Coelho han ido finalmente a parar en la sección «para adolescentes», sector que aquí consume con idéntica devoción las páginas del psicólogo Jorge Bucay). Estos condimentos explican también el éxito de los libros de J.R.R. Tolkien.

Tanto en «Harry Potter» como en «El señor de los anillos» el suceso fue reforzado, sino precedido, por las películas basadas en esos libros.

Dificultad

En una de sus notables novelas, «Matilda», el más importante renovador de la literatura juvenil del siglo XX, el galés Roal Dahl, mostró lo difícil que era para un chico convertirse en lector en una familia donde los padres ni siquiera leen el diario. A Matilda los padres le pegaban para que dejara de encerrarse a mirar «esas cosas con letras» y se dedicara a ver televisión, pero la chica ya había encontrado en la literatura un estímulo a la inteligencia, el lenguaje y la imaginación.

Dahl
, irónicamente, convertía al enemigo de las familias educadas, el televisor, en un artefacto fundamental para las de bajo nivel cultural. Otros objetos considerados enemigos de que los chicos lean han sido los videogames, internet y las revistas de historietas. Los dos últimos casos suponen un error, tanto internet -que lleva a leer, escribir y ofrece el ingreso a una biblioteca universal- como los comics, se ha demostrado que generan hábitos de lectura.

La imposición de leer, obligación hecha por padres y programas escolares, suele acabar en que los chicos escapen a la lectura. En tanto que ver el placer que produce la lectura, a sus padres primero y más tarde a sus amigos, provoca deseo de emulación. La obligación de leer en la infancia, no motivada por el propio interés, suele provocar en la adolescencia oposición a la lectura, entre otras cosas por la tradicional rebeldía de esa etapa de maduración. Algo interesante es que hoy los padres, fundamentalmente de los segmentos mas altos de la población, dejan libres a los chicos para que, en las librerías que tienen áreas dedicadas a ese público, jueguen con los libros y elijan a su gusto el que se llevarán. Cualquiera sea el titulo, será un puente hacia el gusto de leer.

«Hoy los que más se venden son los libros de Maria Elena Walsh, de Alfaguara, para los más chiquitos, los de «Harry Potter» para los de entre 12 y 13 años, y todos los de Tolkien para los un poco más grandes. Pero ya no se viene en busca de un autor, sino del precio más bajo»
, señala Marcela, de Distal de calle Florida. A estos habría que agregar los que acompañan películas como los de «Lilo y Stich» y «Las chicas superpoderosas» o los vinculados a sucesos, como los dedicados a Bandana.

Algunas editoriales han tomado en cuenta, sobre todo en el sector adolescente, la situación actual del mercado al que se dirigen. Por caso Planeta hizo una edición de
«El señor de los anillos» en papel de menor calidad, cambió la tapa y puso una foto de la película, y bajó el precio de 18 pesos a 14, eso ayudó a que esas obras sigan en la lista de bestsellers. La publicación de «Rayuela» de Cortázar, autor de culto entre adolescentes, en edición de bolsillo, a 12 pesos, hizo que volviera a venderse. Frente a esto, la edición de bolsillo, en dos tomitos, de los cuentos completos de Edgar Allan Poe, en la magnífica traducción de Cortázar, en la edición de Alianza, se les vuelve impensable, cuestan 165 pesos. «En ese caso, buscan alternativas, otras ediciones de los cuentos de Poe, nacionales, no tan buenas en la traducción pero más accesibles a su bolsillo», comenta Andrea, conductora de la librería Ojos de Papel, de avenida Santa Fe.

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