Con el quiebre de la convertibilidad se derrumbaron muchas de las importantes muestras internacionales agendadas en museos y centros culturales de Buenos Aires, instituciones que en esta última década habían ofrecido un amplio e instructivo panorama de las nuevas propuestas que hoy circulan por el mundo. Sin embargo, justo cuando se comenzaba a sentir la falta de ese flujo tan enriquecedor para el público como estimulante para los artistas, la semana pasada y desafiando la crisis se inauguraron las exposiciones del gran fotógrafo mexicano Manuel Alvárez Bravo en el Museo de Bellas Artes, del vanguardista lituano radicado en Brasil Lasar Segall en el MALBA, y «Nueva York: Un ícono metropolitano», videos y fotografías realizados por un grupo de artistas contemporáneos hoy de moda en la Fundación Proa.
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Curada por el mexicano Julián Zugazagoitía que se desempeña en el Museo Guggenheim de la Quinta Avenida, esta última muestra está dedicada a exaltar el espíritu cosmopolita y vibrante de Nueva York y ofrece diferentes visiones de artistas que viven y trabajan en esa ciudad. Los estadounidenses Lucinda Devlin y Doug Hall, la canadiense Nancy Davenport, la polémica italiana Vanesa Beecroft y la iraní Shirin Neshat reflexionan sobre los ritmos, el vértigo y las tensiones de la gran urbe.
En tiempos de ajuste, la exhibición presentada recientemente en la Bienal de San Pablo, llegó amortizada: Proa sólo debió afrontar los gastos de seguro y traslado de la obras desde Brasil a Buenos Aires y su regreso a EE.UU. Pero además, financió una invitación a Zugazagoitía -asistente directo de Tomas Krens, cabeza de la expansión del Guggenheim-, quien aportó el sustento teórico y en su primera visita a Argentina recorrió instituciones y estableció relación con curadores, críticos y artistas.
En un almuerzo a orillas del Riachuelo, no ahorró elogios para el montaje que realizó el equipo de la Fundación de La Boca, y destacó que «las obras lucen mejor que en el pabellón paulista». Señaló que «al congregar cientos de obras en un mismo espacio, las bienales suelen provocan el sofocante efecto de un shopping».
•Estilos
El artificio de las estereotipadas modelos de Beecroft, elongadas al extremo de semejar muñecas, al igual que la playa sintética de Hall, con sus olas mecánicas, y «Poseída», el alucinado video de Neshat, muestran los costados neuróticos de las metrópolis. Davenport exhibe una prueba de la capacidad anticipatoria del arte con una secuencia de tomas previas al 11 de setiembre, donde muestra un avión y el bombardeo a un edificio. Devlin indaga el mundo de la intimidad en los hoteles de citas con instantáneas sin retoques ni trabajo de laboratorio, y contribuye como el resto del grupo, a mostrar las diferentes posibilidades de la fotografía como técnica.
Las obras de Beecroft, Devlin y Neshat dialogan entre sí y exploran el mundo femenino y sus martirios con particular intensidad. En primer término, la pérdida de la identidad de las modelos clonadas, bellas, pero carentes de cualquier atributo subjetivo; luego, los reductos artificiales creados para suscitar erotismo y brindar amor efímero; y finalmente, la alienación, la imposibilidad de establecer comunicación, sentimiento que se expresa en «Poseída», una rapsodia en blanco y negro con un clima onírico y desesperado. Porque en suma, con sus diversos abordajes y técnicas, la desesperación es la clave de la muestra, la sensación que subyace bajo la estetización exacerbada.
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