2 de diciembre 1999 - 00:00

"A TODO CORAZON"

H ace prácticamente un año, el mismo día que en Buenos Aires se estrenaba «Marius y Jeannette», en el Festival de Mar del Plata se presentaba «A todo corazón», la siguiente película del marsellés Robert Guédiguian. Ahora se estrena esta película, pero qué lástimael festival no presentó ninguna otra nueva del mismo autor. Hubiera sido bueno mantener la continuidad. Guédiguian es un autor muy necesario.El trabaja siempre de un modo muy sencillo, en su ciudad, con su esposa, la actriz
Ariane Ascaride, y sus amigos, y siempre sobre temas humanos, de gente sencilla. Pero cada obra tiene su particularidad, su propio tono. Por ejemplo, «Marius...» desarrollaba un asunto romántico, sentimental, con ingredientes sociales, que lo encuadran en un determinado barrio. Y «A todo corazón» desarrolla un tema social y moral, con ingredientes románticos que con toda naturalidad terminan pasando a primer plano, en otro barrio. Y no busca el encanto, como la otra, pero igual lo encuentra.
La historia es simple y alguien diría un poco pasada de moda, si bien el problema que presenta es reconociblemente actual (tanto, que esta misma semana los noticieros locales hablaron de un caso similar). El negrito
Bébe, y Clim, dos adolescentes, se aman desde niños. Pero el muchacho cae detenido por una acusación errónea y por un manejo prejuicioso de la causa. Los padres, que ya tienen sus propios problemas, deben asumir el de sus chicos. Todos se afligen y se contienen mutuamente. Esa contención es fundamental, porque la vida sigue y además porque (éste es otro detalle) la familia también se va a ampliar.
Con ese asunto y con unos diálogos hermosos y naturales, el hombre desarrolla una película de narración aparentemente simple, de buenos sentimientos, casi al límite de la inocencia, con un final de estilo «superado», pero convincente y además sencillamente emotivo. ¿Cómo lo logra?
Es que él no sólo trata de cosas que verdaderamente ocurren en nuestra sociedad, sino que las expone de un modo creíble, apelando él y sus intérpretes a una naturalidad impregnada de conocimientos y de ternura. A varios, el autor les parecerá una especie de
Ken Loach menos amargo. Otros quizá recuerden al maestro Jean Renoir. No deja el mismo sabor que «Marius...», pero también agrada, mucho, y llena el alma.

Dejá tu comentario

Te puede interesar