Su estilo de canto remite a Joan Manuel Serrat, los artistas uruguayos más osados, la música culta del siglo XX, el tango, el canto primitivo. Por su repertorio, además de sus propios temas, desfilan los de autores muy variados, desde Leo Maslíah hasta su hijo Juan Belvis -un compositor interesante y un gran pianista, como lo demuestra en este show-, pasando por Javier Fata, Liliana Felipe, Verónica Condomí, Alberto Muñoz, Jaime Roos, Luis Alberto Spinetta, Charly García. Y hasta caben algunos fragmentos leídos de Juego de abalorios, de Herman Hesse, y alguna improvisación con el público, que pide y elige los últimos temas del show. No es fácil describir el arte de Liliana Vitale. Sobre sus enormes virtudes vocales y expresivas se construye todo su discurso artístico. Maneja su voz con la misma libertad con que puede moverse un músico con su instrumento. Salta de registros sin que nadie lo note, y su afinación sorprende por su perfección. Lo que propone no es de asimilación sen cilla ni está destinado al aplauso fácil. Aún cuando se trate de piezas muy conocidas, como «El último café», «Laura va», «Los niños escriben en el cielo», «Viernes 3 a.m.» o «Tu laberinto», obliga al espectador a prestarle nueva atención a cada tema, y redescubrir sus melodías y sus letras. Todo lo que canta es de un muy alto nivel poético y musical -es una pena que no haga más temas propios-, y se convierte en una intérprete estupenda de piezas como «Una zambita de amor» (Vitale-Amiano), «Qué cosa es el amor» (Vitale), «Pero no te extraño» (Felipe), «No me agarrás más» (Maslíah), o «Paralelismos» (Belvis), y realmente nadie ha cantado jamás, como ella, las composiciones de Alberto Muñoz. Este ciclo que se está llevando a cabo en La Trastienda debió hacerse en el Club del Vino. Una clausura del local de Palermo obligó al traslado y el cambio a un espacio más grande no ha favorecido a estos «Abalorios» que necesitan una comunicación muy directa con el público. Ese es el único lunar de un espectáculo que, por lo demás, es excelente.
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