Con una concurrencia de dos mil asistentes, la semana pasada, se realizó la inauguración de la sede Monserrat del Museo Nacional de Bellas Artes, en Alsina 1169. El edificio, entregado para la ampliación del Museo en 1997, ha podido finalizar una primera etapa de su renovación, reciclando dos de sus plantas para su apertura al público, gracias al apoyo de la Asociación Monserrat Arte y Moda.
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En la inauguración se entregaron los premios al diseño del logotipo para la imagen y comunicación de la institución. El jurado otorgó por unanimidad el Primer Premio ($ 3.000) a Tatiana Mielnik, cuyo diseño acentúa el aspecto de Monserrat como lugar tradicional del casco histórico de la ciudad y elabora la morfología de las letras en relación con la primera letra del logo del Museo (M), el arte (A) y la moda (con una letra M que parece flamear empujada por el viento). Su propuesta mantiene como base la tipografía del Museo y logra un sistema de identidad integral. Héctor Tortolano fue distinguido con el Segundo Premio ($ 1.000). Se entregaron también tres Menciones de Honor a Carlos Ardohain, Alfredo Baldo y Carlos María Fracchia.
Entre sus objetivos el Museo propone en esta tercera sede (la segunda es Neuquén), mostrar obras de artistas y diseñadores de las generaciones nuevas e inter-medias. Pero también convertirse en catalizador de una renovación del tejido urbano que tiene como eje la calle Alsina entre la Avenida 9 de Julio y San José. Como símbolo de este nuevo matrimonio entre arte y moda, se exponen doce maniquíes con obras de los diseñadores, Francisco Ayala, Verónica de la Canal, Chiche Farrace, Benito Fernández, Calandra-Hock, Marcelo Senra, Celeste A, María Pryor y Guillermina Valle.
Veinticinco artistas muy reconocidos, con 75 obras, han dado el puntapié inicial a un sitio donde se expondrán nuevas tendencias y artistas jóvenes. El estilo de Mildred Burton (1942) cercano a un discurso surreal con certera minucia, se distingue por su oficio indiscutible. Sus Proyectos y Proyectoides, evocan temas urbanos y ecológicos, y participan de una aventura proyectual que podría llamarse «arquitectura fantástica post-figurativa». Las obras de Ana Eckell (1947) tienden a concentrar su potencia en imágenes rotundas y drásticas: características robustecidas en sus dibujos sobre tela con parábolas sociales. Parcela el espacio para ubicar a sus personajes, y los hace flotar. Personajes que se retuercen de alegría y de dolor, que caminan, saltan y se mueven por el espacio, animales y objetos que acompañan a los humanos con indescriptibles cabriolas nos llevan a compararla con los dibujos de Otto Dix y George Grosz. Es una humorística del horror donde la artista señala modos y hábitos de la sociedad argentina.
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