28 de julio 2003 - 00:00

"Acá se aprendió a convertir tantos fracasos en energía"

Acá se aprendió a convertir tantos fracasos en energía
Power, catedrático de la Universidad de Alicante,vicedirector del Museo Reina Sofía de Madrid, curador de numerosas exposiciones internacionales y profesor invitado de las universidades de Berkeley y Tucumán, viaja desde hace siete años regularmente a la Argentina. Como buen inglés, a la hora del cocktail pasa por el Claridge, y como aprecia lo nuestro, dedica sus tardes a descubrir los cafés de Buenos Aires y las noches a escuchar tangos. Pero su interés está centrado en la producción artística local, y con el afán de encontrar talento, recorre museos, galerías y talleres. Este año decidió pasar sus vacaciones en nuestro país; entretanto, dictó sus clases en Tucumán, viajó a Misiones y Bahía Blanca para hablar de arte, y el jueves abrirá el coloquio «Integración de la diversidad en el marco del Mercosur», junto a invitados extranjeros como Ticio Escobar (Paraguay), Justo Pastor Mellado (Chile) y Fernando Cocchiarale (Brasil), en la Universidad de Mendoza.

Las opiniones de Power sobre Argentina resuenan como las crónicas de los antiguos viajeros, que llegaron a América con su mirada incontaminada por los prejuicios locales, y brindan una idea diferente del acontecer cultural. En un diálogo con este diario destaca:
«Crece la actividad de galerías y espacios alternativos como Braga Menéndez Schuster, Belleza y Felicidad y Sonoridad Amarilla, pero a su vez perduran las esfinges del poder en algunos museos, la situación confusa del Centro Cultural Recoleta, o la condición estratégica y frívola de la muestra de Harrods, cuyo edificio me deparó sin embargo, el placer de imaginar la forma de vida de una clase media potente, rancia y medianamente culta».

Periodista:
¿Y qué lo atrae de Argentina?

Kevin Power: Curiosidad. Soy un producto del 68, es decir, me interesa toda la tierra en el mundo que valga la pena pisar. Cuando vine por primera vez, hace siete años, ya había leído a Cortázar, y ahora, por razones sentimentales compré una primera edición. Cada año este país me parece más impenetrable, más engañoso, y ahora lo encuentro magníficamente pobre.


P.:
¿Cómo es eso?

K.P.: Voy a citar un poeta que me gusta mucho y que ya han traducido en Argentina y no todavía en España, George Oppen, quien habla de empezar de nuevo, desde cero y cada vez más empobrecidos. Aquí la gente da muestras de que sabe cómo se puede convertir el fracaso en energía. Es decir, sabe sacar provecho de este fracaso masivo de los políticos o, más bien, del fracaso de las instituciones culturales, económicas y políticas que representan el poder. Desde este lugar, con suerte, se deriva hacia la ética. De lo contrario, a una especie de caída libre hacia el grado cero de la convivencia, hacia un egocentrismo feroz.


P.:
Dada su actividad docente en el interior del país, ¿cómo percibe el centralismo históricamente dominante de Buenos Aires?

K.P.: Desde el interior, Buenos Aires sigue estando lejos, cada vez mas lejos. Los artistas de la periferia (término que no considero del todo exacto o adecuado) no tienen contacto con el sistema del arte (galerías, museos, coleccionistas y demás). Sin embargo, para contradecir alegremente lo que acabo de afirmar, veo que cada día se establecen más contactos. Desde Buenos Aires se han creado redes a través de algunos críticos que visitan los talleres de los artistas. Por supuesto, existen problemas, y acaso los discursos del interior resulten poco exportables a los campos legitimadores del centro, pero todavía es posible rescatar las llamadas periferias, que a veces son híbridos mal logrados. Es decir, se puede hablar desde el interior, pero hay que tener algo que decir. De todos modos, lejos de Buenos Aires hay energías muy positivas que circulan con un desgaste personal tremendo y con un alto grado de compromiso ideológico y emocional. Pienso en el trabajo de Carlota Betrame en Tucumán, de Francisco Ali Brouchoud en Misiones, de Gustavo López en Bahía Blanca y de Graciela Distéfano en Mendoza, en sus años de sudor con mínimos recursos. Reconozco la labor de Américo Castilla en la Fundación Antorchas, que contribuyó a crear un sistema de redes significativas y abiertas con el interior. Tucumán ha sido una experiencia importante para mí, me siento afortunado por el contacto duradero que se estableció con los alumnos. Las obras de Sandro Pereira, Pablo Guiot o Mariana Ferrari, ya se conocen en Buenos Aires y se han visto en España. Pero suceden cosas que se me escapan, votan contra el latido potencial del corazón. Votan desde el miedo, desde la miseria, y vaya que hay miseria.


• Problema

P.: ¿Cómo cree que se inserta Latinoamérica en el escenario internacional?

K.P.: Me parece que hoy, desde el centro, no saben qué hacer ni proponer, aunque, por supuesto, continúan dominando el sistema, el mercado, y sus gustos caprichosos e imprevisibles. Por fuerza tienen que incluir a Latinoamérica, ya que tiene una producción poderosa. Pero en el mercado internacional todo es descartable y renovable, la oferta supera la demanda, y se ha creado un enorme problema sobre quién legitima la oferta y cuáles son los criterios entre los que pretenden definirlos desde el poder. La naturaleza de este poder, arraigada al centro, es inteligente pero sin escrúpulos. Por esto, no se debe idealizar nada, sobre todo teniendo en cuenta la historia reciente de Argentina, Perú, Paraguay, Ecuador, Venezuela y Colombia. Sin embargo, Latinoamérica tiene un cuerpo crítico lo suficiente fuerte y con teorías definidas, como para hacer una contra propuesta a los europeos o a los norteamericanos. Además, en Argentina hay un grupo de críticos y curadores bien preparados, como Jorge Gumier Maier, Marcelo Pacheco, Rafael Cippolini, Fabián Lebenglik o Eva Grinstein. La revista «Ramona» es bastante mas interesante que «Art Nexus», y tienen el mejor museo de arte Latinoamericano.


P.:
¿Qué opina sobre el arte argentino y qué chances puede tener?

K.P.: El dinero suele generar actividad, permite que la imaginación vuele y se concreten propuestas. Basta recordar la actividad sinfónica de los alemanes en los '80 y la movida de los artistas ingleses en los '90. Pero paradójicamente, la crisis también parece hacerlo, quizás con su carga tremenda de energía. Y el ojo caprichoso del mercado europeo y norteamericano suele responder cuando percibe estos impulsos. Es un ojo caprichoso, pero no es inculto. No siempre sabe distinguir y entender la complejidad de las referencias locales de ciertas obras, pero lleva años interesándose en la producción cubana, en lo que sucede en Rusia, China, el Sudeste de Asia y también Latinoamérica. Cada país tiene una historia y dentro de cada país existen distintas historias con distintas velocidades y prioridades. Me parece casi inevitable que en ciertos contextos primen los problemas socioculturales o socioeconómicos. Si no, ¿de qué nos van a hablar los artistas? Pero esta tendencia no es tan clara en Argentina, donde se vislumbran otras vertientes, como una especie de posmoderno light y juguetón, cínico, pero a la vez ácidamente crítico. El énfasis formalista tiene un contenido sutilmente poético, y lo que llamaría una vuelta a las nuevas formas de la subjetividad, aunque acorde con un mundo altamente tecnológico y cada vez más global. Esto es lo que veo en Buenos Aires, y me parece que aquí la vida tiene más que ver con la de Londres, San Pablo o Tokio que con la de las provincias. Hay subculturas que se manifiestan con comportamientos comunes, y aunque siempre hay elementos diferentes, se advierten modelos que provienen de las formas de vida que emergen hoy en las megalópolis.


Entrevista de Ana Martínez Quijano

Dejá tu comentario

Te puede interesar