«Badulaque» de C. Drut sobre textos de H. Quiroga. Dir.: C. Drut. Int.: B. Gagliano, A. Garibaldi, M. I. Howlin, P. Messiez y V. Rodríguez. Vest.: M.C. Curetti. Mús. orig. y dis. de sonido: A. González Novoa. Esc. e ilum.: G. Caputo. (Centro Cultural Recoleta.)
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(6-12-00) "Badulaque" está basada en el cuento de Horacio Quiroga, «Dieta de amor» e incluye algunos diálogos y referencias de otras narraciones del mismo libro, editado en 1921 bajo el nombre de «Anaconda». Narrado en primera persona, el cuento hace referencia a la intensa fascinación que despierta en el protagonista una frágil muchachita que conoció por la calle. Nora es hija del Dr. Swindenborg, un «físico dietético» que proclama las virtudes de la dieta líquida como único método eficaz para purificar el alma humana. Una vez que el enamorado se instala en la casa y adhiere a la austera dieta líquida, comienza para él una especie de descenso al mundo de los muertos. El hambre le provoca un estado de embotamiento beatífico, pero más tarde se da cuenta de que ese estado de cosas lo conducirá indefectiblemente a la muerte.
En la versión que Cristian Drut llevó a la escena confluyen varios puntos de vista, un recurso que enriquece notablemente la trama de esta historia. A los tres personajes principales (Nora, su novio y su padre, que en la obra toma el rol de madre) se suman: una misteriosa mujer de origen desconocido y Eglén, la hermana de Nora, un verdadero hallazgo de la puesta, enriquecido además por la deliciosa composición de Ana Garibaldi. «Badulaque» evoca el ambiente exuberante y por momentos alucinador de la tierra misionera y lo refuerza con un material sonoro de notable sugestión. Ese contexto selvático en el que transcurre buena parte de la obra de Quiroga está muy presente en la escena y permite imaginar los hechos terribles que allí se narran. Hechos que al estar ligados a las supersticiones del lugar (como la leyenda del yaciyateré) resultan aún más espeluznantes.
La pieza de Drut no llega a calar hondo en esta historia de una muerte anunciada. Una vez que se plantea la posible muerte del protagonista, el relato comienza a perder tensión cuando debería suceder todo lo contrario. Y esto se debe a que el tono de las actuaciones queda más asociado a la ironía que al clima opresivo y de siniestros augurios, que pretende transmitir la obra.
Es sabido que Horacio Quiroga fue un maestro en describir la cercanía de la muerte y su seducción y que se sirvió de sus experiencias en el monte misionero para recrear a esos personajes malditos de los que él mismo fue ejemplo. «Badulaque» recupera ese mundo con menos fuerza pero aporta, en cambio, un incisivo enfoque sobre las relaciones familiares.
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