24 de febrero 2000 - 00:00
"ADIOS A MATIORA"
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Matiora es una isla, en más de un sentido. Y está próxima a desaparecer debido a la construcción de un embalse. Sus pobladores, más o menos resignados, se van, todos, de a poco, salvo unas viejas y un niño sordomudo, que se encierran a esperar el agua. Esa es la historia. Sin estridencias. Sin más palabras de las necesarias. Con muchos elementos de verdadera poesía cinematográfica. Con escenas e imágenes inolvidables.
Por ejemplo, las de la última cosecha que los campesinos levantan en común, con sus demostraciones de vitalidad, sus ritos y sus cánticos, y la noche paradójicamente alegre, de bailes alrededor del fuego. O la vieja que vivió siempre allí, allí tuvo a sus hijos y a sus nietos, y allí habrá de quedarse. O esa casita típica, centro de tantas reuniones y tantos nacimientos, que ahora ella limpia y prepara como si fuera su ataúd, sin decirle nada a nadie. O el momento en que su hijo mayor descubre, en medio de la niebla, que alguien falta... La película ya tiene sus años. La hizo Elem Klimov en 1981, en memoria de su esposa Larisa Sheptiko, también cineasta. Ella, de quien aquí conocimos la tremenda «Ascensión humana», era la alumna preferida de dos artistas venerables, Alexandr Dovchenko y Mijail Room, pero sus películas sobre conflictos generacionales la pusieron siempre en problemas. Varias veces prohibida, murió imprevistamente en 1979, justo cuando estaba preparando este «Adiós a Matiora». Para entonces Klimov, que había empezado como exitoso autor de comedias, también estaba siendo sistemáticamente prohibido. Perdido por perdido, se jugó a fondo y concretó el proyecto de su esposa. Irónicamente, la obra se conoció aquí, durante una semana de cine ruso, antes que en su propio país. Después Klimov hizo el impactante «Venga y vea», se erigió en líder del sindicato de cineastas, y contribuyó desde ese lugar al fin de la censura, y del régimen.
Una ironía: ahora directamente no puede filmar, pero debido a la censura comercial. Otra ironía: cuando vimos la película en aquella lejana semana, nos sacó de clima escuchar de pronto, entre los rusos, la misma musiquita que justo entonces servía de cortina a un programa cómico infantil del momento. Hoy, en cambio, ella también contribuye al tono melancólico del relato.




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