"Adios, querida luna"

Espectáculos

«Adiós, querida luna» (Argentina, 2004, habl. en español e italiano). Dir.: F. Spiner. Guión: S. Bizzio, V. J. Diment, A. Flechner, F. Spiner, A. Urdapilleta. Int.: A. Flechner, J. Fontova, G. Goity, A. Urdapilleta.

Alguien dijo que la gravedad era un misterio de los cuerpos para desconcierto de los pobres de espíritu. Esto se advierte aquí en dos sentidos: una historia que toma pocas cosas en serio (más bien parece hecha por cinco amigos que se juntaron a macanear), y unos pobres que sufren en carne propia la fuerza gravitacional de los cuerpos.

La acción se ubica en el año 2068, esto es, a cien años de «2001, odisea del espacio», aunque también pudo ubicarse en el 2056, a cien años de «El satélite chiflado». Y se centra en el interior de una nave espacial argentina, en vuelo secreto con la misión de bombardear la luna, a ver si así, corrigiendo su influencia, termina la sequía de este lado del mundo. Claro, las grandes potencias no deben enterarse. Pero no hay problema, porque enseguida se nos acaba la batería y se termina la misión secreta. Lo que sigue, entonces, es ver cómo hacen los tripulantes para arreglar la nave sin volverse locos, cómo se vuelven locos, y de qué modo harto ingenioso logran volver a casa. Algo más, ineludible en este tipo de películas: un terrible ser extraterrestre los invade sin piedad. Pero no es un marciano, sino una especie de negro diablo y ganador, loco por la morocha de a bordo, que se queda encantada con el galán, y no le hace ascos ni siquiera cuando él se pone feo y agresivo. Sólo Maradona podría ponerlo a tiro. Y ahí aparece, un maradonita virtual, flaquito, de cuando fue al Juvenil de Tokio, es decir, al otro lado de nuestro planeta.

Más o menos por ahí viene la mano. La incredulidad suspendida hasta nuevo aviso, la ironía a partir de la inserción argentina en cosas ajenas (incluyendo el modo envarado en que hablan los cosmonautas de las películas), buenos comediantes, muy buenos efectos especiales, abundantes risas, y un efectivo retrato del ser argentino, que funciona literalmente a las puteadas.

Cierto, la primera parte es algo tiesa, pero en compensación la segunda es un relajo. Y el conjunto hasta puede mandarle unos saluditos desde lejos a
«Dark Star» y «Solaris», e ilustrar alguna teoría freudiana sobre el resentimiento femenino. Y, acaso sin haberlo leído, aportar a una relectura de Leopoldo Lugones, que allá por 1909 se mandó unos terribles insultos a la luna, en «Hortulus Lunae» y «Dos lunáticos», y una descripción de Arlequín, Colombina, Pierrot, «y el gran Polichinela» destapando su frasco de mistela, que bien les cabe, mejor que los trajes espaciales, a los personajes de este cuento.

P.S.

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