27 de septiembre 2001 - 00:00

Agrada un Buena Vista con músicos amateurs

Escenas de Cuba felíz
Escenas de "Cuba felíz"
«Cuba feliz» (Dir.: K. Dridi. Int.: M. del Morales, P. Vaillant, Z. Reyte, Los Cubanos Jubilados, y otros. Francia-Cuba, 2001, habl. en español.).

El título español de esta co-producción puede dar lugar a algún equívoco. Pero no se trata, como alguien rápidamente supuso, de un panegírico del régimen castrista, sino, simplemente, de un documental sobre los músicos populares de la isla. Casi todos gente de edad, pero todavía con ganas de menear las tabas y tocar, y cantar, cualquiera sea la excusa. Por cierto, el título original francés, «Les flamboyards», resulta menos atractivo. Puede suponerse también alguna imitación de «Buena Vista Social Club». Otro equívoco. Mientras el trabajo del alemán Wim Wenders atendía al éxito de un cuerpo de notables profesionales disfrutando del reconocimiento internacional (y del acierto de Ry Cooder como manager), el trabajo que ahora vemos, del franco-africano Karim Dridi, fresco y sin mayores pretensiones, atiende al simple transcurrir de unos sencillos artistas provinciales, que gustan reunirse al final de la jornada, por el simple gusto de hacer música. No importan los shows ni los recitales, sino el placer de la zapada. Y además nadie canta maravillosamente, pero, igual que en la película antedicha, todos lo hacen con sentimiento, y los temas son, por lo general, agradables, desde los clásicos «Lágrimas negras» y «Dos gardenias», hasta -oh, sorpresa-«La nave del olvido» y «La novia», esta última como inesperado fondo musical de una ceremonia pagana.

Argumento


La película sigue una hilación bastante sencilla. Un viejo de jeans y musculosa, apodado El Gallo, viaja con su guitarra por diversos lugares, visitando a éste o aquel, participando en fiestas y agasajos, o escuchando a la gente cantar en la cocina ( Zaida Reyte, una mujer de lindo timbre), en el patio del fondo, el taller al aire libre de un luthier, o simplemente en la calle, junto a unas casas viejas, descuidadas, y otras que para siempre quedaron a medio construir. O, momento especial, en la pieza de una negra platinada, acompañada por un chelista de shorts lustrosos, una anciana que sigue cosiendo, indiferente, y un cuadro de Cristo, resignado. En otra pieza, un trompetista octogenario hace gimnasia.

En esa rutina, que incluye también a algunos jóvenes ansiosos de participar con sus mayores (mientras los viejos no muestran el menor interés por darles espacio), se afirma una humilde felicidad de simples pobres, alegrando un poco su vida. Tienen talento para ello.

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