27 de agosto 2001 - 00:00

Alcohólicos así sólo aburren

El blues de la monja.
"El blues de la monja".
Quien haya tratado alguna vez con un «alcohólico recuperado», sabrá enseguida que el alcoholismo es una enfermedad y quienes se recuperan no pueden ni siquiera saborear una torta borracha sin recaer en el infierno. La lucha es feroz, pero quien la gana sale enriquecido como de cualquier otra prueba.

Pero no todos los alcohólicos son como Baudelaire o Edgard Allan Poe. Muchos son sencillamente personas poco interesantes, faltas de voluntad y, a veces, cobardes, cuyas vidas no son precisamente ejemplificadoras.

Tal es el caso de los dos personajes de «El blues de la monja», de Ethan Philips. Sólo dos criaturas diseñadas esquemáticamente que aducen razones no muy claras para justificar su conducta. Un locutor de radio y una religiosa afrontan la experiencia de darse ánimos para enfrentar la lucha, pero ninguno de los dos parece estar bien armado espiritualmente. Son superficies y sus vidas carecen de interés.

Con este material, tal vez dos actores fogueados podrían crear vinculaciones, emociones y enfrentamientos, acaso conmovedores, enriqueciendo con sus interpretaciones la chatura del texto. Pero Aníbal Morixe cae en el error de adaptar, dirigir e interpretar el papel protagónico de la pieza. El desafío es demasiado grande y el resultado no es convincente. Las pesadillas y las angustias de los que padecen esta cruel enfermedad, son de por sí dignas de piedad, pero para ello es necesario que las interpretaciones los reflejen en toda su crueldad. Pero Aída Merel es demasiado estática y Aníbal Morixe demasiado exterior. El interés de la pieza no se sostiene y la tortura que padecen los personajes no se trasluce en las interpretaciones.

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