5 de agosto 1999 - 00:00

"AMOR A COLORES "

E sta comedia fantástica progresista (tan descuidada por la distribución local, que la estrena anodinamente) está basada en la idea de que todo tiempo pasado fue peor. Contra la habitual baratería nostálgica de los «buenos, viejos tiempos», «Amor a colores» plan-tea lo contrario: sostiene que, pese al sida, el desempleo, la desintegración familiar y los pe ligros de la hambruna, en los años '90 hay una libertad más plena y más posibilidades que en los años de la felicidad americana, sintetizados en 1958.
Ese es el año de la ficticia serie de televisión «Pleasantville» («Ciudad feliz»), cuyo mundo en blanco y negro pare-ce, a primera vista, la utopía de la dicha: los desayunos hipercalóricos alimentan a los alegres colegiales; reina el amor aunque nunca se ve un beso; todas las pelotas hacen aro en el básquet. Así, mientras la serie se retrans-mite por uno de los canales de TV locales, al espectador se lo induce a suponer que la dirección del film será la acostumbrada, pero eso no dura mucho.

Un par de hermanos teenagers muy distintos entre sí (él un «nerd», ella una descarada), hijos de padres separados y entregados a constantes peleas telefónicas, son transportados de golpe -el medio mágico es el control remoto-al mundo de «Pleasantville». Se transforman de inmediato en personajes de ficción, y no sólo deben resignar sus costumbres sino también sus colores.

 Modificaciones

La menor de las modificaciones pondría en peligro el orden de ese universo (el «nothing gonna change my world» de los Beatles es apropiado leitmotiv), y las consecuencias serían imprevisibles.
Sin duda que
«Amor a colores» le debe mucho -para limitar las fuentes sólo a los últimos años-a la trilogía de «Volver al futuro», a «Hechizo del tiempo» e inclusive a «The Truman Show» (el mundo de «Pleasantville» es como el de Truman, pero al revés: sólo los dos protagonistas son conscientes de que todo es televisión).
Sin embargo, el interés de esta película, cuya marca de producto hollywoodense no le resta sagacidad al libro, va mucho más allá de ser un compendio de los más recientes viajes de lo nuevo a lo viejo o de la realidad a la ficción. La postulación de un pasado armónico aunque pronto a transformarse en una ciudadela fascista, en el que sus pacíficos ciudadanos se convierten, ante la amenaza del menor cambio, en virtuales guardias del más violento Ku Klux Klan, es una base audaz.

 Técnica

Técnicamente, la gran vuelta de tuerca anudada al argumento son los permanentes y magníficos juegos entre el color y el blanco y negro: a medida que los visitantes van «despertando» a los grises seres de ficción a la vida, éstos adquieren color (lo que también permite, otro hallazgo, el juego de palabras con la expresión «colored people», con la que se solía denominar a los negros).
Esta historia tal vez habría encontrado una exposición más desenfrenada en algún film menos atado al dictado de los estudios majors. Pero, aun así, interesa (y entretiene) mucho.

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