"Olvidos memorables" es el título de la excelente muestra de Ana Eckell en el nuevo espacio Consorcio de Arte Buenos Aires (Uruguay 1371), dirigido por Alejandra Laurenzi, Mariana Froideveaux y Clara Abelenda. Hacia el fondo de la sala se destacan dos obras verticales, «Rollos del mar vivo», de 2001, pintadas en acrílico sobre serigrafías. Las demás, son óleos sobre tela.
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De mediados de los noventa expone un conjunto de cuatro obras chicas, «Reina de corazones», «Encuentro en sí mismo», «Blanco móvil» y «Besos contados». Las restantes tienen mayores dimensiones y son recientes, como «Blanco circular» (2003), y «Tormentas aisladas» (2004). Aunque hizo algunas exposiciones individuales a fines de la década del 70, Eckell (Buenos Aires, 1947) reveló muy rápido su vitalidad expresiva, y obtuvo así el Premio a la Artista Joven de ese año, otorgado por la Asociación Argentina de Críticos de Arte.
Su obra integra la heterogénea producción estética de los creadores argentinos afianzados en los años 80 y 90. Forma parte de la nueva modalidad figurativa que hemos llamado Figuración Crítica, que asomó a finales de la década del 70 (con la Postfiguración) y se consolidó a partir de la década del 80 (La Nueva Imagen en la Argentina, la Malapintura en Alemania y el Neo-expresionismo en los Estados Unidos).
Al cabo de la pausa establecida por el Conceptualismo de los 60, el retorno a la pintura se viabilizaba a través de una figuración que no sólo es «otra», como señalaba Luis Felipe Noé en 1961: era ya, una figuración crítica, investigadora del conocimiento, de la realidad, y, al mismo tiempo, en términos estéticos, recodificadora de los lenguajes internacionales en función de un testimonio regionalista, con interés por lo social.
La Figuración Crítica alcanzó su plenitud en la década del 80. En la primera etapa, Eckell, tras las huellas de los dibujos de Otto Dix y George Grosz -creadores pertenecientes a la segunda ola expresionista, la de orientación social, que en la década del 20 señaló con causticidad irónica el advenimiento de la siniestra Alemania nazi-, observa las múltiples facetas de la realidad circundante con una perspectiva frenética, vertiginosa.
Personajes que se retuercen de alegría y de dolor, que caminan, saltan y se mueven en espacios diversos, animales y objetos que acompañan a los seres vivos en sus indescriptibles cabriolas, aparecen en las obras de esta época, con citas de la historieta y el cine. El vértigo de sus dibujos y pinturas cuestiona la falsa solemnidad, la formalidad exterior, con una simpatía burlesca y también una inclemencia sarcástica.
A partir de los años 90, sus telas se destacaron por la maduración de sus propuestas y su rigor en el oficio. La artista optó por una visión más depurada y menos febril, que, sin embargo, acentuó en mayor medida sus descripciones del dolor y lo terrible. Concentró su potencia en imágenes descarnadas y drásticas, características robustecidas, sin duda, en sus pinturas trazadas con negros sobre telas blancas, que se convierten en verdaderas parábolas sociales. Eckell sigue parcelando el espacio para situar a sus personajes, aunque ahora procede por medio de la «acumulación simetrizante». Así saca ventaja de las zonas blancas, que suponen vacíos vitales, modulaciones de lo extraterreno, y entre ellas ubica a sus criaturas en bandas horizontales y verticales, de acuerdo con ley que administra con equilibrio entre las necesidades expresivas y las demandas de lo terrible de lo cotidiano.
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