L a historia de la institutriz británica y el rey de Siam fue recreada por parejas tan famosas como Irene Dunne/Rex Harrison y Yul Brynner/Deborah Kerr. El romance interracial también tuvo, hace muy poco, una olvidable versión de dibujos animados. Con estos antecedentes se podría pensar que volver a contar la misma historia no tenía mucho sentido. Pero desde el casting ya hay una novedad importante en «Anna y el Rey»: por primera vez el papel del monarca siamés está a cargo de un actor oriental: Chow Yun-Fat, el intérprete fetiche de John Woo (en su tercera producción hollywoodense, luego de «Asesinos sustitutos» y «El Corruptor»). Chow Yun-Fat le da un nuevo sentido a la misma historia, pero de todos modos el tono light elegido por el director Andy Tennant no ayuda a explotar del todo el potencial de la historia. Jodie Foster, como la viuda inglesa que llega a Siam con su hijo para enseñar a la muy numerosa familia real, hace un esfuerzo por hablar con acento británico. A veces su esfuerzo da resultado. Otras se la ve como un raro híbrido entre la novicia rebelde de Julie Andrews y la Jane Fonda que apoyaba al Vietcong, no tanto por culpa de ella como por las fallas del guión.
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Los paisajes del sudeste asiático son hermosos, pero el estilo de postal almibarada no es lo mejor para darle verdadera intensidad a un drama histórico. La diferencia entre esta «Anna y el Rey» y las versiones anteriores es la vuelta de tuerca actual del enfoque sobre el feminismo y el colonialismo además del dilatado romance transcultural. El problema es que el tono épico y el extenso metraje terminan luciendo demasiado ambiciosos. Esto se percibe especialmente en las escenas cruentas, filmadas con disimulo, casi porque no había más remedio que ponerlas. En este sentido el momento climático al borde del kitsch es una ejecución doble donde dos amantes rebeldes son decapitados con la delicadeza de un comercial de champú (aún cuando pueda sonar incongruente, hay que reconocer la originalidad de estilo de esta escena extrañísima). Pero más allá de éstos y otros detalles «Anna y el Rey» se ve con agrado. La química entre Jodie y Chow es interesante, y la puesta en escena se guarda varias sorpresas visuales, como la magnífica iluminación del gigantesco salón del trono del rey, un decorado brillante que parece querer acentuar la soledad del poder. También hay un par de escenas realmente cómicas y un puñado de diálogos ingeniosos. El punto de equilibrio de la película es la larga secuencia de la cena de gala que la protagonista organiza para que una delegación británica tome contacto con el rey de Siam. El choque cultural está planteado con un aire liviano y divertido pero también con exactitud, y el vals que baila la pareja estelar sirve para combinar ajustadamente romance y pintura histórica. No todo funciona igual de bien, pero el resultado se puede ver, y además la acumulación de postales quizá sirva de incentivo para hacer un viaje turístico por Tailandia.
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