12 de marzo 2003 - 00:00
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Daniel Hendler, Dolores Fonzi y Damián Szifron
Siguiendo con los directores, fue muy buena idea la de incorporar un concurso internacional de cortos, para estudiantes de todas las escuelas del mundo. Vinieron hasta de Egipto y Noruega, y están todos felices, salvo un noruego que se desencontró con la copia de su película. Por suerte para los organizadores del festival, por esta vez la culpa parece ser de una compañía aérea.
Ya bastante tienen con haber dejado al director Nils Malmros y su esposa esperando cuatro horas en el hall del Sheraton, hasta que les dieron la habitación prometida, y cosas por el estilo, como que al segundo día de empezado el festival un jefe de sección haya tenido que ir por su cuenta a comprar un par de videograbadores que pudieron -y debieron- haber sido instalados dos días antes de dicho tormentoso comienzo. O que los seminarios empiecen una hora despuées de lo previsto, etc. (pero por el workshop intensivo de tres días de Wojciech Jasny valió la pena esperar, e incluso sería bueno que lo repita).
El viajero oculto: el realizador Orlando Senna, ministro de lo Audiovisual de Brasil, estuvo los dos primeros días, casi en forma anónima. Una ocasión perdida para quienes quieren afirmar el sentido mercosurista del festival, y para quienes quieren saber cómo sigue el sistema brasileño de financiación de audiovisuales, hecho sobre la base de un descuento en el impuesto a las ganancias. En vez de pagar todo el impuesto, se puede invertir una parte en alguna película. Perdido por perdido, con suerte hasta se puede ganar dinero.
Se fueron los brasileños y llegó el frío. Cabe esperar que vuelva el calor, porque hoy compite una comedia brasileña. Pero también va «El rincón triste», de Finlandia. Lo más probable es que se mantenga un tibio entusiasmo, como hasta ahora.

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